El poeta Héctor González Morales hacia 1960. / Foto: Especial.
Director de teatro, editor incansable, gestor cultural –fundador junto a Óscar Dávila, Rafael del Río y Jesús Flores Aguirre de la prestigiada publicación Papel de poesía- el fragor de las generaciones ha casi disuelto la voz y el recuerdo de un verdadero poeta: el saltillense Héctor González Morales

Este texto es la aproximación al perfil borroso de un hombre y de un artista. Un tejido de conjeturas e indagaciones siempre periféricas e interrumpidas. Su figura aparece en mi vida hace un par de años: cuando inicié la investigación que daría origen a mi novela “Lengua de plata”, sobre la vida, la obra y el absurdo asesinato de su hermano mayor: el poeta saltillense Otilio González.
No tengo la fecha de nacimiento del segundo poeta de la familia González Morales, pero si un cálculo:

la primera mención y testimonio de Héctor aparece en amplio reportaje escrito por la periodista Helia D’Acosta, quien en una acuciosa investigación en torno a la Matanza de Huitzilac entrevista a familiares e implicados indirectos en aquel aciago hecho. Ahí, Héctor cuenta cómo los padres del infortunado vate saltillense se enteraron del asesinato de su hijo. Estaban en Concepción del Oro por asuntos de negocios, cuando un telegrama llegó (un día después de la tragedia) el 4 de octubre de 1927. Dice el futuro autor de “Responso a mi madre”(1961) que él recibió de mano el infausto mensaje, y en su imprudencia de niño alcanzó a leer: “Otilio ha muerto”. Por lo que a esa fecha, si tendría 12 o 14 años, debió haber nacido alrededor de 1915.

Las tarjetas de Holanda, uno de sus poemarios. 1962. / Foto: Especial.

La llamada del teatro

Entrado en la vida adulta, diversos testimonios de la época ubican a González Morales trabajando como “tenedor de libros” o contador en una agencia cervecera por la Calle de Acuña, bajando Ramos. Pero como muchos, su vida secreta era la vida verdadera: una existencia sensible dedicada al arte. Sería en esos años cuando su terco afán impulsaría una de las primeras compañías formales de teatro en Saltillo, haciendo de todo: como productor, decorador, vestuarista, iluminador o director. Así fundaría el Grupo Experimental de Teatro Dalia Íñiguez, en honor a una destacada actriz cubana de la época, grupo con el que montó obras revolucionarias para la época como “La antorcha escondida”, de Gabriele D’Annunzio. El espíritu de Héctor era sensible e inquieto: su profusa correspondencia, aunada a su cultura y afabilidad, se granjeó la amistad de innumerables personajes esenciales de la cultura nacional, como lo consignan sus abundantes comunicaciones antologadas, por ejemplo en el “Epistolario” del poeta, integrante de Contemporáneos, Bernardo Ortiz de Montellano.

Ilustraciones de Elvira Gascón en Responso a mi madre. 1961. / Foto: Especial.

El póstumo editor

Mis indagaciones han concluido una clara certeza: de todas las aventuras culturales de Héctor González Morales, la más importante fue la edición póstuma de la obra completa de su hermano asesinado. Así: traería a la imprenta el libro que dejara en calidad de manuscrito Otilio González semanas antes de su muerte: “Triángulo”, terminado a mediados de 1927  -Por esas fechas estaba saliendo de la prensa también la antología fundacional de la poesía coahuilense “Once poetas de la Nueva Extremadura-.  “Triángulo” vería la luz hasta el 12 de octubre de 1938, según colofón de la edición realizada por la imprenta del editor y escritor tlaxcalteca Miguel N. Lira, famoso por ser autor de la célebre novela “La escondida”, que años después –en 1955- Roberto Gavaldón llevaría al cine.

Misterios de la poesía: el último poema del libro póstumo cierra con “Muerte no te huyo”, donde el también abogado escribió: “¡Oh noche tenebrosa, noche hueca / que habrás de hacer más cómica mi mueca / metiéndote en mis órbitas vacías / y el cerco de mis dientes sin encías!”… Posteriormente, Héctor González Morales también editará de Otilio las prosas bíblicas de “Luciérnagas”(1947) y “Poemas escogidos” (1961).

