La primera pandemia de trasmisión sexual fue la causada por esta enfermedad de la cual Europa culpó al Nuevo Mundo y contribuyó a la aplicación de remedios de dudosa efectividad

Con la aparición de la sífilis, en el siglo XVI, las prácticas sexuales se convirtieron en el camino más corto entre la vida y la muerte. De hecho, en aquellos inicios se trataba de una enfermedad muy virulenta: llagas, pústulas, ronchones, fiebre y úlceras sangrantes, eran algunos de los síntomas clínicos de un padecimiento que elevaría los índices de castidad en  una época en que la lujuria y los ‘placeres de Venus’, la diosa del amor, reinaban en los imperios de Europa. 

En realidad, la sífilis sigue siendo una enfermedad infecciosa de la que nadie conoce su origen, lo cual ha llevado a diferentes hipótesis al respecto. Las hay para todos los gustos, e incluso algunas de ellas servirían para darle argumentos a la xenofobia. 

Por ejemplo, en Inglaterra, a la sífilis se le denominó ‘mal francés’ y en Francia se hizo llamar ‘mal napolitano’; en Turquía, los musulmanes la llamaban la ‘enfermedad cristiana’ y en Portugal ‘enfermedad española’. 

Sumado a esto, cronistas de Indias como Gonzalo Fernández de Oviedo y Francisco López de Omara, sostenían que el origen de la enfermedad residía en el Nuevo Mundo, desde donde fue llevada a Europa por los marinos de Colón. Viéndolo así, podemos admitir que el azote de la sífilis, por acción de sus hipótesis, globalizó el periodo de transición entre la Edad Media y los inicios de la Edad Moderna.

El comienzo

A principios de 1495 el rey francés Carlos VIII invadió Nápoles tratando de reivindicar su derecho a ese reino. Pero allí las tropas empezaron a contagiarse con una nueva dolencia.

Nadie había visto algo similar. Los doctores de la época no encontraron ninguna referencia en los libros médicos antiguos.

Preocupó tanto a la población de aquel entonces, como lo hizo el Sida cuando fue descubierto en la década de los ‘80s del siglo pasado. De hecho, los sìntomas tenían una similitud con esa enfermedad: se transmitía a través del contacto sexual, y a excepción de los ancianos y los niños, todos corrían el riesgo de contagiarse.

Se trataba de la sífilis.

La gente estaba aterrorizada porque se propagó con gran rapidez. Llegó a Escocia, Hungría y Rusia.

Se cree que los reyes Francisco I y Enrique III de Francia, así como el emperador Carlos V, padecieron la enfermedad. Y tampoco escaparon del contagio los monjes ni los clérigos.

No importaba la jerarquía. Cardenales, obispos e incluso los papas Alejandro VI y Julio II también la sufrieron.

La velocidad con la que se propagó revela mucho acerca de los hábitos sexuales de la sociedad en esa época.

Como en el caso de Adán y Eva, se consideraba que las mujeres eran las responsables de tentar a los hombres y transmitirles la enfermedad.

Prolegómenos

Nadie conoce el origen de la sífilis, pero aquí conviene citar el relato de un soldado alemán (y conviene citarlo porque en el pasado los Ejércitos siempre fueron propagadores de enfermedades epidémicas).

En 1509, mientras estuvo de servicio en Nápoles, Italia, el joven soldado alemán Ulrich von Hutten contrajo una enfermedad desconocida en ese entonces.

El joven sufría con los síntomas que le causaba el padecimiento. Y así pasó 10 años de su vida, hasta que murió.

La siguiente es una descripción que hizo el paciente de sus desgarradoras dolencias:

“En todo el cuerpo tengo pústulas, parecidas en tamaño y aspecto a una bellota, que emiten un hedor fétido y pestilente. El dolor que infligen, se asemeja a estar acostado sobre fuego”.

Se calcula que para la década de 1490 la población europea se había recuperado de las muertes causadas por la plaga conocida como ‘Muerte Negra’, que mató a una de cada tres personas en todo el continente. Pero eso pronto habría de cambiar


El regreso mortal

Con la desaparición de la Muerte Negra y con el incremento de la población comenzó a llegar la prosperidad al continente europeo. Pero no todo fue positivo.

