La negligencia de un gobierno en tiempos de COVID-19 es un factor de riesgo para los habitantes de cualquier País, por más poderoso, rico, avanzado en los distintos campos de la ciencia, con tecnología de punta, etc., que este sea. Y lo estamos viendo hoy, el primer mundo cruzando el Atlántico y en este lado también, tienen luto nacional. España, Italia e Inglaterra están llorando lágrimas amargas y los vecinos del norte de México no la están pasando mejor. Llegaron tarde sus gobiernos a tomar medidas y el virus se propagó a diestra y siniestra, fallaron los controles sanitarios en el momento preciso. Y si volvemos la vista hacia quienes no tienen los estándares de los mencionados y no estaban preparados para la pandemia… el dolor es el mismo. ¿Vio usted las imágenes de Guayaquil? Sus muertos en la calle, cubiertos con sábanas, ya muchos de ellos en descomposición. Si lo público debiera de ser sinónimo de seriedad y confianza… pero es que entre el mundo del deber ser y de lo que es, hay un abismo de diferencia. Me enoja, lo expreso así, con todas sus letras, me indigna que nuestro País esté en manos de un Presidente que sigue sin entender las proporciones de la pandemia que tenemos entre nosotros. Todo lo que le llevó cuadrarse al llamado de los epidemiólogos para no hacer eventos multitudinarios, y es fecha que persiste en andar de la seca a la meca inaugurando obras, pudiendo dejar para después el acto protocolario, no es requisito sine qua non. En lo que debiera estar ocupado no lo está. Tiene sin lo mínimo a los héroes –porque son héroes– que atienden en la primera línea a cuantos llegan con síntomas del virus, me refiero a médicos, enfermeras, camilleros y todo el personal de apoyo que se requiere en un hospital. Han protestado públicamente las carencias que los aquejan y con sobrada razón. Aquí en Coahuila ya murió uno de esos médicos y hay más infectados.

Yo, como ciudadana, quisiera que el Presidente informara en proyección nacional a quienes le pagamos el sueldo, con cuántos fabricantes de textiles ha acordado la confección de batas y ropa especial para los héroes del IMSS y del ISSSTE, con cuantas compañías manufactureras de cubrebocas, de guantes, de mascarillas, de camas, de respiradores o ventiladores ya se puso de acuerdo su gobierno para enfrentar la parte más severa de la pandemia. Que nos diga con cuántas empresas de transporte tiene ya convenios para trasladar los insumos mencionados. Que nos pormenorice con cuántos capitanes del sector hotelero ha platicado para que en el supuesto de que se requieran espacios para hospitalizar enfermos faciliten sus grandes salones; si ya amarró convenios con las compañías tecnológicas para que no se caiga el Internet, tan necesario hoy día para las comunicaciones. También me gustaría escuchar que va a devolverle al Ejército sus funciones y a la Guardia Nacional las propias, porque la delincuencia –marzo del 2020 es el mes más violento desde que hay registro, 2 mil 585 homicidios– anda más desatada que nunca, y me parece que ya es suficiente tragedia lidiar con el corona virus como para sumarle otra debacle, que si no la controla va a dañar la integridad de millones de mexicanos.

Y todo esto demanda muchos recursos y sería inteligente, de elemental sentido común, aplazar para otro momento la construcción de Dos Bocas, del aeropuerto de Santa Lucía y el Tren Maya, porque no son indispensables, lo prioritario es que la gente no se muera por la falta de insumos indispensables. Pero está montado en su macho, no entiende razones, no quiere entenderlas. Los mexicanos debemos de tomar nota de la relevancia que esto conlleva, tenemos ya que madurar como sociedad y abandonar de una vez por todas ese desgraciado valemadrismo que nos caracteriza, dejar de ver a los gobernantes como nuestros benefactores y tratarlos como lo que son: servidores temporales y por paga. El coronavirus ha puesto a la vista, sin maquillaje alguno, las deficiencias –quiero ser educada– del sistema de salud público que tenemos en México. Hace décadas que la corrupción y la impunidad lo tienen infestado. López Obrador tiene la oportunidad de librarlo de semejantes lastres, necesita un administrador calificado, no un político, con facultades para que sea él o ella quien elija a su equipo de trabajo, y con todo el apoyo para deshacerse de cuanto liderete sindical o cualquier otro vividor incrustado, para eficientarlo y que sí sirva para lo que fue instituido. Cuando esto escribo, la Secretaría de Salud informó en rueda de prensa que hay mil 510 personas contagiadas, 4 mil 653 casos sospechosos, un aumento de 132 infecciones con respecto al día anterior, cuando se contabilizaron mil 378. Se sumaron 13 nuevos decesos en 24 horas para dar 50. Y falta el plan para que la economía no se vaya a pique. A ver con qué sale el domingo.

La política es un instrumento que sirve para mejorar la vida de las personas, no para manipularlas, ni para catequizarlas y menos, pero mucho menos, para lanzarlas a un voladero. Todo tiene límites, Presidente, hasta usted

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.