Don Palemón era hombre ya maduro. Andaba por los 50 años, edad que en nuestros tiempos no es de viejo, pero que en aquéllos era ya de plena madurez, umbral de la temida ancianidad.
 
No había casado nunca don Palemón. Soltero, no se le conocían vicios, a menos que su celibato sea considerado tal. En todo caso el buen señor atemperaba su soltería con una visita semanal —los jueves siempre— a cierta casa donde lo recibía una señora que a cambio de algunos pesos lo dejaba sosegado por otros siete días. Encomiable obra de misericordia es ésa, que aparta a los hombres de las tentaciones a que conduce la lubricidad.
 
Sucedió que llegó al pueblo una muchacha, sobrina del administrador del Timbre. Había quedado huérfana, y el tío la recogió en su casa. No estaba ya en la primera juventud. 
Tendría unos 30 años, hoja de calendario más o menos. No era ni fea ni bonita, lo cual es gran ventaja porque las muy feas sufren mucho, y las muy bonitas a veces sufren más. La vio don Palemón y sintió ganas de renunciar a su celibato. Estaba dispuesto a incluir en la renuncia aquella discreta visita semanal que dije arriba.
 
Jinete en su caballo, empezó a rondarle la calle a la muchacha. Es de saberse que don Palemón era mayordomo de la hacienda: cumplidísimo jinete, vestía con propiedad el traje charro de faena, atuendo al mismo tiempo austero y elegante.
 
La muchacha no torció el gesto con aquellas rondas, antes bien las miró con buenos ojos. Cercana la hora en que solía pasar su galán iba a sentarse frente a la ventana, cuyas grandes hojas abría de par en par, y sonreía con gracia, pero sin coquetería, cuando el jinete se tocaba con el dorso de la mano derecha el ala del sombrero para saludarla.
 
Cierto día don Palemón se decidió por fin a hablarle a la muchacha. Detuvo su caballo frente a la reja y saludó muy cortesano.
 
—Buenas tardes, señorita.
—Buenas tardes, señor —respondió ella.
 
Iba a decir don Palemón algo como: “¿Irá a llover?” o: “Perdone la pregunta: ¿llamaron ya al rosario?” cuando sucedió algo terrible: en ese preciso momento al incivil caballo se le ocurrió lanzar por su trasera parte un sonoroso aire que a más de formidable estrépito puso en el aire un tufo ingrato imposible de aguantar.
 
¡Qué pena le dio a don Palemón! Enrojeció hasta la raíz de los cabellos, y torpemente farfulló una disculpa. La muchacha, avergonzada también, no supo qué decir. Llena de turbación se levantó de la silla y se apresuró hacia las habitaciones interiores sin siquiera despedirse de su cortejador.
 
Todavía bajo el peso de la mortificación don Palemón se alejó calle abajo en su cabalgadura. Furioso, iba reprendiendo al caballo por su expansión tan poco urbana, tan inoportuna.
 
—Qué bien lo hicites ¿verdá? ¡Te lucites!
 
Pasaron unos días. Cierta mañana, al salir don Palemón de la casa grande vio que su caballo —al que había soltado en el repastadero— estaba empezando cierto trance de amor con una yegua. Corrió don Palemón al sitio donde tenía lugar aquel connubio, y reuniendo todas sus fuerzas soltó un estentóreo cuesco junto a los animales. Luego le dijo al caballo con tono rencoroso:
—¡Pa’ que veas lo que se siente, desgraciado!