Mucho se dice sobre la desigualdad y la discriminación de la mujer en los diferentes ámbitos del quehacer humano, y esto debe llevarnos a pensar y reflexionar al respecto. Como mexicana, como mujer, como ciudadana, como política, esto me produce inquietud, disgusto, desazón, y sentimientos encontrados. Me solidarizo con muchas denuncias y planteamientos porque las desigualdades  son más que evidentes, pero a la vez no comparto la agresividad contra los varones, porque no encuentro en ello un lenguaje que promueva la convivencia y el entendimiento entre personas, y esto no es sano. Hay feminismo muy recalcitrante y yo, particularmente, no comparto esa visión. No puede ser un “estás conmigo o contra mí”, no soy partidaria de las posiciones extremas.

Partiendo de que toda la sociedad debe comprometerse en favor de la igualdad efectiva de hombres y mujeres en el ámbito personal, familiar, salarial, profesional y laboral, no debiera darse esta desigualdad. Esfuerzos por cambiar esa situación no pueden negarse, pero aún no rinden los frutos a los que se aspira. México es un país con asignatura pendiente en el tema de la equidad en general y por ende en la salarial. Hoy la sociedad digital que se está desarrollando va a ser determinante en la generación de empleos con mejor paga, y las empresas enfiladas hacia un alto contenido tecnológico, tendrán sin duda que buscar personal humano altamente calificado. Empiezo con este señalamiento porque hacia allá avanza la sociedad actual y la pregunta que me viene primero a la cabeza es si las mujeres ¿nos estamos preparando para este desafío? No hay mucha presencia femenina en carreras técnicas, en ingenierías, en informática, y esto va a impactar las desigualdades salariales el día de mañana. ¿Por qué no impulsar desde el gobierno en coadyuvancia con la iniciativa privada programas para solventar algo que no tarda en llegar? Se vale denunciar las injusticias que agobian a nuestro género, pero me parece que es más efectivo ir poniendo las soluciones sobre la mesa. Y el inicio debe darse en primera persona, acicatear la autoexigencia de superar obstáculos, empezando por prepararse en la formación para lo que se aspira a ser. Este es el reto de las jóvenes.

Es un derecho aspirar a vivir bien, es un derecho incorporarse a la población económicamente activa bien pagda, es un derecho el transcurrir de la existencia sin hostigamientos y sin discriminación, es un derecho luchar en pro de mejorar nuestras vidas. Se trata de derechos derivados del derecho a la igualdad que garantiza nuestra Constitución. La brecha salarial de género ni siquiera deriva de que las mujeres tengan menos educación que los varones, hoy día las mujeres mexicanas que trabajan tienen más alto nivel de educación – a nivel de post grado de 100 egresados, 55 son mujeres - que muchos hombres, pero se les subestima. A esto súmele que las mujeres tienen más deberes que cumplir en el hogar, con su familia, de esto no se hacen cargo ellos, y esto las lleva a buscar empleos con mayor flexibilidad y esto se castiga con sueldos más bajos. La brecha salarial por género en México creció en la última década. Según el informe referente al año 2015 de la OCDE, se menciona de manera muy explícita que la brecha salarial en México asciende a casi el 20 por ciento.

El inicio debe darse en primera persona, acicatear la autoexigencia, empezando por la formación para lo que se aspira a ser "

En el sector formal las mujeres tienen casi cuatro de cada 10 empleos registrados en el IMSS, mientras que el salario diario para ellas es 14 por ciento menor al de los hombres. En enero de 2017 el empleo formal femenino alcanzó los seis millones 875 mil puestos de trabajo, lo cual representó 36.6 por ciento de los trabajadores totales registrados en el instituto. Al cierre de 2016 el salario diario de una mujer asociado a un empleo formal fue de 292.88 pesos diarios y el de los hombres de 333.76 pesos. 
La firma Accenture destaca que, en el contexto global por cada 100 dólares que gana una mujer, un hombre gana 258 dólares, esta “brecha salarial oculta” está relacionada con la presencia mayoritaria de una fuerza laboral masculina. El artículo 123 de nuestra Carta Magna en su fracción VII establece que: Para trabajo igual debe corresponder salario igual, sin tener en cuenta sexo ni nacionalidad. 

Pero el sentido de igualdad se empieza en la familia, es en ese espacio donde el hombre y la mujer deben acordar la manera en que van a compartir responsabilidades domésticas porque es lo que les permitirá contar con un tiempo efectivo para su desarrollo profesional. Lo que no se arregle ahí no se va a solventar por decreto de ley. Y las evidencias las tenemos a la vista. También basemos esa igualdad salarial en los méritos, en el rendimiento igual, en la aportación efectiva de valor, en la dedicación. Competir en igualdad de condiciones es lo deseable, ahí es donde la sororidad debe manifestarse. Tan capaz es una mujer en su desempeño laboral como cualquier varón, el talento es de personas, no de género.

Debe aspirarse  a la igualdad e incluso a la superioridad salarial pero partiendo del hacer con excelencia, no con la cantinela de la víctima. Por la vía de la quejumbre no vamos a llegar al sitio que les corresponde a las mujeres brillantes y echadas para adelante que el México del siglo XXI está demandando.