Tomas Perrin como Axkaná (Otilio) González en La Sombra del Caudillo de Julio Bracho. 1960. / Foto: Especial.

Papel de poesía / El cine

Establecida la relación profesional con el reconocido impresor tlaxcalteca, Héctor González fundará junto a don Óscar Dávila –hacia 1940- “Papel de poesía”, un proyecto fundamental de las letras coahuilenses. Más tarde se unirá a ellos Rafael del Río. La maestra Esperanza Dávila Sota, investigadora especializada en el tema, ha escrito al respecto: “Esos 50 números le dieron lustre a las letras coahuilenses. Papel de poesía reconoció y estimuló el talento literario y lo difundió por todo el país. Ese fue el gran mérito de los editores.  La hoja literaria hospedó en sus páginas a los escritores coahuilenses de la época –incipientes y reconocidos- y mexicanos y extranjeros consagrados, de quienes publicaron obra reciente, y algunas veces, inédita. Entre los primeros Federico Berrueto Ramón, Jesús Flores Aguirre y Bernardo Casanueva. Entre los segundos Pablo Neruda, Octavio Paz, Xavier Villaurrutia y Carlos Pellicer, por mencionar algunos.”

La diversidad de González Morales lo acercó al mundo del cine: hacia 1959-1960, el director chihuahuense Julio Bracho adaptaría “La sombra del Caudillo”. Ahí, a partir de la versión que el personaje del diputado Axkaná González estaría basado en Otilio, el saltillense participaría como asesor histórico en la versión para cine de  la obra de Martín Luis Guzmán.

Ejemplares de papel de poesía. Centro Cultural Vito Alessio Robles. / Foto: Especial.

El poeta, los días finales

Lo hemos dicho ya: la mayor obra poética de Héctor González Morales fue anteponer a la posteridad la obra de su hermano muerto por encima de la propia. Obra suya que en ningún sentido fue menor. Quien esto escribe, ha podido conocer por lo menos de dos libros: “Responso a mi madre” (1961) y “Las tarjetas de Holanda”(1962).

Ambos ilustrados de manera exquisita por una artista que nos trajo el exilio republicano español: la maestra Elvira Gascón. En el segundo, concebido casi como un libro objeto y un proyecto de poesía visual, muy a la manera de Apollinaire y sus famosos caligramas, el saltillense ensaya una suerte de híbrido entre la escritura aforística y el discurso de los grafismos. Debo a la amabilidad del maestro Javier Villarreal un facsimilar del primero. Ahí, en un tono sentido e íntimo, vuelca su sensibilidad ante la pérdida materna. La dedicatoria es demoledora: “A Concepción Morales, mi madre, desde lo alto de mi luto.”

Pero más que un discurso doliente ante lo definitivo, sus versos se elevan hacia un trazo universal de esa figura: “la que cierra las puertas, las cortinas / encendiendo una lámpara de sombra / para que estos ojos nacidos de sus ojos / no se hieran.” 

El poeta Héctor González (izq.) durante la filmación de La Sombra del Caudillo junto a Julio Bracho (der.). 1960 / Foto. Especial.

Destaca temática y formalmente el texto dedicado a la malograda actriz saltillense Marcia Flores, estrella en ascenso de su grupo teatral: “Marcia conmovida y nocturna / que no pudiste sostener en el puño / la antorcha que querías.”
Los últimos años de Héctor González en la capital son nebulosos: unas versiones lo hacen haciendo trabajo de relaciones públicas para Bellas Artes, otros lo vuelven dueño de una tienda de antigüedades en la Colonia Roma Norte. Otras lo ubican longevo, hacia finales de los 80, principios de los 90; lejos ya de aquel niño-hombre conmovido ante la ausencia maternal: “Mamá en la sal / mamá en el pan / y en la fruta: / en el durazno y en el higo; / en todo esto que yo digo.”

 

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