Este retrato es el de don Ignacio de la Peña. Fue él quien construyó la casa. La levantó con altos y gruesos muros como de fortaleza, e hizo cavar un sótano cuya puerta se oculta bajo una alfombra. Por esa puerta bajarán las mujeres para esconderse en caso de ataque de indios o de bandoleros.

La hacienda se llama Potrero de Ábrego. Es rica en caballos, reses y ovejas. Y es pródiga la tierra: aquí se da lo mismo la manzana que el tabaco. Hay un generoso manantial que nunca se ha secado; sus aguas corren siempre con un son de plata. Se llaman estas aguas “del arco”, pues don Ignacio mandó hacer un acueducto para conducirlas. Su esposa lo reprende por esa obra, ya que los hijos -son jóvenes y arrebatados- entran al acueducto galopando en sus caballos y a medio camino, ahí donde el arco tiene 15 metros de alto, hacen que los animales giren sobre sus patas traseras para salir, otra vez galopando, por donde habían venido.

Hay noticias de guerra. Un día llegan tropas de la Federación y hacen cautivos a todos los peones de la hacienda. Desde los que tienen 15 años hasta los que cuentan 60 son atados de manos y conducidos en una cuerda a la leva. Ni tiempo les dan de recoger sus cosas. Los alcanzan llorando las mujeres -las madres, las hijas, las esposas- y les dan, envueltas en una cobija, las escasas ropas.

Se opuso al atropello don Ignacio, el dueño de la hacienda, pero de nada valieron sus palabras. Había que defender a la patria contra los franceses, le dijo un adusto capitán, y se necesitaban hombres. Bastante favor le hacían con no llevarse también a sus hijos. En un repecho del camino se perdió la larga y doliente fila de levados.

Esa noche el Potrero fue un llanto. Hasta los perros aullaban, contarían después los viejos. Cuando llegó la mañana parecía que el rancho se había muerto. Las bestias mismas estaban mudas, como si entendieran lo que había sucedido. Pesaba el dolor igual que lápida de plomo.

No habló ya don Ignacio de la Peña. Nada dijo. Esa tarde sacó todo el dinero de las arcas que tenía en su despacho, donde solamente él podía entrar. Ensilló su caballo, llenó las alforjas de su montura con monedas de oro y plata, le dio un abrazo a su mujer y bendijo a sus hijos, que en vano le pedían ir con él. Salió del Potrero don Ignacio, solo, con las primeras sombras de la noche.

En el Saltillo se dio de alta en el ejército. Le reconocieron el grado de coronel que había alcanzado en la guerra contra el indio. Hizo agencias y dio dinero para que lo nombraran jefe de sus propios hombres, los que habían sido sacados del Potrero por la leva. Con ellos fue por tierras de San Luis Potosí rumbo a Querétaro. Conforme iba avanzando buscaba hombres en los poblados y en el campo y los contrataba como soldados. Les pagaba con largueza la contratación; les ofrecía una soldada generosa y la esperanza de un rico botín. Hombre que contrataba don Ignacio, hombre suyo del rancho que enviaba de regreso al Potrero. Llegó a Querétaro con el mismo número de hombres con que salió del Saltillo. Pero eran otros hombres. Los suyos, todos, habían regresado ya sanos y salvos al rancho, es decir, a su hogar y a su familia, por las ocultas veredas de la sierra.

Acabada la guerra regresó a su casa don Ignacio. Seis condecoraciones recibió de la República. Una de ellas se la impuso Juárez. Cuando llegó, jinete en su caballo, las mujeres le besaban las botas en el estribo. Ahora está su retrato en la sala de la fornida casa que fundó. Entran los niños del Potrero en esa sala -son los nietos de los tataranietos de aquellos hombres- y se quitan frente al retrato su sombrero.