La política es, sobre todo, el arte de negociar. Y una muestra de ello es lo que ocurrió ayer en el Senado de la República, donde todos los grupos parlamentarios fueron capaces de privilegiar las coincidencias a fin de aprobar por unanimidad el dictamen de reforma constitucional que crea la Guardia Nacional como un órgano plenamente civil.

Con el acuerdo alcanzado ayer se pone fin a un período de tensa “confrontación” mediática alimentado, sobre todo, por las declaraciones del presidente López Obrador, quien todavía intentó ayer, en su conferencia “mañanera”, orientar a la opinión pública en contra de quienes, ejerciendo su legítimo papel de oposición, se negaban a aceptar la existencia de una corporación policial militarizada.

De esta forma, y aunque el proceso legislativo no ha concluido todavía, la realidad es que nadie ha salido con las manos vacías, sino que se ha encontrado una solución que resulta aceptable para todas las partes.

De un lado, el Presidente de la República ha obtenido lo que pidió: la autorización legislativa para contar con un cuerpo de seguridad que le permita hacer frente a los retos que implica la seguridad pública, así como la posibilidad de seguir utilizando en dichas tareas, de forma legítima y hasta por cinco años, a las fuerzas armadas del País.

Del otro, la oposición, a cuya voz se ha sumado la de múltiples especialistas; ha conseguido que el nuevo cuerpo de seguridad responda a los mejores estándares internacionales, no solamente sometiéndolo plenamente al mando civil, sino retirando a la cúpula militar de su estructura de mando.

Por otro lado, la votación unánime en el Senado desarticula la amenaza explícita que ayer lanzó el presidente López Obrador de “balconear” a los legisladores que no votaran la minuta conforme a sus deseos, un planteamiento que, cuando menos, constituye un exceso retórico por parte del titular del Ejecutivo.

¿Estamos pues, en la antesala de una ofensiva del Estado Mexicano para recuperar el control del territorio y asestar la derrota definitiva a los grupos delincuenciales que se han colocado en posición de franco desafío desde hace ya demasiados años?

Eso es imposible saberlo. La creación de la Guardia Nacional es tan sólo el triunfo de una posición política respecto de un problema complejo que hasta hoy no ha sido atendido de manera eficaz por las instituciones públicas del País. La aprobada ayer es, en este sentido, solamente la más reciente fórmula que hemos decidido utilizar para hacerle frente.

Lo único que debe celebrarse por ello es la capacidad de los grupos parlamentarios, representados en el Senado, de abandonar las posiciones maximalistas y esforzarse por lograr el consenso en torno a una propuesta que dejara satisfechos a todos y, sobre todo, que hiciera prevalecer la visión civil por encima de la militarista.

Si la fórmula será eficaz o no, esa es otra historia cuyo corolario habrá que dejarlo al tiempo.