Aún persistían las hambrunas, que ocurrían con frecuencia… y males desconocidos empezaron a aparecer por todas partes. 

De hecho, ahora había surgido una nueva enfermedad,así que todos estaban muy asustados.
Hoy se conoce como sífilis.

Los franceses la llamaban ‘la enfermedad napolitana’, pero el resto de Italia se refería a ella como ‘la dolencia francesa’. Inicialmente no tenía un nombre técnico porque no se sabía lo que era.

La epidemia causada por la sífilis era distinta a las vistas con anterioridad: no se concentraba en una zona en particular ni se relacionaba con la estación del año.

Todos corrían el riesgo de enfermarse. Y una vez que eso ocurría, parecía que la persona nunca se recuperaba. No había ningún lugar al que se pudiera escapar para salvarse del padecimiento.

Un castigo de Dios

¿Cuál era la causa de la enfermedad? Se pensó que era un castigo de Dios por los pecados cometidos por la sociedad.

Así que el primer paso para lidiar con la misma era arrepentirse y rezar por la protección divina.

Si el tormento era difícil de llevar en el día, en la noche era peor. Quienes la padecían se quejaban continuamente debido al dolor que sentían en los huesos. 

Los astrólogos de la época afirmaban que lo ocurrido tenía relación con dos eclipses de sol y la conjunciòn de Saturno y Marte.

“Hacia principios del siglo XVI las lluvias que cayeron en toda Europa fueron tan copiosas, que la tierra se contaminó con el agua estancada. No era de extrañar que la enfermedad se hubiera presentado”, afirmaba un profesor de Medicina de la época.

La conjunción de las estrellas contaminó el clima, lo que a su vez causó la putrefacción del cuerpo humano.

Ningún remedio funcionaba, pero Paracelso, el famoso médico y alquimista, aconsejó tratar la enfermedad con vapores de Mercurio.Y ese fue el tratamiento que se le recomendó al soldado alemán: respirar el gas del mercurio caliente.

Pero la cura era peor que la enfermedad. Los pacientes salivaban incontrolablemente, los dientes se les caían y perdían la razón. 

Hasta que apareció un nuevo remedio en 1517: el guayaco, un arbusto que crecía en la isla de Santo Domigno, que hoy comparten Haití y la Dominicana. Supuestamente, era lo que usaban los nativos de la isla para curarse.

Virutas del tronco de guayaco se hervían a fuego lento en agua y el líquido se bebía dos veces al día. El tratamiento completo incluía pasar 30 días en un cuarto extremadamente caliente para sudar y botar la enfermedad.

En esa misma época se estableció una relación entre la sífilis y el castigo divino que afectaba a aquellas parejas que habían tenido una relación sexual ilícita.

En ese contexto, se creìa que las mujeres eran quienes transmitían la enfermedad y tentaban a los hombres, al estilo de Eva que llevó a Adán al pecado.

¿América o Europa?

Una vez que se detectó que la sífilis se transmitía de persona a persona, se asumió que tenía que haberse originado en un lugar en particular, y no como consecuencia del clima.

Se creía que había llegado a Europa con los marineros que regresaron de América con Cristóbal Colón.

Supuestamente atracaron en Barcelona, se unieron a las tropas en Nápoles y las prostitutas que acostumbraban a seguir a los Ejércitos se encargaron del resto.

Pero a los historiadores americanos no les gustó nunca esa teoría, de hecho presentaron evidencia arqueológica para probar que la sífilis era una vieja enfermedad nativa de Europa que había reaparecido con mayor virulencia.

Con la llegada de la medicina moderna la bacteria que causa la enfermedad (Treponema pallidum) se identificó en 1905. Y en 1910 se descubrió el primer tratamiento efectivo. Pero no fue sino hasta 1943, con el descubrimiento de la penicilina, que se encontró la cura para el padecimiento.