Se deja de temer cuando priva la desesperanza y se tiene la absoluta certeza de que nada se puede hacer y nada se debe esperar

“Para Carlos Pellicer, sin Blanca”. 

Al pie de la fotografía reza el texto: “Un niño famélico en una imagen de las autoridades de Madaya”. Madaya es una localidad siria situada a 25 kilómetros de Damasco. Explican los medios de comunicación: “Nada ni nadie entra o sale”. Sobre la fotografía, el encabezado del artículo: Comemos hojas para sobrevivir, y el subtítulo, “El Asad promete que dejará entrar ayuda humanitaria después de que 10 civiles muriesen en Madaya por falta de alimentos” (El País, viernes 8 de enero de 2016). 

El niño de la fotografía carece de nombre. Innominado es el denominador común de las víctimas. Observo la fotografía. Me recuerda a las de los niños y niñas de Auschwitz. Sentado, con las piernas dobladas, seguramente con contracturas por falta de movimiento, con una pequeña gasa en el antebrazo derecho, mira al fotógrafo, de frente, con la mirada pérdida. El retrato lo convierte y nos convierte en testigos. A él por seguir vivo, por observar al fotógrafo y porque su imagen recorre el mundo. Quienes lo observamos nos convertimos en testigos por saber de él, de su tragedia, de lo que sucede en Madaya y en otros madayas. 

Observo la fotografía. El niño parece adulto. Debe tener entre doce y catorce años. Sobresalen sus orejas, la mirada fija, las costillas, la ausencia absoluta de músculos, la rigidez del cuerpo. Las costillas se observan cuando no hay ni grasa ni músculos para cubrirlas. Contarlas significa desnutrición extrema. Las orejas no son grandes; así se ven cuando los músculos faciales se han evaporado. 

La mirada fija denota la pérdida de todo, incluso del miedo. Perder el miedo refleja una situación límite. Se deja de temer cuando priva la desesperanza y se tiene la absoluta certeza de que nada se puede hacer y nada se debe esperar. No tenerle miedo al miedo es grave. Quizás el niño no tema precisamente por ser niño: los pequeños enfermos suelen no apocarse ante la muerte. Quizás no tenga pánico porque ha visto demasiado. Quizás no sufra sobresaltos porque carece de fuerza para afrontar la realidad. “No se ve un solo niño jugando en la calle. Mis hijas están postradas todo el día por los suelos sin energía para moverse”, explica, desde Madaya, el padre de seis niñas. 

El niño, los niños sirios, recuerdan a los niños de los campos de concentración de la Alemania nazi, a los pequeños en Darfur, en Senegal y en otros países. Los niños que mueren por hambre son iguales. La humanidad los iguala.

Poco importa que los niños de los nazis fueran judíos o gitanos y que los niños sirios sean producto de El Asad y del resto de sus colaboradores, entre otros, el siniestro Putin y las ignominiosas actitudes chinas vetando cualquier resolución de la pobre y famélica ONU. 

Hambrunas y muertos por desnutrición siempre ha habido. Las diferencias no las dicta el proceso de morir. La diferencia es que antes, al menos eso se dice, no se sabía de los eventos sino tiempo después. Hoy las muertes por inanición se transmiten en vivo. Se sabe de los fallecimientos mientras mueren las personas. ¿Sirve saber? 

No es fácil morir de hambre. La naturaleza es sabia, protege. Se requiere mucho tiempo antes de fallecer. Los presos políticos en huelga de hambre pueden dilatar hasta 73 días. Las personas obesas pueden sobrevivir hasta 20 semanas y algunas víctimas de terremotos son rescatadas con vida, incluyendo bebés, sin haber siquiera ingerido agua, hasta siete días después. Aunque no sea fácil, mucha gente muere de hambre. Aproximadamente 25 mil personas mueren cada día por hambre. La mayoría por hambrunas, es decir, por la incapacidad de un país para proveer a su población de alimentos suficientes. Otros, como el niño de Madaya, el judío o el gitano de Alemania, o los pequeños de Darfur, perecen de inanición por sinrazones políticas, por desprecio racial o como parte de uno de los máximos desaseos de la condición humana: acabar con las vidas de niños. 

La fotografía del niño sirio es igual a las de los niños judíos o gitanos o senegaleses. Las diferencias entre unos y otros es su origen. La similitud es que tanto víctimas como verdugos son seres humanos. 

Notas insomnes. Hambre: “Gana y necesidad de comer”, dice el diccionario de la Real Academia. Hambre en niños: Culmen de la maldad del ser humano, dice la realidad.