Félix Salgado Macedonio es hoy, para todo efecto práctico, el aspirante formal de Morena al Gobierno de Guerrero. Su partido podrá realizar múltiples “precisiones” al respecto e incluso anunciar el arranque de una campaña “sin candidato”, pero la verdad pura y dura es solo una: el “Toro” está en la boleta.

Pero no solo eso: de acuerdo con la legislación electoral vigente en Guerrero -legislación más o menos uniforme en todo el país- la única forma real de excluir su nombre de la contienda es la renuncia expresa de él a su candidatura. Existen otras causas, como fallecimiento, inhabilitación o incapacidad, pero no vale la pena siquiera comentarlas.

Pero así como es real y tangible la candidatura del impresentable político guerrerense, también lo es la razón por la cual se encuentra a las puertas de convertirse en uno de los mandatarios estatales de este país: el respaldo incondicional de su “padrino”, Andrés Manuel López Obrador.

Para todo efecto práctico, lo sabe cualquiera con dos dedos de frente -e incluso menos-, quien manda en Morena es el Iluminado de Macuspana. Ni una sola hoja se mueve en el árbol morenista si no es por la voluntad del Sumo Pontífice de La Mañanera.

Habría bastado -también lo sabe cualquiera, incluso sin frente- la descalificación -privada o pública- de nuestro Perseo de Pantano para enviar al bote de la basura la aspiración de “El Toro”. Pero esa moción no solamente no llegó, sino al contrario: hemos atestiguado cómo la defensa más ardorosa del pungarabatense la realizó el Mesías Tropical.

No me voy a detener en el análisis del abierto y vomitivo desprecio de López Obrador por la lucha feminista. Me interesa más bien poner el énfasis en las causas de éste, es decir, en el machismo lopezobradorista traducido en la orden de colocar, frente a Palacio Nacional, una barrera metálica nunca antes vista en prevención del posible “vandalismo femenino” del 8M.

López Obrador, lo he señalado antes en este espacio y lo reitero, no es un hombre de ideas, sino de ocurrencias. Y como todo individuo ayuno de luces intelectuales se ubica en el primitivismo cavernario del más acendrado machismo mexicano.

Él es, según sus propias palabras, “respetuoso de las mujeres”, pero no feminista; “humanista”, pero incapaz de plantarse con ambos pies del lado de las luchas del segmento mayoritario de la sociedad.

Esgrime, como principal prueba de su “solidaridad” con el sector femenino, el hecho de haber integrado un gabinete paritario. Pues también Rubén Moreira lo hizo en Coahuila -varios años antes, por cierto- y eso no cambió mayormente la realidad de discriminación y múltiples violencias padecidas por las mujeres en nuestra entidad.

Las frases en las cuales se retrata su misoginia son múltiples: apuntar hacia las mujeres como las responsables de los cuidados en las familias mexicanas; tildar de “conservadoras” a quienes, hartas de la indiferencia, recurren a manifestaciones transgresoras; negarse a considerar siquiera la posibilidad de concebir el delito de feminicidio…

Por ello resulta absolutamente comprensible atestiguar su apasionada defensa de un presunto depredador sexual como Salgado Macedonio, pues él comparte en el fondo la idea del papel subordinado de las mujeres frente a los hombres. Es “respetuoso” de las mujeres… siempre y cuando éstas se sometan a sus ideas y acepten dócilmente seguir sus instrucciones.

Por ello también, en su idea de “evangelizar” al país no figura la posibilidad de retar siquiera las posiciones más anticuadas compartidas por una amplia mayoría de mexicanos y, si puede, se aprovechará cínicamente de ellas para alcanzar sus fines personales.

En este sentido, López Obrador sabe perfectamente una cosa: a la sociedad guerrerense le importa un comino la condición de presunto delincuente sexual de Salgado Macedonio. Y si eso beneficia a sus intereses, ¿pues quién es él para negarles encumbrar a un depredador sexual?

Si el señalamiento recayera en un opositor político, por supuesto lanzaría en su contra, de inmediato y con vehemencia, la más absoluta descalificación y pediría para ese “neoliberal/neoporfirista” la hoguera eterna.

Porque ese es el signo del sexenio: el cinismo, la esquizofrenia discursiva, la duplicidad moral, la desvergüenza.

Nada nuevo, por cierto, en el escenario político nacional. Y tampoco nada exclusivo de la conducta lopezobradoriana: si algo caracteriza a los políticos mexicanos -sin importar el partido político en el cual militen- es la desconexión entre su decir y su hacer.

Nadie se llame pues a sorpresa ante el inminente ascenso de Félix Salgado Macedonio como futuro gobernador de Guerrero. Tampoco nos demos demasiados golpes de pecho o condenemos en exceso a los morenistas por su exhibición de cinismo… es más o menos lo mismo a lo cual nos tienen acostumbrados todos los partidos.

Preguntémonos mejor en cambio -porque acaso sea un poco más útil- cuánto tiempo más estamos dispuestos a soportar esta clase de clase política.

¡Feliz fin de semana!

@sibaja3

carredondo@vanguardia.com.mx