Siempre que me acuerdo de esta historia no puedo evitar reírme.

Malamente, tal vez, pero qué quiere.

Es una de esas historias hilarantes que platico cada vez que alguien me pregunta sobre mi trabajo de periodista pataeperro.

Y es la historia de un enfermero de psiquiátrico que lleva 30 años de labor.

30 años, se imagina usted, de trabajar con personas que sufren algún padecimiento mental.

Gerardo, el protagonista de mi historia, me contaba, durante las horas y horas y días y días que estuve con él, sobre un señor que se creía Kalimán y acostumbraba deambular por los pasillos repitiendo las frases del Hombre Increíble, del superhéroe mitológico mexicano: “quien domina la mente, lo domina todo”, decía.

Que era millonario, presumía aquel señor, y que tenía superpoderes, “soy el Kalimán de lujo”, decía.

Me contaba el enfermero, por cierto, había olvidado decir que Gerardo es altote y fornido, de otro paciente que aseguraba ser hijo de Pedro Infante.

“Yo soy el hijo de Pedro Infante y aquí todos me la pelan”, alardeaba entre los habitantes del Psiquiátrico.

Ah, porque estamos hablando de cuando era el Hospital Psiquiátrico, de las calles de Madero y Murguía.

Al señor le gustaba entonces entonar las canciones que dieron fama al ídolo de Guamúchil: “Amorcito corazón” y otras.

Era tanta su obsesión por Pedro Infante que le amanecía viendo las películas del actor.

A mí, malamente, me deba risa, cuando el enfermero Gerardo me platicaba estas historias.   

Lo que no me hizo ninguna gracia fue la biografía de un multihomicida que estuvo de huésped en el Psiquiátrico.

Era un hombre torvo, que había asesinado a su abuelita, a una tía y a un amigo, porque una máquina se lo había ordenado.

Sentí miedo, escalofrío, cuando escuché esa historia macabra por boca de Gerardo.

Interesante vida la de este enfermero, de esas vidas que no pasan en vano…