Se manifiestan los inconformes, los indignados, los exigentes.

Se busca la paz social en el subcontinente de una manera intensa e insistente. Hay multitudes en las calles. Algunos intentan quitar a un gobernante. Otros protestan por restricciones en su economía personal y familiar. Aquellos no soportan la corrupción. No toleran estos la imposición en reelecciones sucesivas. Los carteles gritan reclamando mejoras prometidas.

Algunos, más allá de síntomas, tratan de localizar infecciones. Protestan y desconfían de la democracia misma imaginando, como mejor, una autoridad severa. Los más escrutadores señalan que no es el sistema democrático lo criticable sino su pésima aplicación, el establecerlo sin llenar las exigencias de conducta que reclama. Es como un traje muy bien hecho pero que queda grande al ponérselo. No se logran los comportamientos de partidos, candidatos, mandatarios y ciudadanos que hacen posible que los pueblos puedan dar sus mandatos para el bien común y quienes son electos los cumplan satisfactoriamente.

Periódicamente resulta incómodo y paralizante la suma de las ineptitudes y descomposiciones. Las mayorías se sienten sofocadas por las crecientes desigualdades. Se levanta entonces como síntoma predominante eso: la desigualdad. Por qué unos sí y otros no,

Por qué unos incluidos y otros excluidos. Hay un tufo a monarquía y a aristocracia que choca con el ideal democrático. El pueblo siente que no puede ser pueblo mandante al ver que su mandato queda difuso e inoperante.

Los más filosóficos buscan la causa de la desigualdad. Y los que subrayan la ética afirman que el origen de ella está en la voracidad rapaz, en el apego desordenado a la posesión creciente. Eso que llaman codicia, avaricia, adicción al tener sin medida- Es un afán de acaparamiento, de acumulación de satisfactores. Se señala el consumismo, fomentado actualmente, sobre todo en las tecnologías cibernéticas que impulsan las obsolescencias programadas. Productos con fecha de caducidad. El “úselo” para tiempo limitado con un “tírelo” inevitable. Así se crea la necesidad artificial y viciosa de las últimas generaciones de teléfonos y  computadoras.

Con esa actitud se busca partido, con esa actitud surgen candidatos, con esa actitud se vota y se quiere gobernar lucrando y “servir” simulando. El resultado es una caricatura de democracia. Una democracia sin pueblo y sin auténticos promotores de bien común. Con lo que se comete y con lo que se omite se van creando situaciones explosivas. Y la gente deja sus hogares y sale a la calle. Lo mismo sucede en los naufragios de los transatlánticos. Todos dejan sus camarotes y sus estancias de relajamiento para no sufrir el hundimiento.

Parece que Latinoamérica anhela la autenticidad. La inconformidad gradual que empieza con el síntoma, sigue con la infección y acaba encontrando que lo último no es lo estructural y lo funcional, que puede ser mejor o peor, sino un sistema económico centrado en la codicia deshumanizadora y que contagia a todos, con mayor o menor gravedad. La inconformidad progresiva del manifestante desemboca en sí mismo cuando se descubre cómplice, contagiado de lo mismo que condena.

Islas de hombres nuevos y mujeres nuevas en experiencias piloto que se vayan juntando hasta hacer un continente. Es la esperanza para un cercano porvenir. Cada persona puede preguntarse cómo está viviendo su momento presente sin codicia y con autenticidad...