El suministro de energía eléctrica constituye un servicio de capital importancia en el mundo moderno. Imposible imaginarse siquiera la vida humana hoy sin la disposición de este fluido. En sentido estricto se trata de un bien económico escaso, es decir, de una “mercancía” que alguien produce para atender las necesidades de los demás, que somos todos.

Ese bien económico tiene dos características, en las que casi nadie repara, que lo hacen muy diferente a todos los demás. En primer lugar, se trata de una “mercancía” que no se almacena. Se debe producir justo en el momento en que sus consumidores la demandan. Segundo dato relevante: el insumo fundamental, su materia prima más importante, la fuente que genera ese tipo de energía tan sui géneris, puede ser de naturaleza muy diferente y diversa.

En efecto, su principal insumo puede ser, por un lado, de origen no renovable (de naturaleza fósil) o de tipo renovable. Y desde otro ángulo, que modernamente ha adquirido la mayor importancia: contaminante o no contaminante.

Entre los insumos con los que es posible generar energía eléctrica, correspondientes a la primera clasificación, es decir, a los no renovables y contaminantes del medio ambiente, se cuentan: el carbón, el diésel, el combustóleo y el gas natural. Y entre los renovables y limpios o verdes, en cuanto a que no son contaminantes, se tienen: la fuerza del agua (hidroelectricidad), las mareas, los vientos, el sol y la geotermia. No se menciona la atómica porque debe tender a desaparecer.

Cada tipo de insumo tiene sus propias características en lo que se refiere al monto de inversión inicial requerido para instalar una determinada capacidad generadora de electricidad, medida en kilovatios (kw), y también por lo que hace a su costo operativo (variable) de generación para producirla en un determinado momento, de acuerdo al comportamiento de su demanda.

Para hacer un ejercicio sencillo, que haga comprensible la cuestión, vamos a suponer que los requerimientos de inversión son más o menos similares por unidad generadora (kw) tanto para “quemar” recursos no renovables como para aprovechar los renovables. Hasta aquí (si bien el asunto es complejo), digamos que van “empatadas” ambas opciones. Pero en lo que hace al costo operativo para producirla, es muy superior este costo en el caso de las no renovables (carbón, diésel, combustóleo, gas natural) que en el caso de las renovables (caídas de agua, sol, vientos). Con la enorme ventaja, además, de que estas últimas no contaminan.

Un sistema eléctrico más o menos importante, como es el de México, tiene un parque generador diversificado. Dispone de centrales generadoras interconectadas de todo tipo: hidroeléctricas, geotérmicas, nuclear (una), termoeléctricas, fotovoltaicas, eólicas, etc.

Ahora bien, como el consumo de energía eléctrica no es uniforme a lo largo del día ni durante los 365 días del año, toda vez que es de carácter estacional, particularmente en determinadas regiones, y como la electricidad –según ya vimos– no es susceptible de almacenarse, se debe ir generando según la vayan demandando los usuarios.

Así las cosas, ¿qué capacidad instalada, qué equipos deben empezar a operar conforme va en aumento la demanda de electricidad? La lógica, el simple sentido común, indican que deben ser las opciones más eficientes, las de menor costo de generación, las menos contaminantes. Que son precisamente las que corresponden a los recursos renovables, es decir, caídas de agua, vientos y sol.

Pues por ley el actual Gobierno pretende que la lógica y el sentido común se desechen. A través de una iniciativa de modificaciones a la Ley de la Industria Eléctrica que el Presidente ha enviado a la Cámara de Diputados con el carácter de iniciativa preferente, está proponiendo que el despacho de carga de energía eléctrica para atender la demanda no siga criterios de racionalidad, eficiencia y menor daño al medio ambiente. ¡Increíble! El tema da para mucho más, pues tiene otros diversos y muy importantes aspectos.