Uno de mis filósofos predilectos es Bertrand Russell, inglés. En mis andanzas de buscador de libros acabo de hallar los tres tomos de su autobiografía, publicados por Aguilar. El relato de su vida abarca de 1872 a 1967, y por él conocemos el pensamiento y los hechos de quien fue un perpetuo rebelde contra la falsedad, la hipocresía y las mentiras del mundo.

Fue un hombre pacífico este luchador. En los tiempos de la Primera Guerra Mundial perdió sus clases en Trinity College a causa de sus ideas pacifistas. Estuvo en prisión por su negativa a pagar impuestos que servirían para comprar armas. En la cárcel aquel matemático descubrió la filosofía, y descubrió también la literatura. Cuando al paso de los años los académicos de Suecia lo consideraron para otorgarle el Premio Nobel, no sabían si darle el de la Paz, el de Física o el de Literatura. Le entregaron este último, en 1950.

No profesó ninguna religión sir Bertrand Russell, pero fue un hombre profundamente religioso. Hay quienes dicen tener una religión y no la viven, y hay otros que viven religiosamente aun sin tener ninguna religión. De muchos he sabido que ayudaron a continuar la obra de Dios sin creer en Él. Russell intuyó la existencia de lo sagrado en la vida del hombre, y lo manifestó en libros como “Misticismo y Lógica” y “La conquista de la felicidad”.

Cuenta el filósofo que cuando se casó era virgen. Jamás se había acostado con mujer. La muchacha que escogió para su esposa, Alys Pearsall Smith, era virgen también.

Ninguno de los dos, entonces, tenía experiencia sobre sexualidad. A mayor abundamiento, ella pertenecía a la estricta sociedad de los cuáqueros, que miran con sospecha, y aun con hostilidad al sexo, igual que casi todas las religiones occidentales.

Al comenzar la noche de bodas Russell manifestó a su joven esposa su deseo de hacer con la luz encendida lo que tenían que hacer. Ella se opuso terminantemente. Sólo accedería a consumar el matrimonio, dijo, si lo hacían en una completa oscuridad. Discutieron con calor sobre el asunto, y su discusión se prolongó casi dos horas. Al final llegaron a una sabia transacción: apagarían la luz eléctrica, pero encenderían una vela.

Cuenta Russell con humor:

“... Ni ella ni yo poseíamos experiencia previa. Tuvimos que vencer algunas dificultades causadas por nuestra inexperiencia, pero eso no convirtió nuestra primera noche en una ocasión desagradable. La Naturaleza se hizo cargo de la situación, y aquellas dificultades resultaron más cómicas que problemáticas…”.

Añade en seguida el filósofo:

“... Me complace decir que seis meses después ella ya no era tan cuáquera…”.

No lo dice sir Bertrand, pero de su relato se deduce una verdad: la Naturaleza -es decir, la vida, es decir Dios- acaba por imponerse sobre todas las filosofías y las religiones. Por encima de las ideas y los mandatos de los hombres está el imperio supremo de la vida y de su perpetuación sobre la Tierra. Ese imperio suple todas las inexperiencias. Hasta las de los filósofos.