El inesperado arribo de una enfermedad nueva obliga a replantear formas de comunicación y maneras de interactuar entre nosotros. Así mismo, a hacer cambios importantes en espacios, que implican remodelación: ampliar instalaciones, reducir aforos, transformar áreas.

Por la implicación de interacciones menos cercanas, se abrieron nuevas posibilidades. De este modo, se arrancó un proceso de trabajo y estudio desde las casas, en unos casos exitosos, en otros no tanto, pero que indudablemente se constituyeron en una plataforma para el futuro.

Las escuelas pueden explorar habilidades en esta nueva forma de interactuar. Una de ellas, se nos ocurre, pudiera ser el establecer como una asignatura dentro de la currícula el lenguaje de señas. Quizá sería una buena idea. No se evitaría por completo el habla oral, pero en algunos casos pudiera funcionar, además, por supuesto de la distancia social que es requerida.

La pandemia ha puesto a prueba varios conceptos y valores: la conciencia, la educación, la libertad, la paciencia, la disciplina y la fortaleza, derivada de todas las anteriores.

La libertad de hacer lo que está dentro del área personal se vio de pronto limitada cuando se hizo el llamado al confinamiento. Luego de la vida, es la libertad uno de los valores que en más alta estima se tienen. Por esta razón, en parte, muchos se sintieron impelidos a rechazar la medida, y otros la aceptaron cuando la conciencia entró en juego. Una conciencia social, compromiso con el otro, responsabilidad por los propios actos: desde ponerse o no una mascarilla a pesar de no desearla, pero a favor de quienes están alrededor.

Viene la paciencia, el espíritu de ánimo y una profunda disciplina. La disciplina, la autosugestión y entendimiento de que es indispensable conseguir un fin a través del orden y la rigurosidad para tomar medidas que no gustan, a las que no estábamos acostumbrados, que nos rompen con la rutina, con la vida diaria, que nos gastan días y que nos impiden la socialización.

La fortaleza, ese valor para hacer frente a la adversidad. Indispensable para no decaer, a pesar de ver desmoronarse alrededor la vida tan hecha, en la que el confort pudiera reinar incluso en medio del frenético ir y venir de la cotidianidad.

Todos estos valores estarán siendo puestos en prueba en cada una de las sociedades del mundo. ¿Quiénes saldrán más rápidamente avante? Seguramente los que puedan ponerse en los zapatos del otro, como decía el periodista Ryzsard Kapuscinski. La sociedad que entienda que sus acciones, cada una de sus acciones, pueden resultar en detrimento de la persona que tienen enfrente y que ello es exponencial.

Traemos al recuerdo una acción indispensable que en Saltillo se emprendió hace tiempo, siendo presidente municipal Óscar Pimentel González. La concienciación del cinturón de seguridad se terminó haciendo efectiva en la ciudad. Aunque todavía hay quienes se permiten no usarlo y tristemente muchos no aseguran a los niños, la normatividad tomó fuerza y los tripulantes en su mayoría lo emplean.

Mucho trabajo costó para que la gente se concientizara. Mucho trabajo costará seguramente que las poblaciones en general se acostumbren a la idea de que la pandemia del coronavirus ha cambiado la vida tal y como la conocíamos, incluso con vacuna en puerta y medicamentos paliativos.

Un cambio radical necesita la sociedad. Cambios que pueden ir desde el deseo de desarrollar nuevas habilidades, como el lenguaje de señas, si se permite la aportación, pero también de fortalecer nuestro sentido de compromiso social, de responsabilidad, gracias a una disciplina que ha de ser personal primero para transformarla en asunto social.

PELIGRO EN SEMAFORIZACIÓN

En Periférico Luis Echeverría, en su cruce con el bulevar Venustiano Carranza, se instalaron en el puente unas luces intermitentes que provocan en el conductor que transita de norte a sur una enorme confusión visual y pueden provocar accidentes graves en una avenida de tanta afluencia.

A esta decisión de colocar esas luces blancas, se agregó la de quitar, espero que temporalmente, un semáforo en otra de las más delicadas zonas del centro de Saltillo: Aldama y Allende. El único semáforo que está operando, del lado suroriente, queda atrapado visualmente por un semáforo peatonal y el volado de una construcción en esa área. Peligro.