Afrodisio Pitongo, hombre proclive a la concupiscencia de la carne, llegó a su casa después de haber estado en una de muy mala nota. Su esposa, con el certero instinto que las esposas tienen, adivinó de dónde venía su casquivano cónyuge, y cuando él le pidió que le hiciera unos chilaquiles picositos le contestó irritada: “¡Que te los hagan las viejas ésas con las que estuviste!”. Respondió, grandilocuente, el tal Pitongo: “Ellas no son guisanderas, señora mía: son artistas”… Una vecina de la señorita Peripalda le contó: “Mi hija es lesbiana”. “Sea por Dios –suspiró la piadosa catequista–. Esas sectas no descansan”… Babalucas le comentó a un amigo: “Estoy empezando a sospechar de mi mujer. Vamos a construir nuestra casa, y le pidió al arquitecto que el clóset de la recámara tenga salida a la calle”… Hace algún tiempo asistí en Costa Rica a un congreso de rectores de universidad. Una de las organizadoras me dijo: “Es usted culero”. Sentí alivio cuando alguien me aclaró que eso quería decir que yo sería el último conferencista. En el curso de las conversaciones se abordó un tema interesante: cuánto costaba en cada país, en términos económicos, formar un buen ciudadano, respetuoso de las leyes, ordenado y con sentido de responsabilidad social. Las respuestas fueron muy variadas, pero en general el costo –inversión, precisaron algunos– era muy alto. Yo pensé –lo pensé, no lo dije– que en el caso de México hacer de cualquier persona un ciudadano bueno costaba 15 pesos. Eso era lo que se pagaba entonces en el puente fronterizo por pasar “al otro lado”, o sea a los Estados Unidos. Tan pronto llegábamos allá se operaba en nosotros, los mexicanos, un cambio milagroso. Nos abrochábamos al punto el cinturón del automóvil, cosa que acá muchos no hacían; obedecíamos las señales de tránsito; no tirábamos basuras en las calles; cumplíamos estrictamente los reglamentos, como ése de no cruzar la calle sino en las esquinas y esperando la señal del semáforo, etcétera. Todo era cosa de cruzar la frontera para que nos volviéramos buenos ciudadanos. La recta conducta que no observábamos en nuestro País la dábamos a un país extranjero. Recordé eso ahora que vi a López Obrador ponerse cubrebocas al abordar el avión que lo llevó a Washington. En México no acata la instrucción, allá sí. Se vio en el Presidente de la República aquel milagroso cambio que antes dije. Obediente también en eso, AMLO cumplió en el vecino país una disposición que acá manda a su rancho. Haiga cosas, como dice la gente del Potrero para expresar admiración o asombro… El reverendo Rocko Fages, pastor de la Iglesia de la Tercera Venida –no confundir con la Iglesia de la Tercera Avenida, que permite a sus feligreses incurrir en adulterio a condición de que lo cometan únicamente en la posición del misionero–, el reverendo Fages, digo, vio a una sexoservidora que ofrecía en su esquina los mesteres de su noble profesión a los transeúntes que pasaban. Fue hacia ella y le preguntó el monto de su tarifa, arancel u honorarios. En ese preciso momento se abrieron las nubes y se vio en el cielo el siniestro resplandor de un rayo al que acompañó un horrísono trueno fragoroso. “Caramba, Señor –se asustó el reverendo–. Yo nada más estaba preguntando”… Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Le llevó un par de muletas a su novia. Dijo ella: “No es precisamente eso en lo que estaba pensando cuando te dije que me habías embarazado y que necesitaba apoyo”… Noche de bodas. Terminado el primer trance de amor la recién casada le dijo a su flamante –e inexperto– maridito: “Después de esto ya no me dará pena no saber cocinar”… FIN.

Catón

Columna: De política y cosas peores