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Este fue el segundo informe que el presidente da en menos de un año, después del que hizo por sus 100 días de Gobierno, y antes del único que está obligado a presentar por ley dentro de dos meses, en septiembre

Por Itxaro Arteta/@iartetam para Animal Político

 
La plancha del Zócalo se llenó para escuchar a Andrés Manuel López Obrador, a un año de su triunfo en las elecciones presidenciales. A diferencia de la espontaneidad con la que la gente inundó esta plaza al conocerse el resultado, el 1 de julio de 2018, esta vez se notaba entre los 80 mil asistentes —según cifras oficiales— la presencia de grupos organizados, con banderines, mantas, playeras, provenientes de Tláhuac o Ecatepec, en el Valle de México, o de Tlaxcala y Puebla, en cientos de autobuses, pero convencidos, en su mayoría, de ir a escuchar al presidente.

A las 4 de la tarde, una hora antes de la anunciada para el discurso de López Obrador y mientras el Zócalo bailaba al ritmo de Margarita, la diosa de la cumbia, en la Alameda terminaban de concentrarse cientos de trabajadores de limpieza y áreas verdes de la Ciudad de México, algunos todavía con su uniforme naranja de venir de trabajar, a los que les repartieron gorras blancas con el nuevo logotipo verde del gobierno local.

Un joven del área de Parques y Jardines esperaba al lado del kiosco sin mucho entusiasmo. Apenas en la mañana se enteró de que habría informe presidencial y de que tenía que ir, por orden de sus jefes, para lo cual su jornada terminaría a la 1:30 de la tarde. A él no le gustan los políticos y desconfía de López Obrador como de todos los demás, por lo que hubiera preferido no ir, pero lo hizo por evitarse problemas en el trabajo.

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A unos metros de él, también con su gorra blanca en la cabeza, María, de limpieza de parques y jardines de la alcaldía Gustavo A. Madero, esperaba que se moviera el contingente mientras buscaba refugiarse de la lluvia que empezaba a caer. Cuando le avisaron a su unidad que irían al informe, a ella sí le pareció bien, porque asegura que el nuevo gobierno los ha apoyado mucho para que cobraran un sueldo con regularidad, que antes no tenían.

Mientras estos trabajadores esperaban, a un costado de la Alameda seguían estacionándose autobuses que traían simpatizantes de otros estados del país o de todas partes de la ciudad. Animal Político pudo contar al menos 200 camiones estacionados desde Avenida Hidalgo hacia el norte, sobre Reforma, entre la glorieta de Bolívar y la del metro Garibaldi-Lagunilla, es decir, a lo largo de más de un kilómetro.

De uno de ellos descendió un grupo de tianguistas de la Gustavo A. Madero.

“Nuestra coordinadora nos pidió apoyo”, señaló un hombre.

—¿Pero sí querían venir o no?—, se le preguntó.

“Pues sí…”, respondió, aunque no sabía a qué hora era el informe ni que había otras actividades previas.

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Una vez que la lluvia pasó y volvió a salir el sol, terminó de llenarse casi en su totalidad la plancha del Zócalo. En el escenario, tocaba la Orquesta Sinfónica Infantil de Tlaxiaco, pueblo oaxaqueño del que es originaria la actriz Yalitzia Aparicio y donde el 1 de enero fue asesinado el alcalde, de Morena, cuando apenas había tomado posesión del cargo.

Antes del discurso, en una orilla de la plaza, un grupo de mujeres se anotaba en una lista con nombre completo y teléfono. Celia, una de la que se estaba registrando, explicó que por haber ido al acto y anotarse, serían invitadas posteriormente a un desayuno, organizado por el diputado del Congreso de la Ciudad de México José Luis Rodríguez Díaz de León, vicecoordinador del grupo parlamentario de Morena.

