Destruir es fácil, sólo basta la fuerza y la violencia, pero reconstruir es un proceso que lleva años. Por eso preocupa que la narrativa del actual gobierno mexicano y los seguidores del presidente Andrés Manuel López Obrador consista en echar culpas al pasado, cuando es momento de que el Estado responda con eficacia para frenar a la delincuencia organizada con una estrategia de seguridad que no cobre más vidas inocentes.

Esto va más allá de las preferencias partidistas, ideológicas o sociales. Nadie desea tener miedo al salir de casa, perder la vida en un fuego cruzado, escuchar balazos por la madrugada, resguardarse de una balacera a plena luz del día, entrar en pánico por enfrentamientos de grupos delictivos en centros comerciales o en espacios de entretenimiento, evitar viajar en carretera, llorar a un ser querido que estuvo en el momento y en el lugar equivocado, etcétera. Episodios que se mantienen frescos en la memoria de las miles de víctimas sobrevivientes que ha dejado la violencia criminal en México.

Sobre todo, no podemos acostumbrarnos a que hechos tan dolorosos como los ocurridos con la comunidad LeBarón –donde fueron asesinadas mujeres, niños y bebés–, el operativo fallido en Culiacán y la quema de autos en Chihuahua, sean situaciones recurrentes, porque cuando eso pasa la resistencia humana se activa y el sentido de autodefensa crece sin importar las repercusiones que esto conlleve.

La fórmula es simple, violencia conduce a más violencia. Por eso, el Estado (entendido en sus tres niveles de gobierno y poderes) debe tomar acciones acordes a la compleja realidad que se vive porque lamentablemente el margen de error es nulo. No es tiempo de revanchas partidistas ni más polarización. ¿Quién puede vivir en un territorio de guerra?

Las diferencias forman parte de la democracia. Se vale discutir con pasión los argumentos, pero la postura acrítica y defensa a ultranza del líder del País es un terreno pantanoso que nos aleja de escuchar al otro y empatizar con los que opinan diferente.

López Obrador dice “abrazos y no balazos” como alternativa para frenar la violencia criminal y garantía para construir un entorno de paz. Por acá algunas propuestas que podría aplicar a una narrativa que le urge refrescarse con mensajes propositivos: presente y no pasado; tolerancia a las críticas y no más incitación a la violencia; institucionalidad y no ingobernabilidad.