Sexenio tras sexenio, gobierno tras gobierno, la derecha en el poder sostuvo su arraigada ideología neoliberal económica: el mercado libre es la mejor estrategia para asignar los recursos a la sociedad, con un magro Estado cuya intervención en la economía fuera mínima, con una supuesta igualdad en un ámbito de competencia, donde los agentes económicos potencializan sus capacidades y toman sus mejores decisiones, para obtener óptimos resultados en sus aspiraciones de riqueza o bienestar.

Sin profundizar en causas y sustentos, en más de treinta años las decisiones de política económica (si es que así se les puede denominar) apuntaron a fortalecer la libre interacción de la oferta y la demanda, sin percatarse que el asunto esencial de la economía es la producción y la correlación entre el trabajo y el capital, y no sólo la comercialización y liquidez o circulante de dinero. En efecto, el fondo esencial de la economía es la dialéctica de las relaciones sociales de producción que establecen los individuos desde su posición socioeconómica, con sus expectativas de ganancia o sus demandas de bienestar, según sea el caso.

Más de tres décadas ajustando el salario a la inflación proyectada anual y, más aun, ofertando al mundo salarios reducidos como la principal ventaja comparativa para la inversión, así el menor ingreso de la clase trabajadora -menos costos para precios competitivos- terminó por afectar negativamente la demanda agregada y el mercado interno, con reducido crecimiento y, en términos generales, débil expectativa de ganancias para las empresas.

Si a esto se añade que las tasas de interés (a mercado) al ahorro -pasivas- y al crédito -activas- tienen un diferencial escandalosamente amplio, entonces más se abona al endeble crecimiento económico; además con estancamiento de inversión pública en infraestructura productiva, lo que no genera efecto multiplicador, por tanto el resultado es una economía anémica. Si bien las variables macroeconómicas se encuentran relativamente estables, el resultado en el bienestar de la sociedad mexicana es negativo.

Según el Consejo Nacional de Evaluación de la Política Social (Coneval), en 2016 el número de personas situadas abajo de la línea de bienestar en México sumó 53.4 millones de mexicanos; en pobreza patrimonial son más del 60% de la población (74.4 millones) y en pobreza alimentaria son más de 23% (28.5 millones). Al finalizar la década de los años setenta del siglo pasado, con una población de 71 millones de habitantes, la pobreza se ubicaba en 25% de la población, 17.7 millones de personas.

Según expertos de la UNAM, en treinta años el poder adquisitivo del salario se redujo en 80%. Más recientemente, según el Inegi, con la reforma laboral de 2012 e iniciada en 2013 -como precondición de la reforma energética y que flexibilizó la contratación y facilitó el despido sin acumular antigüedad laboral- de 2005 a 2017 se redujo el número de personas que obtienen más de cinco salarios mínimos, pasando de 4.7 millones a 2.47 millones en 2017, y el número de personas que obtiene de 1 a 2 salarios mínimos pasó de 12 a 14 millones; sólo el uno% de ocupados obtiene más de diez salarios mínimos. Es decir, enorme desigualdad en la distribución del ingreso en el País.

Crecimiento económico promedio de 2.3% en seis sexenios; tipo de cambio depreciado no sólo por las veleidades de Donald Trump, sino por la desconfianza acumulada de años (en 2013 eran 13 pesos promedio por dólar, hoy 19 pesos promedio); gasto corriente -no productivo- del Gobierno Federal en más de 1 billón 200 mil millones de pesos; deuda federal en alrededor de 48% del PIB (más de 10 billones de pesos); como efecto de la reforma energética, el incremento de más de 40% en precios de gasolinas, diésel y gas, con el consecuente incremento inflacionario y la reducción del bienestar de las clases medias; ¿algo más? inseguridad y galopante corrupción. ¿Esto no es bancarrota económica y social?

Fastidio, cansancio y exceso, el hartazgo de la sociedad mexicana es histórico y multifactorial, sí por la corrupción, pero sobre todo por la desigualdad y la caída del bienestar. En muchas ocasiones se les advirtió.