Defender la autonomía en tiempos de locuras propias de fanatismos diversos, i.e., religiosos, políticos y económicos es imprescindible. El poder omnímodo y la fe ciega no admiten ni disensos ni discrepancias: se confía sin chistar o no se pertenece. Sus acólitos marchan sin respingar, sin interrogar, sin mirar hacia los lados. La autonomía, personal o social, nunca ha sido amiga de fundamentalismos. Por fortuna, gracias a filósofos ilustres, entre ellos Emmanuel Lévinas, o escritores “humanistas” como Fiódor Dostoyevski, la idea de grupos y personas, los otros, denostados y atenazados por la fuerza y sordera del mundo, tienen, al menos, un poco de voz. En épocas de hackeo, el otro sufrirá más.

La autonomía, amén de los fanatismos, es víctima de un nuevo y peligroso victimario cuyos tentáculos apenas empiezan a manifestarse. Hackear permite “acceder sin autorización a computadoras, redes o sistemas informáticos, o a sus datos” y, a la vez, borra o mengua la voluntad de la persona. La intromisión imparable de la tecnología en la vida de sus usuarios ha permitido hackear a seres humanos. La mayoría de las veces los afectados ni lo sospechan ni se enteran del suceso. Magia de las herramientas tecnológicas, éxito de los hackeadores y de sus dueños. Sotto voce, la banalización del ser humano, de su pensar, de su autonomía, del libre albedrío y de su poder contestatario, poco a poco, se convierte en realidad.

Yuval Noah Harari, historiador israelí, advierte, tras reflexionar sobre el ilimitado avance tecnológico, el fascismo y las noticias falsas acerca del hackeo de seres humanos: “Por primera vez en la historia, gracias al big data, la inteligencia artificial y el aprendizaje automatizado, empieza a ser posible conocer a una persona mejor que ella misma, hackear a seres humanos, decidir por ellos”. La mesa está servida: las personas hackeadas ignoran la pérdida de su privacidad. Al no saberse rehén de múltiples dueños, como son seguros médicos, programas políticos, compañías informáticas, etcétera, imposible protestar.

Las incontables destrezas e inteligencia de los hacederos de tecnología han empezado a penetrar el cerebro de los individuos. Conocer sus gustos e inclinaciones augura malos tiempos: hacerse del cerebro de las personas es leitmotiv del arte de hackear. Apoderarse de la voluntad facilita uniformar y comprar seres humanos. ¿Marchará la humanidad sin mirarse, sin mirar a los otros, sin cuestionar ni cuestionarse?; ¿desfilaremos en bandas como sucede con los refrescos en espera del líquido, del tapón, de la etiqueta?, ¿hibernaremos?

Alarma observar cómo los medios de comunicación se apoderan con celeridad de nuestras decisiones, deseos y responsabilidades, palabras afines a autonomía. Borrar a las personas es la meta. Borrarlos “en grande” disminuirá el desasosiego, la desobediencia civil y las protestas e incrementará las distancias entre quienes tienen y quienes no tienen, los otros. Todo un plan bien trazado por los empresarios dueños del hackeo y sus cómplices.

La ciencia del hackeo achica la autonomía. Lo que los hackeadores empiezan a lograr, o ya lo han conseguido, es superar a todos los dioses: la omnipotencia y omnipresencia de las deidades es magra frente a la mente hackeada, rendida, débil, adoctrinada, y, sobre todo, sin miedo. El error de los dioses, ignoro por qué nadie los previno, fue imbuir miedo. El acierto de la cuasi ciencia del hackeo fue modificar las formas y preferencias de la mente sin amedrentar: ¡vaya inteligencia!

El siglo 21 es el siglo del hackeo. Imposible frenar el inmenso poder de la tecnología de la comunicación. Nos ha cooptado y lo hará con mayor eficacia en los años venideros. En las próximas décadas la estructura humana cambiará y con ella la autonomía mermará. Menor diversidad, menor disenso. Más uniformidad, mayor Poder.

Nos hemos convertido, como advertían viejos pensadores, entre ellos, Henry David Thoreau, en las herramientas de nuestras herramientas. Acabar con la autonomía disminuye la capacidad de protestar y profundiza las distancias entre quienes pueden y tienen y quienes no pueden y no tienen.

Arnoldo Kraus

Nacido en la Ciudad de México.

Es Médico clínico y Profesor de la Facultad de Medicina, UNAM y miembro del Colegio de Bioética. Colabora mensualmente en la revista Nexos.