Hemos aprendido mucho como especie en el último año. Lo más importante es, sin duda, que hemos aprendido a convivir con este virus con el que la naturaleza nos ha puesto a prueba

Para efectos prácticos, dado que este domingo se cumplió un año del reconocimiento formal –en México– del primer caso positivo de la enfermedad que hoy conocemos como COVID-19 y es provocada por el coronavirus SARS-CoV-2, hoy inicia el segundo año de la pandemia en nuestro país.

A partir de hoy, y durante varias semanas, leeremos noticias respecto del primer aniversario de los diversos “hitos de la pandemia”: el primer fallecimiento, el primer día de suspensión de clases, el primer día del confinamiento,  el primer concierto cancelado, el primer día de implementación del “semáforo epidemiológico”…

Las anteriores son las “efemérides” colectivas de la pandemia. Pero todos tenemos, a nivel individual, nuestros propios hitos que comenzarán a cumplir su primer aniversario: el primer día de home office, el primer evento social pospuesto –y luego cancelado–, la primera prueba que nos realizamos.

Nadie pensaba, a principios de marzo del 2020, que la historia se escribiría de esta forma durante los siguientes doce meses. La inmensa mayoría confiamos en que “sería cuestión de unas semanas” y todo volvería a la normalidad.

Lejos de tal posibilidad, en el último año nuestras vidas se han transformado de formas que no habríamos imaginado cuando, en la noche vieja de 2019, brindábamos con nuestros seres queridos y hacíamos propósitos para el año que estaba comenzando.

Decenas de miles de familiares, vecinos, compañeros de trabajo, amigos y colegas integran la trágica lista de víctimas de una enfermedad que nos tomó por sorpresa y que claramente no hemos sabido administrar. Millones más han perdido su empleo, han visto reducidos sus ingresos o tuvieron que cerrar sus negocios debido a la crisis económica generada por la pandemia.

Miles más, que se contagiaron y lograron sobrevivir, padecen secuelas físicas –en muchos casos severas– debido a que, como hemos aprendido dolorosamente en estos meses, el SARS-CoV-2 es un patógeno particularmente agresivo para diversos sistemas de nuestro organismo.

Casi cualquiera, independientemente de que haya logrado hasta ahora evitar el contagio, sufre alguna secuela de carácter emocional. Los niños, de forma particular, acusan a estas alturas los estragos que implica no socializar con sus compañeros o estar impedidos a realizar las actividades a las que todo infante debería poder entregarse con libertad.

Han sido 12 meses aciagos y las consecuencias que se han acumulado en este tiempo son realmente abrumadoras. Hemos hecho acopio de entereza, paciencia y valor, sin duda, pero no hace falta sino ver hacia atrás para dimensionar el tamaño de la carga que hemos venido soportando.

Hemos aprendido mucho como especie en el último año. Lo más importante es, sin duda, que hemos aprendido a convivir con este virus con el que la naturaleza nos ha puesto a prueba. Tenemos certeza a estas alturas que habremos de prevalecer.

Lo más importante, sin embargo, no es asegurar que un número suficiente de seres humanos llegará a la otra orilla, sino que ese conjunto no sea, producto de los efectos colaterales de la pandemia, aún más desigual que al principio.