Especial

Hoy me he puesto a recordar –porque tiempo para hacerlo tengo por montones, igual que muchos de ustedes– los días de Semana Santa cuando era una chiquitilla. Y me encanta hacerlo porque es como abrazar a mi madre y cuanto vivimos juntas. Rosario era una creyente convencida de la fe que se inculcó a sí misma, porque en su vida de niña no hubo adultos que se la enseñaran, yo fui muy afortunada, ella me enseñó a amar a Dios y a confiar en Él, y es algo que ha llenado mi vida. Es un alivio no sentirse nunca solo.

Cuando era niña no me hacía ninguna gracia ir a misa de cinco de la mañana, me empezaba a ladear en la banca de la iglesia porque el sueño me arrasaba los ojos… y toma, que el codazo me despertaba y la mirada de Rosario me acababa de despabilar. Pero que empeño de ir a esa hora. A los diez años me rebelé y cedió, iba a la de diez, que era la de los niños. Pero volviendo a la Semana Mayor. En casa jueves y viernes santos eran días muy especiales, cambiaba la dinámica cotidiana. Mi madre cocinaba con antelación y hacía todos los quehaceres, porque esos dos días estábamos en la iglesia de la mañana a la noche. No había baño, ni se escuchaba radio. Esa era la disciplina y cuando lo entendí dejó de disgustarme, y ahora a la distancia, lo evoco con mucho cariño y respeto.

Hicimos juntas el vía crucis, los rezos, los cantos. Tengo presente al párroco, muchas veces el propio Obispo, lavando los pies de unos señores sentado, vívidas las escenas de la Crucifixión y de la Muerte de Jesús, a las tres de la tarde dice la historia que expiró. El silencio era impresionante. Me decía mi madre que hasta la tarde se ponía triste… y así era. El cielo se nublaba, no se escuchaba ni el piar de los pájaros que vivían entre la arboleda y las palmas de la plaza en la que está la iglesia de la Soledad, a la que acudíamos para los servicios religiosos. Me conmovía la devoción de mi madre, sus ojos brillantes de lágrimas al contemplar la carita triste de la Virgen, patrona y Mariscala de la iglesia principal del puerto, ante la muerte de su hijo unigénito. “Él murió por nosotros en la cruz, Mari –sólo me decía Esther cuando me reprendía– por eso tenemos que ser buenas personas, no se te olvide nunca”. Y me acuerdo que le repliqué. Él era muy bueno, y mira como le fue, hasta lo mataron. “Es que Cristo vino a morir por nosotros, esa era su misión, la cumplió, y perdonó a sus verdugos”. No entendí del todo el mensaje, ahora ya. Ahora sé que perdonar es el acto más noble que existe, y que cuando se perdona se puede vivir en paz. Y la paz interior es uno de los tesoros más grandes que un ser humano posee. No tiene precio. Quien no la conoce debe ser muy infeliz.

Mi madre me dio muchas lecciones de vida con su ejemplo, y haberme enseñado a amar a Dios y a creer en Él sin reticencia alguna, es uno de los regalos más valiosos que recibí de ella. Hoy, en mi adultez, sigo enamorada de su legado. Estas largas horas de encierro voluntario me han permitido apreciarlo en toda su preciosa sencillez.

Esta es una Semana Santa diferente a cuantas me ha tocado vivir, agradezco a la tecnología haber escuchado el mensaje del Papa en la soledad monumental de San Pedro, en Roma, y también las Siete Palabras desde una capilla de Zapopan, Jalisco, en la voz de jóvenes católicos. Esto renueva mi esperanza.

Estoy cierta de la transitoriedad de la pandemia y también de las heridas que va provocando y que sólo el tiempo va a curar. Me descorazona la gestión titubeante de nuestro gobierno, pero es lo que hay. Fuimos agarrados por sorpresa como sociedad, lanzados a un pasadizo oscuro y sin saber cuándo va a acabar. Hoy estamos viviendo horas de incertidumbre, de inseguridad, de distanciamiento, de vulnerabilidad, de nerviosismo, de angustia, de miedo, de dolor. Por eso tenemos que ser más conscientes, más realistas, más generosos, más solidarios, más positivos. Estamos en medio de una emergencia de salud pública, a todos nos atañe. De modo que si nos toca estar encerrados, pues acatemos, y a quienes tengan que estar en la calle, pues respeten también las medidas de auto protección. Y ojalá que de esta crisis surja una sociedad más humana, más comprometida con el cuidado de la vida y de su prójimo.

Finalmente, muchas gracias a todos los médicos, enfermeras, laboratoristas y personal en general de los hospitales, por su valentía, por su congruencia profesional, por su solidaridad. Y lamento en el alma que haya quienes los ataquen desde su irracionalidad y/o su ignorancia. Y como ciudadana, hago un llamado enérgico al Gobierno federal para que se ocupe, como es su obligación, de protegerlos con todos los insumos que corresponden, del contagio de este virus espeluznante.

Esther Quintana Salinas

Columna: Dómina

Nacida en Acapulco, Guerrero, Licenciada en Derecho por la UNAM. Representante ante el Consejo Local del Instituto Federal Electoral en Coahuila para los procesos electorales.