En la ilustración del Fisgón, para La Jornada del pasado sábado 16, aparece una mujer intimidada contra una esquina de su casa intentando proteger a su pequeña hija. Con el delantal puesto, usa falda y lleva el cabello largo, observa con terror a un hombre que le gana en estatura y peso, dispuesto a golpearla. Este, fornido, es representado como un boxeador, adelantando los puños enguantados.

Con economía de elementos, la imagen titulada “Violencia familiar en el encierro” resulta gráfica: es la mujer desvalida frente a un hombre que, gesto adusto y amenazante, está por maltratarla a ella y a su hija. Un balde de agua en primer plano y en segundo un banco derribado. Afuera, a través de la ventana, los edificios de una grande y anónima ciudad. Es la violencia doméstica y de género que tanto se ha denunciado en México.

Unos cuantos días antes del confinamiento, el 8 de marzo, miles participamos en las marchas organizadas en nuestro País para denunciar los feminicidios y la violencia contra la mujer. Al día siguiente, otras miles más, de todos los estratos sociales, nos unimos para no salir de los hogares y demostrar con ello la necesidad femenina en todos los ámbitos, exhibiendo la fuerza del silencio para acabar con las agresiones.

La esposa de Andrés Manuel López Obrador, Beatriz Gutiérrez Müller, que en un primer momento se adhirió a la causa, publicando en redes sociales el apoyo, lo retiró más tarde, causando extrañeza, desconcierto y enojo. Los muchos que vieron en su primera acción la esperanza de que el sector oficial respaldara el movimiento y, por lo tanto, planteara acciones, se decepcionaron grandemente.

Pero si ella y otras más por desgracia se deslindaron del movimiento, ahora se sumó la más reciente declaración de su esposo, un mandatario que gobierna a 125 millones de mexicanos, de los cuales 51 por ciento son mujeres; señaló que es falso el 90 por ciento de las llamadas que recibe el número telefónico de auxilio 911 que atiende llamadas de mujeres violentadas.

La falta de sensibilidad del Presidente hacia las mujeres, su franco desprecio, se vio desde el momento mismo en que retiró el subsidio a las estancias infantiles propinándoles un duro golpe. Mujeres con el imperativo de trabajar de pronto se vieron sin la posibilidad de hacerlo con la seguridad que ofrecían esos establecimientos. Se llegó a decir que las abuelas cuidarían mejor de los niños si los padres que reciben el dinero de manera directa se los dan a ellas, en una encomienda por demás irresponsable. Ahora, con la crisis sanitaria, la cuestión se recrudece.

Aunque realmente no todos, parte de su equipo de trabajo tiene que hacer malabares para poder enfrentar la vida real con las tonterías y maledicencias que salen de su boca. Así, mientras desprecia a la prensa, el subsecretario de Salud hace lo imposible hasta por aprenderse los nombres de los reporteros que acuden a sus conferencias de las 7:00 de la tarde, prometiendo la información que solicitan para el día siguiente o tomando las inquietudes de los periodistas como “sugerencia y recomendación que atenderemos”, obligado a dar mayor transparencia a los números del coronavirus empujado por líderes y la prensa internacional.

Así, cuando el Presidente se lanza en contra de los médicos, tildándolos de mercantilistas, en el momento en que más estamos necesitando todos los mexicanos de ellos, aparecen figuras como la Jefa Fabiana y otras más jefas de enfermeras conmoviendo al País cuando habla de la vocación médica y de la necesidad de que se les respete.

Las incongruencias del Presidente con su propio anterior discurso y con el de sus colaboradores terminarán por agotar su ya débil potencial. Aquel carisma que lo llevó a la presidencia, así como su contundente mensaje de terminar con la corrupción se están devaluando grandemente, al no encontrarse certeza de que lo que dijo, dice y hace vayan en la misma dirección.

Por lo pronto, si no se retracta en los hechos de sus desfavorables declaraciones lastimando a las mujeres, el sector médico y a la prensa, su crédito se perderá más pronto de lo que él mismo creería y desearía.