Menuda sorpresa se llevó aquel hombre. Salió de la cantina y no halló su caballo donde lo había dejado. Preguntó al sujeto recargado en el poste de la esquina; preguntó al muchachillo que barría la banqueta de la botica; preguntó a los desocupados que conversaban en una banca de la plaza:

-¿No vieron por casualidad un caballo alazán tostado? Lo dejé afuera de la cantina y ya no está.

Todos le respondieron:

-No, pos sabe.

Había en el tono de la respuesta un tono de reticencia, de evasiva, que el forastero no pudo menos que notar. Dijo con hosca voz amenazante:

-Ojalá aparezca, porque si no, va a suceder lo que en la Hedionda.

Los tres desocupados, el muchachillo y el sujeto del poste oyeron aquel aviso o amenaza, y una expresión de inquietud les salió al rostro. El hombre aquel se veía bragado, muy de armas tomar. ¿Qué habría hecho en la Hedionda?

El hombrón regresó a la cantina. Se plantó en medio del local y habló con voz tonante:

-Alguien se llevó mi caballo, señores. Ojalá aparezca, porque si no, va a pasar lo que en la Hedionda.

Se miraron entre sí los parroquianos, llenos de temor y de preocupación, y nada más uno de ellos se atrevió a balbucir con voz temblante:

-No, pos nosotros aquí estábanos.

El fuereño volvió la vista al cantinero, en gesto de interrogación. Dijo el de la taberna:

-No, pos yo no me he movido de aquí.

Repitió el gigante:

-Pos ojalá y aparezca el animal, porque si no, va a pasar lo que en la Hedionda.

¿Qué habría pasado en la Hedionda? se preguntaban todos entre sí. De seguro alguien trató de robarle el caballo al forastero y éste lo mató. ¿Iría a pasar igual?

La noticia de lo que sucedía corrió como reguero de pólvora, si me es permitido ese inusado símil. No faltó quien le llevara el cuento al Presidente Municipal. El funcionario se azaró al conocer lo sucedido. Empezó a hacerse cábalas. ¿Y si aquel hombre hacía venganza general entre la población? ¿Y si le mataba a dos o tres vecinos? A él le tocaba evitar ese desaguisado. Llamó al gendarme de punto y le pidió que buscara al Tacho, el más notorio ladrón en todo el pueblo. De seguro él se había llevado ese caballo. La certera intuición del alcalde fue confirmada por todos, pues todos vieron cuando el Tacho, con inmenso descaro, desató de la argolla al animal y se lo llevó como suyo, despacito, pues decía que las prisas son malas.

Y fue el gendarme, y trajo al alazán. El mentado Tacho se lo había llevado, en efecto, “pa’ que tomara agua el probecito y no se fuera a encalmar”, manifestó. El propio alcalde fue a la cantina a informarle al hombrón que su caballo había aparecido ya.

-Qué bueno que salió el animal -dijo el sujeto sin cambio en la expresión-, porque si no hubiera aparecido habría pasado lo que en la Hedionda.

-Perdone la indiscreción, señor -se atrevió a preguntar el alcalde-. ¿Qué pasó en la Hedionda?

Respondió el forastero:

-Que allá sí me lo chingaron.