Nos queda mucho por saber y por leer de Fidel Castro. Pero su lugar como figura indiscutible del movimiento revolucionario mundial está más que asegurado. La resistencia por décadas de la dignidad y el orgullo nacionalista de un país pequeño, en la más grande Las Antillas, desafiando el poder incontrolable de la súper potencia mundial no es algo que la historia probablemente registre jamás. 

El emprendimiento de una revolución de los alcances de lo que Cuba ha realizado y sigue realizando no está ya en las previsiones de la lógica de los tiempos actuales. El futuro es simplemente inimaginable. Generaciones de ciudadanos de todo el mundo, y de toda condición fuimos enamorados por la gran utopía que la isla caribeña encarnó como faro global en casi toda la segunda mitad del siglo XX, y para muchos todavía en el que corre.

La seducción ideológica de un país que proclamaba: socialismo, patria o muerte, venceremos. Aniquilando las expresiones de exclusión y desigualdad que caracterizan al mundo capitalista, lo mismo en las expresiones más acabadas de occidente, como el mismo Estados Unidos, o las más contradictorias, como las de Latinoamérica toda, México incluido. 

Prácticamente todos los mexicanos que transitamos por las universidades publicas entre los sesentas, setentas, ochentas  y los noventas, porque después disminuyó el entusiasmo, a la caída del muro de Berlín, y la desintegración de la Unión Soviética, tuvimos siempre la imagen de la Cuba de Fidel Castro, como promesa posible de que el mundo podía ser mejor.

Es tal la identificación mundial que alcanzó el líder barbudo, que su nombre es marca, en el sentido de la mercadotecnia actual, y ni siquiera necesita la mención del apellido. El sistema de salud pública, el de educación, cultura y deporte que la revolución aportó al mundo, se convirtieron en una esperanza posible para muchos sectores de jóvenes enterados, en las preparatorias y universidades de todo el orbe, principalmente en nuestro continente. 

La Universidad Autónoma de Coahuila tuvo una muy amplia vertiente de izquierda identificada con Cuba y su revolución. Muchos de sus movimientos estuvieron inspirados en la lucha de armas, y luego en el proceso desde el poder que encabezó Fidel. Todos fuimos procubanos en algún momento. Unos mas y unos menos. Algunos lo seguimos siendo. Con orgullo, y sin antifaz.

En el caso del que escribe tuve la oportunidad de adentrarme en la Cuba profunda de la revolución. En su organización rural comunitaria. Como parte del plan de estudios de la maestría en desarrollo social, que la Universidad Autónoma de Coahuila, en coordinación con la Universidad de Camagüey ofreció en la Escuela de Trabajo Social, de la Unidad Saltillo, tuve la oportunidad de vivir algunos días con familias de la provincia cubana. Una experiencia única e irrepetible que fortaleció mis lazos racionales y sentimentales con la revolución y el pueblo cubano.

Esa misma sensibilidad priva aun en muchos mexicanos y coahuilenses que nunca perderemos nuestra simpatía por la vía independiente y diferente que Fidel Castro y los suyos ofrecieron a su país en las últimas seis décadas.

¿Qué va a pasar ahora? No lo sabemos. Alguien me dijo ayer que Fidel se murió porque decidió acelerar la evolución y apertura del régimen que ahora encabeza su hermano Raúl. Habría dicho: la única manera de avanzar en esto es que yo me muera. Y se murió.

Por su muerte, se han precipitado los juicios y calificaciones. Barack Obama dijo que la historia lo juzgará. Otros que ya lo juzgó. José Mújica, el expresidente uruguayo, exguerrillero y gran amigo de Fidel, dijo que lo que nos queda ahora es resistir. Que la amenaza que representa Donald Trump para Cuba, para el mundo, y más que nadie para México y América Latina, pasará. Él pasará, sentenció muy seguro el charrúa.

Cuba tiene ahora la oportunidad de revisar su revolución desde la revolución misma. Con sus incipientes cambios, y con el oxígeno que en momentos difíciles ha representado el restablecimiento de relaciones diplomáticas con Estados Unidos, puede ahora contar nuevamente con mayor respaldo y apoyo internacional de países no necesariamente socialistas o pro socialistas, como Venezuela, o Ecuador.

Un coahuilense, destacado y prestigiado en la política nacional, será, seguirá siendo, el representante diplomático de México en La Habana, en este momento crucial para su futuro. Histórica circunstancia como entorno para la delicada labor del Embajador Enrique Martínez y Martínez.

En la despedida a Fidel, hoy recuerdo, con mayor claridad que nunca por su vigencia y validez, las palabras de Juan Pablo II cuando visitó la isla: Que Cuba se abra al mundo, y que el mundo se abra a Cuba.