Fue hace cincuenta y siete años.

Se inició el Concilio Vaticano II. En un 11 de octubre.

Desde la apertura del Concilio Vaticano II, Juan XXIII destacó la naturaleza pastoral de sus objetivos: no se trataba de definir nuevas verdades ni condenar errores, sino que era necesario renovar la Iglesia para hacerla capaz de transmitir el Evangelio en los nuevos tiempos, buscar los caminos de unidad con las otras confesiones cristianas, buscar lo bueno de los nuevos tiempos y establecer un diálogo con el mundo moderno, centrándose primero “en lo que nos une y no en lo que nos separa”.

Muchos de los concilios anteriores tuvieron como fin algunas definiciones dogmáticas. Quedaban explicitadas las verdades reveladas como un contenido que sólo con fe se podría aceptar y proclamar. El surgimiento de algunas corrientes heréticas generadoras de confusión y división requería la declaración de lo que podía ser propuesto, con autoridad legítima, como revelación divina. Se condenaba como error cualquier adición, negación o modificación del elenco doctrinal encomendado al cuidado eclesial.

El Concilio Vaticano II realizó una autovaloración de la Iglesia misma, de su ser y quehacer. Se trataba de examinar y revisar las estructuras, las actitudes, los procedimientos en la tarea de transmitir el Evangelio en los nuevos tiempos. Se requería la fidelidad a la tradición al mismo tiempo que la adaptación a la transformación del mundo receptor del mensaje. Se anhelaba lograr el equilibrio entre la firmeza del tronco de verdades y la flexibilidad de ramas y hojas para comprender, acompañar e incorporar los avances de la civilización contemporánea.

Renovación, actualización, aggiornamento que evitara rezagos o anacronismos. Especialmente en la constitución “Gaudium et Spes” (Gozo y Esperanza) se habla no sólo de una conversión personal sino pastoral, en un acompañamiento de cercanía y comunicación como la levadura y la masa. Ni hermetismo ni mundanización. Presencia dialogante e inspiradora en los ambientes científicos o artísticos, en las culturas de todas las razas y geografías.

Se buscaba la unidad con las otras confesiones cristianas. Ser amigable con las diferencias, acentuando lo que se comparte, lo que une, lo que es patrimonio común. Evitar enfrentamientos conflictivos o descalificaciones excluyentes. Superar proselitismos y subrayar la fraternidad y la filiación al reconocer una paternidad común. Una Iglesia madre que muestra el verdadero rostro de Cristo al mundo por la reconciliación, la compasión, la generosidad y el amor universal.

Los centros de interés que han surgido en los presentes sínodos de Alemania y de Amazonía, y el deseo de incluir en ellos temáticas que pueden afectar a la Iglesia Universal parecen ser un síntoma elocuente de que quizá se acerque la hora de convocar a un concilio Vaticano III. Después de más de medio siglo siguen en proceso varias de las tareas renovadoras iniciadas en aquella aula magna de iluminaciones, impulsadas por un pontífice que ya es santo canonizado.

Se cumple un aniversario más de ese evento de líneas maestras para una comunidad eclesial que se siente hoy “en salida” misionera hacia las periferias de deshumanización y descristianización...