“Ningún sistema educativo puede ser mejor que la calidad de sus profesores”, sentenció Andreas Schleicher, director de Educación de la OCDE y coordinador de la prueba PISA. Es claro: los docentes que día a día acuden al aula son en buena medida los artífices del éxito o el declive educativo de una nación; su determinación, sus conocimientos, su empeño y, sobretodo, su pasión, pueden marcar diferencias en la vida de sus alumnos. Pero cada vez que se habla de reformar el sistema educativo mexicano, ¿qué tanto se está pensando en los alumnos? Y me refiero a pensar en ellos no como entes inanimados que están allí para recibir transfusiones de información (que no todos sabrán entender ni decodificar), sino desde una perspectiva integral: identificar sus talentos y necesidades, nutrir su imaginación y dotarlos de competencias útiles para la vida.

La cotrarreforma educativa, recién aprobada por la Cámara de Diputados, contempla, entre otros aspectos, que la educación superior tendrá carácter de obligatorio, la desaparición del INEE y la evaluación docente punitiva para crear, en sustitución, un centro con autonomía técnica que tendrá un consejo consultivo formado por académicos y padres de familia, además de fortalecer materias como historia, geografía, arte, deportes y hasta incluir la educación sexual en el nivel básico.

Ante el histórico rezago de la educación en México, se abren muchísimas interrogantes. De entrada, ¿cómo se dotará a la educación superior de un carácter obligatorio, cuando menos de una cuarta parte de los estudiantes mexicanos logra terminar su formación con un título universitario? Los que van desertando a lo largo del camino académico lo hacen sobretodo por la falta de recursos económicos; independientemente de la calidad de la educación que estén recibiendo, llega un momento en que deben decidir y optar por la supervivencia inmediata.

Y es que, además, el que un estudiante logre llegar al nivel universitario, no significa que esté plenamente apto. Muchísimos alumnos de licenciatura tienen serias deficiencias en aspectos básicos como la ortografía, la comprensión lectora, el pensamiento deductivo y, tristemente, la capacidad imaginativa. Ante ese escenario, es normal que se vea como un riesgo la propuesta de no reprobar alumnos de primero y segundo grado a quienes bastaría la sola asistencia para pasar a tercer año, aún sin garantías de que han obtenido las competencias necesarias para haber escalado de grado.

La prueba PLANEA 2018 (que incluso antes de oficializarse la desaparición del INEE, había sido cancelada ante el recorte presupuestal al instituto) arrojó que un 59% de los alumnos mexicanos de sexto de primaria tiene conocimientos insuficientes de Matemáticas, y un 49% en Comunicación y lenguaje.

A Coahuila, por cierto, no le fue mal. La entidad se ubicó entre las diez con mejor puntaje, aunque todavía lejos de las calificaciones ideales. En Comunicación y lenguaje, su cosecha fue incrementándose de 502 puntos en 2015 a 515 en 2017 y a 516 en 2018. En Matemáticas, en los mismos lapsos, los resultados pasaron de 492 a 509 y a 514 el año pasado. Sin embargo, el puntaje máximo es de 800 puntos, lo que indica que el camino hacia la optimización es todavía largo.

Otra pregunta más tiene qué ver con el modelo que se pretende construir: ¿cuál será el rasgo distintivo del sistema educativo mexicano? ¿Se parecerá al de Singapur, que apuntala el pensamiento crítico de los estudiantes? ¿Al de Finlandia, que fomenta la participación, curiosidad, emprendimiento y aprendizaje personalizado? ¿Al de Chile, que subvenciona a los estudiantes con base en sus condiciones socioeconómicas?

El analfabetismo y rezago educativo en nuestro país suma 28.9 millones de personas mayores de 15 años. 8.9 millones de personas no tienen la primaria y 16 millones no cursaron la secundaria. ¿Pero en qué condiciones están estudiando los menores?

Ayer, 25 de abril, se conmemoró el Día Internacional de la Lucha contra el Maltrato Infantil. Según la UNICEF, 6 de cada 10 niños han sufrido algún tipo de violencia; 8 de cada 10 agresiones ocurren en la escuela o en la vía pública. Además, 9 de cada 10 niños hablantes de lenguas indígenas viven en pobreza; 80% de los niños no alcanzan los conocimientos requeridos en su nivel educativo; más de 4 millones de menores no acuden a la escuela y el 65% no tiene acceso a libros infantiles.

En ese contexto viven muchos de los menores en edad escolar en nuestro país. En ellos se deberá pensar prioritariamente, a ellos se les tiene qué poner siempre en primer plano. Ninguna reforma ni contrarreforma educativa servirá si no se ataca también la violencia estructural que afecta a la infancia mexicana.