El término “odiador” existe en español, lo reconocemos pronto para adelantarnos a la posible crítica de los cancerberos del idioma. ¿Cuál sería entonces la razón para no usarlo en el título de la presente colaboración? Ninguna suficientemente poderosa en verdad: tal vez sólo la inconsciente intención de provocar a los haters desde el principio.

Aunque realmente no se requiere intención para concitar “los rayos de mal pedo” –Olallo Rubio dixit– de quienes han decidido hacer del odio un proyecto de vida y no desaprovechan oportunidad alguna para destilar veneno en contra de sus congéneres.

Tampoco se requiere pertenecer a alguna categoría especial de ser humano, dedicarse a determinado oficio, alinear en cierto partido político, comulgar con determinadas ideas: de alguna forma nos la hemos arreglado para crear haters de todo tipo y para todos los presupuestos.

¿A usted le preocupa encontrar alguien capaz de prodigarle cariño, afecto y solidaridad? Probablemente jamás logre reunirse con ese ser humano, pero puede tener una certeza: encontrará –o ha encontrado ya– alguien a quien le ha parecido adecuado incubar odio en su contra y aprovechará la primera oportunidad para hacérselo saber… o sentir.

¿Cómo llegamos a este estadio de la existencia de nuestra especie en la cual el sentimiento más común parece ser el odio, la animadversión, el rechazo hacia el diferente?

En esta columna, dedicada a orientar a la humanidad respecto de temas complejos, nos declaramos incompetentes para responder a la interrogante anterior. Andamos igual de desorientados –o a lo mejor somos los únicos– y a la búsqueda de respuestas plausibles.

Nos atrevemos, sin embargo a arriesgar una hipótesis: acaso hemos llegado a convertirnos en la generación del odio porque no somos capaces de hacer un pequeño alto en el camino y reflexionar respecto de la forma en la cual “construimos” nuestras relaciones personales.

Y las comillas resultan inevitables, porque quien odia está más o menos incapacitado para construir y sus energías –aunque no lo racionalice y sea incapaz de percibirlo– están orientadas a la tarea de destruir, de separar, de quemar el campo y envenenar los abrevaderos.

Resulta obligado aquí hacer una precisión relevante: no nos referimos a la discrepancia, a la crítica o a la disidencia. Tener una postura contraria a la de otro –o a la de todos los demás– constituye incluso una virtud y tal virtud es tanto más apreciable en la medida en la cual un individuo, además de poseer ideas propias, es capaz de defenderlas con honestidad intelectual.

Contrario a esta posibilidad, el hater es una suerte de fanático de sus propios postulados, un narcisista intelectual a quien le ha germinado –y florecido– la idea de poseer la razón y, lo cual es peor aún, cree tener la legitimidad moral para imponer sus convicciones a los demás.

Aquí es donde comienza el terreno peligroso: los haters no creen en el diálogo ni en la negociación pues no están dispuestos, bajo ninguna consideración, a ser convencidos y, por otro lado, llegan con enorme facilidad a la conclusión más violenta de todas: la única solución al diferendo es la destrucción del oponente, el exterminio del rival.

Entonces alzan la voz –acompañando al habla el gesto del puño crispado– e invitan a los demás a unirse para atacar, porque no existe ninguna otra solución posible, porque al adversario se le aniquila o se corre el riesgo de permitirle la victoria y eso es algo absolutamente impensable.

En marzo de 2013, el reconocido jurista mexicano Miguel Carbonell publicó un artículo titulado “los odiadores profesionales en Internet”. En el texto realiza un retrato hablado de quienes, desde la comodidad –y, muchas veces, desde el anonimato– de la red, se dedican a destruir los esfuerzos de otros con un entusiasmo digno de mejores causas.

Coincido con Carbonell en lo fundamental de sus señalamientos, excepto en una cosa: los haters no están solamente detrás –y enfrente– de las cuentas de Twitter, Facebook, Whatsapp y las demás redes sociales; están a nuestro alrededor todo el tiempo y en todas partes. Cada uno de nosotros es, en cierta medida, un hater.

Cobrar conciencia de ello es importante, pues no existe fórmula posible para superar nuestros ancestrales atrasos, ni para corregir las abismales desigualdades características de nuestra sociedad, si no es considerando la necesidad de hacerlo en colectivo.

No es necesario renunciar a nuestras convicciones, ni hace falta matizarlas siquiera. Podemos ser radicales en nuestras formas de concebir el mundo y en las fórmulas a las cuales consideramos necesario recurrir para transformarlo en un lugar mejor. El detalle fino está en la forma de procesar las diferencias: aceptando el derecho del otro a disentir –y a existir– o colocándonos desde el principio en un plano de superioridad desde el cual nos es dable agredir, insultar, calumniar…

Perseverar en la segunda fórmula, tarde o temprano nos pasará la factura… a todos.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3
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