Riesgoso. Los pasajeros ignoran que junto a ellos podría viajar el virus que los llevaría hasta la cama de un hospital... en el mejor de los casos.
Donde menos se cree, existen vivencias espeluznantes; del miedo que paraliza, que eriza la piel

El enemigo también aborda la combi

Las nubes negras surgieron de la nada y se extendieron por el cielo borrando la luna y las constelaciones. Es el humo que despedían los tubos de escape. 

La combi se detiene en seco en la parada. La música satánica de fondo está adentro. Un grupo de gente enmascarada se aproxima ansioso, sin tomar distancia.

Te recibe un conductor con su mascarilla alrevesada y los ojos morados de ojeras. Erguido y espejeando, acelera rebasando otra ruta, antes de que suba completamente al camión. El viaje de terror apenas comienza.

Toma el dinero, como el de todos los pasajeros, para luego acomodar su copete y limpiar el sudor de la cara con la misma mano.

Todos los asientos están ocupados. Sobre los pasillos, más de una docena de pasajeros sujeta con sus manos la barra del techo. Sudadas, manchadas y con mugre albergada en sus uñas. El enemigo también aborda el camión.

Algunos pasajeros se quitan el cubrebocas ante el implacable cansancio que provoca su turno laboral de fábrica o los vence la impaciencia de respirar su propio vaho todo el día, todos convertidos en presa fácil.

Al fondo un pasajero no aguantó el hambre para alimentarse con nachos, rodeado de espaldas y traseros que viajan de pie. Una señora que tomó el mismo camión afuera del hospital aborda a su lado.

Un freno repentino, y la mínima cavidad, entre los pasajeros se pierde por minutos; sana distancia nunca existió. El viento frío mantiene las puertas cerradas. El encierro ahoga a más pasajeros dentro del transporte público. Bajan su cubrebocas a la barbilla.

Baches, curvas y bajadas convierten parte del traslado en un juego macabro. Los vidrios rayados, luces neón, nubes negras, manos largas y miradas insistentes de otros pasajeros no es suficiente para sentir miedo.

Ahora el miedo lo provoca algo invisible: un virus. Viaja como un pasajero más sin que nadie lo sepa, puede ser adelante, atrás, en medio o a lado mío. Un posible caso sospechoso del terrible coronavirus, amigo de un amigo que estuvo en contacto con alguien contagiado. Nunca se sabe.

Viajar es un riesgo, más si es en colectivo, con desconocidos, en un vehículo con capacidad para 25 personas que transporta hasta 40 pasajeros.

Un camión que alberga el rastro mínimo de sus más de 500 pasajeros diarios, que encapsula los fluidos invisibles y los impregna sin ser sanitizado constantemente. Un camión al que abordo todos los días.

Vivimos tiempos horrorosos. Nunca antes el viaje había sido tan vulnerable, tan expuesto de que el mal se abata sobre nosotros sin ninguna razón. De pronto la rutina se vio cimbrada por el terror.

Donde menos se cree, existen vivencias espeluznantes; del miedo que paraliza, que eriza la piel.

En la calle, en la combi, en dependencias oficiales y hasta para contratar un servicio de internet.

Sin red. La lejanía de los fraccionamientos o la falta de postes son una limitante para contar con el servicio de internet.

Contratar servicio de internet puede acabar en una pesadilla

Por: PALOMA GATICA

En los tiempos de pandemia se volvió primordial contar con un buen servicio de internet para permanecer en el mundo laboral y educativo, porque el home office llegó para quedarse. Sin embargo, contratarlo puede convertirse en una pesadilla, así lo relata Alan, quien hace dos semanas se mudó de casa y los MB de sus plan de telefonía celular ya no aguantan una junta más.

El aumento en la demanda de este servicio que se ha tornado básico, ha hecho que Alan y su esposa Nohemí, recorran por lo menos cinco compañías telefónicas y de cable satelital que a la par ofrecen algún paquete de internet en Saltillo para continuar trabajando desde su nueva casa.

Ambos realizan home office desde que inició la pandemia, a su servicio antiguo de Internet se encontraban vinculados por lo menos seis dispositivos de móviles para cumplir con sus labores diarias en tiempo y forma.

“Desde que llegamos a vivir a este fraccionamiento no hemos podido contratar internet, porque el servicio que teníamos antes y que era nuestra primera opción, nos dijeron que no había cobertura, así que decidimos buscar pero en cada empresa que visitamos o no llega, no hay postes disponibles o el límite de la Banda Ancha ya se rebasó y no funcionarían”, cuenta Alan.

Por eso, desde hace unos días han tenido que trabajar desde alguna cafetería con Wi-Fi que les permita conectarse a internet, pues aunque hicieron la solicitud en la misma compañía que sus vecinos para que les instalen un módem, no hay respuesta.

Otra de las peripecias que han enfrentado es el precio de los paquetes o cargos que se incluyen dentro del servicio, como es la instalación, televisión y telefonía que en pocos casos son opcionales, y todo ello aumenta el costo.

“En otra compañía de cable pudimos contratar un paquete con internet y televisión, aunque por un precio mayor, pero se tardan por lo menos cuatro días hábiles en instalarlo porque hay muchas solicitudes y como es puente, hasta la próxima semana quedaría”, dijo Nohemí.

Trámites que horrorizan

Por: ÉDGAR GONZÁLEZ

Mi nombre es Francisco Ramírez, enviudé hace unos meses, mi esposa y yo trabajos por mucho tiempo juntos, nos conocimos laborando en un centro comercial en Torreón, pero en todo este tiempo desde su fallecimiento he tocado puertas en dependencias que nomás no se abren, para saber si tengo derecho al dinero de la subcuenta de vivienda y el fondo de ahorro de mi esposa, pero todo ha sido imposible.

Aunque mi esposa María Cancino tenía un padecimiento, su muerte fue repentina. Después de buscar y buscar encontré algunos documentos que comprueban que laboró junto conmigo por más de 10 años en un centro comercial en donde recibimos todas las prestaciones de ley.

Desgraciadamente la documentación que encontré no es suficiente para saber en qué Afore está su fondo de retiro, y tampoco sé cuánto logró acumular en la subcuenta del Infonavit.

Me quedé al cargo de tres hijos, todos menores de edad, y aunque mi residencia actual es en el municipio de Lerdo, Durango, los trámites los he intentado hacer en Torreón, en donde se encuentran oficinas federales, pero la pandemia ha hecho que todo sea tardado y que no se puedan exponer fácilmente los casos.

Durante el tiempo en que trabajó debió acumular algo en el Infonavit, pero ¿cómo saber cuánto es ese dinero? ¿Si tengo el derecho a recibirlo? y sobre todo ¿cómo es el trámite para recuperarlo? e invertirlo en la educación de mis hijos.

El trámite también se ha intentado vía telefónica pero tampoco hay respuesta clara, las oficinas cada vez se cierran más y solo tienes derecho a acudir con cita previa.

También desconozco si tiene acumulado algo en su fondo de retiro, porque no se tomó la precaución de reunir los documentos y hasta se nos olvidó en cuál Afore estábamos registrados los dos, debido a que dejamos Torreón y nos trasladamos una población muy cerca de Lerdo, trabajando de manera informal.

Aún sigo esperando turno para resolver mis dudas y apenas empezar, si es que procede, el trámite del dinero de mi esposa.