Se habla de una revolución tecnológica que transformará la vida como la conocemos

Entro de lleno en los terrenos pantanosos del cual soy sólo observador y no especialista, como sí los son un par de articulistas de esta casa editorial: don Marcos Durán (economista y científico) y Carlos Arredondo (ingeniero, viajero inmóvil y nativo de redes sociales full time). Me meto en la jaula de los leones sin ser domador. Voy. Leo una espléndida sección del diario ibérico El País semanalmente, se llama “Retina”. 

Ofrece todo un abanico de textos, investigaciones, entrevistas, informes, análisis, es decir, todo en materia de eso llamado revolución cibernética; donde se deletrea el big data, redes sociales, Blockchain, pagos en línea (no con dinero, sino con Bitcoin), drones, inteligencia artificial… 
Usted lo sabe, habito las cavernas. Estoy contento (a veces, hasta feliz de ello) y me defiendo como gato boca arriba para no entrar al mundillo “primer mundista” de Internet y su “inteligencia artificial”. Mi tirada de naipes es la misma de siempre: aún no encuentro ni veo del todo las bondades de la red, en la mayoría de los casos y en la medida de mis pálidos intereses. Internet, me lo dijo con una risotada en el siempre vivo y bello Sanborn’s del Palacio de los Azulejos de la Ciudad de México, en visita de amistad que le realicé al escritor Armando Oviedo Romero hace semanas: “es zona de difusión, no de información o análisis. Mira Jesús, es como El Universal, que trae de todo (hasta noticias), pero a lo bestia…”. A reserva de mejorar el porcentaje, le creo a mi maestro al 100 por ciento. 

En esta sección del diario ibérico se habla de una “Cuarta revolución” y cómo llega ésta de la mano de la transformación digital para quedarse y transformar, en un par de años más, lo que hasta hoy conocemos como vida. Así de tremendistas. Especialistas y gurús, como el canadiense Vincent Mosco, el danés Erik Brynjolfsson y el gringo Andrew McAfee, hablan de “inteligencia artificial” en cualquier campo y terreno y de cómo va a desplazar la labor y trabajo de los humanos al ser suplantados por máquinas. 

Aquí va un texto demoledor de estos sabios nombrados: “La economía mundial está en la cúspide de una etapa de crecimiento espectacular impulsada por máquinas inteligentes que sacarán el máximo de los avances en el tratamiento por ordenador, la inteligencia artificial, la comunicación en red y la digitalización de casi todo”. No es broma. 

Según esta nomenclatura, en el futuro que es hoy, una máquina determinará si somos aptos para un trabajo o no. Al conocer nuestro “historial” de dineros, utilidades y recibos, la máquina otorgará o no un crédito de casa. 

Esquina-bajan
Lo siguiente ya no es noticia: con base en una programación detallada, milimétrica y con cierto tipo de algoritmos, una computadora le ganó, en su momento, al ajedrez al humano mejor dotado en ello. Luego, en un juego más sofisticado, “Go”, también ganó. La máquina ya ganó al póquer a cualquier jugador. El ajedrez, para este tipo de computadoras programadas, es un mero trámite. Pero empieza lo bueno, las computadoras no ganan al póquer cuando están programados (sus algoritmos) sólo para vencer al ajedrez. Avanzamos: en teoría, el sistema puede saber sus “gustos”, lecturas y apetencias debido a sus hábitos de consulta en Internet, por lo cual en el futuro que es hoy, insisto, usted recibe diario en sus cuentas información y publicidad  diseñada por el sistema para su consumo. El sistema decide qué debe leer usted. 

Y esto me hace gracia una vez más, es como en aquel viejo texto de Umberto Eco, caray, gente que sí sabía pensar y le giraba la piedra, para decirlo con el chef carnívoro de Don Artemio, Juan Ramón Cárdenas. “Apocalípticos e Integrados”: un mundo distópico, gobernado por el desempleo masivo (tesis de Olivia López y Guillermo Vega), y la otra parte, acunados bajo el ala de una sociedad “más transparente y descentralizada en la que fluirá la información y en la que los robots son los que hagan trabajos tediosos”.

Hay un pensador actual que todo mundo lee y cita en Europa. Sus textos se leen al momento de salir de la panadería literaria que tiene en su portátil. Sus textos son subrayados con plumón rojo inmediatamente, donde abona reflexión e inteligencia, harta inteligencia con respecto de este mundo actual. Es Yuval Noah Harari (Israel, 1976), tiene apenas dos libros, pero de proporciones centáureas (el ingrato chef Juan Ramón Cárdenas me ha dado madruguete feroz, ya los leyó. Imagino los mandó traer en avión fletado desde cualquier librería ibérica. Uf), quien afirma, apocalípticamente, como Eco, que las grandes corporaciones le conocerán a usted al dedillo, unas pocas personas monopolizarán la economía, sistemas y tecnología y… crearán clases biológicas de humanos.

Letras minúsculas

Pero, queda un último recurso. El mejor de todos. El sin igual recurso humano que no puede ser imitado por computadora alguna: mentir.