No fue el único legislador que “invitó” gente a asistir al evento. Un grupo que se retiró antes de que terminara el discurso presidencial llevaba banderines de papel con el nombre de la diputada federal Juana Carrillo Luna, plurinominal de Morena. Entre ellos había una familia de Ecatepec, Estado de México, que aceptó venir en parte como paseo y en parte porque siempre han apoyado a López Obrador, aunque está un poco desconcertada porque su situación personal no mejoró desde el inicio del gobierno.

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El hijo, Luis Enrique Carreño, de 24 años, había empezado a recibir una beca de apoyo alimenticio para continuar estudiando la prepa, pero este año se la quitaron.

Su padre era carpintero barnizador, pero enfermo de diabetes, un día se clavó una grapa en el pie que se le gangrenó y terminó con la pierna amputada, además de que ya perdió la vista. Los servidores de la nación, que levantan el censo de posibles beneficiarios de programas de bienestar, visitaron su casa y le pidieron hasta papeles, pero finalmente no le otorgaron la Pensión para Personas con Discapacidad Permanente (que solo se entrega a menores de 30 años o a indígenas).

“Una chava decía: ve cómo viven, sí lo necesitan; pero nos dijeron que no aplicaba para recibir apoyo. Y a mí me quitaron ese apoyo de la escuela”, contó Luis Enrique.

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“Hay vecinos que tienen dinero y tienen pensiones de otros lados, les dan apoyo por parte de Morena, y lo apoyamos y todo porque es el pueblo, pero pues no se nos hizo justo… No nos dan, pero que no nos quiten”.

Como esta familia, otros asistentes mantienen su fe en el cambio prometido hace un año por López Obrador, a pesar de las críticas.

Lourdes vino de Iztapalapa, de una unidad habitacional en la que se enteró que se estaban organizando camiones por parte de la alcaldía para acudir al informe y se apuntó.

“Pues unos dicen que no está cumpliendo, que no es cierto que está dando el dinero; pero yo todo lo que estoy oyendo la verdad que me parece muy bien, muy bien. Y además le tocó recibir el país en ruinas”, comentó.

La multitud congregada en el Zócalo no dejaba de aplaudir a las acciones enumeradas por el presidente, además de gritar “no estás solo, no estás solo”, o reaccionar cuando mencionaba a los conservadores, los expresidentes y los corruptos, con gritos de “¡ratas!”.

Una de las acciones más aplaudidas fue justamente que ya se le quitaron pensiones y privilegios a los expresidentes de México. También hubo una ovación generalizada cuando mencionó la cancelación del aeropuerto de Texcoco, “porque ustedes lo decidieron”.

En los alrededores del Zócalo, los vendedores aprovechaban la afluencia de gente para vender esquites, sincronizadas y una amplia variedad de recuerditos de López Obrador o Morena.

La Secretaría de Seguridad Ciudadana de la Ciudad de México desmintió que se hubiera dado la orden de solo permitir vendedores de objetos relacionados con el evento, como aseguró una policía a El Universal, y asegurar que había sido una interpretación personal que ya se estaba investigando.

Lo cierto es que desde al menos una hora antes de que empezara el acto, dos cuadras antes del Zócalo ya no se permitía la entrada de carritos con comida.

Osvaldo, vendedor de playeras, gorras, llaveros y otros artículos, explicó que esta vez se habían puesto muy exigentes los policías y no los dejaron entrar a la plaza, aunque les permitieron instalarse a lo largo de calles como 20 de noviembre, donde él no dejaba de contestar a gente que preguntaba los precios. Tan solo este día, al terminar el acto, llevaba vendidos 12 mil pesos en mercancías. Una de las más exitosas fueron los lazos para colgar gafetes de color guinda y con una leyenda de Gobierno de México, según él, porque los servidores de la nación los compran para sus identificaciones.

La gente abandonaba por esta y otras calles la plaza después del discurso de López Obrador de hora y media, el segundo informe que da en menos de un año, después del que hizo por sus 100 días de Gobierno, pero dentro de Palacio Nacional, y antes del único que está obligado a presentar por ley dentro de dos meses, en septiembre.