Rosibel, linda muchacha, le comentó a su amiga Susiflor: “El pantalón que traigo debe ser de lana virgen”. Preguntó Susiflor: “¿Por qué supones eso?”. Contestó Susiflor: “Porque sin quererlo yo las piernas se me cierran”… Una joven señora se jactaba de su buena figura. “Ahora peso menos que el día que me casé”. “Se explica –acotó una de las presentes–. Ahora no estás embarazada”... Doña Jodoncia y don Martiriano iban por el centro comercial cuando pasó junto a ellos una mujer de cintura juncal, generosa y bien acomodada dosis de caderas, ubérrimo tetamen y provocativo atuendo de escote pronunciado y minifalda. Por arriba se le veía hasta abajo y por abajo se le veía hasta arriba. Su actitud y sus movimientos estaban llenos de sensualidad. “¡Qué vergüenza! –prorrumpió doña Jodoncia con escándalo dirigiéndose a su esposo–. ¡Te juro que si yo me viera así no saldría nunca de la casa!”. “Para serte sincero –replica tímidamente don Martiriano–, si tú te vieras así yo tampoco saldría nunca de la casa”... Dos norteamericanos, socios el uno del otro, viajaron a México. Querían poner un negocio de bungee, ese riesgoso juego que consiste en lanzarse desde una elevada estructura atado a una cuerda elástica. Buscaron un pequeño pueblo y en la plaza empezaron a levantar la torre. Una multitud de curiosos se reunió a observar la extraña obra. Cuando la estructura estuvo terminada uno de los americanos se fue a la fonda a descansar y el otro se quedó a cuidar las instalaciones. Había tanta gente, sin embargo, que decidió dar la primera demostración saltando él mismo. Una hora después llegó a la fonda. Su compañero se espantó al verlo: iba lleno de cardenales y chichones, sangraba profusamente por nariz y boca y traía dos o tres costillas rotas. “¿Qué te sucedió?” –le preguntó espantado–. “Salté de la torre” –respondió con voz feble el infeliz–. “¿Y la cuerda estaba demasiado larga? –inquirió el otro lleno de alarma–. ¿Te golpeaste contra el suelo?”. “No –contestó el lacerado–. Pero dime: ¿qué demonios es una piñata?”... Ya conocemos a Capronio. Es un sujeto ruin y desconsiderado. Su suegra le contó el sueño que la noche anterior había tenido: “Soñé que me moría, y vi el lugar preciso donde por mis merecimientos estaré en el otro mundo”. “¿Y qué la despertó, suegrita? –le pregunta Capronio con fingida solicitud–. ¿El intensísimo calor que hacía ahí?”… Una gallina le dijo a otra en el corral: “Cuídate de aquel gallo. Es muy muy fogoso y rudo al hacer el amor. Cada vez que me pisa me paso hasta quince días poniendo huevos revueltos”… Un muchacho llegó al departamento de joyería de la tienda y le pidió a la encargada: “Quiero un regalo para una señorita”. Preguntó la empleada: “¿Qué tipo de regalo busca usted?”. Respondió el muchacho: “Uno que me ayude a convencerla de que ya es tiempo de que deje de ser señorita”… El rudo sargento irrumpió violentamente en la barraca donde dormían los reclutas, encendió la luz y gritó a todo pulmón: “¡Son las 5 de la mañana! ¡Levántense, hijos de p…!”. Todos saltaron de la cama, menos uno. Furioso el mílite se dirigió hacia él. Recargado tranquilamente en la cabecera de la cama le dijo el recluta: “Había muchos, ¿verdad, mi sargento?”… Mesalina, mujer joven y guapa, fue a confesarse con el nuevo párroco. “Me acuso, padre –le dijo avergonzada–, de que estoy teniendo una relación carnal con el cura de la parroquia vecina”. “¡Insensata! –clamó con iracundia el sacerdote–. “¡Eres una descarada, una infame, una desvergonzada! ¡Perteneces a mi parroquia, grandísima bribona! ¡Esa relación la deberías tener conmigo!”… FIN.