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Todas las religiones del mundo merecen respeto. No sé si pueda decirse lo mismo de las iglesias que “administran” esas religiones. Dios tiene muchos apelativos, a pesar de que en nombre de cada uno de ellos se han cometido los más atroces crímenes, los genocidios más absurdos a lo largo de la historia.

En estos días, a ratos perdidos, he estado leyendo “Joseph Anton: Memorias”, que Salman Rushdie, el autor de “Los Versos Satánicos”, publicó el año 2012. La historia es bastante conocida: gracias a esta novela Rushdie fue condenado a muerte por el entonces ayatola Jomeini, desde Irán, en 1989.

A pesar de la reticencia de la entonces Primer Ministro Margaret Tatcher, el Reino Unido brindó protección policiaca al escritor durante 12 años. En sus “MemoriasRushdie ofrece pormenores de este siniestro periodo de su vida.

Muchas dudas y preguntas han surgido en torno de muchos temas durante la lectura: el Islam, el fundamentalismo, el fanatismo de cualquier índole, la cultura musulmana, la Divinidad, la libertad de expresión y sus consecuencias, la creación literaria, las angustiosas contradicciones ideológicas de nuestra época…

Salman Rushdie nació en la India, su formación académica es británica y su credo religioso es el Islam. Extraña combinación, si pienso que la India fue la cuna del Buda histórico.

Pero no tan extraña si recordamos que las intersecciones y los “empalmes” culturales han permeado la historia de la humanidad desde siempre. Sin ir más lejos, los mexicanos somos la suma de muchas culturas acumuladas. Esto, sin hablar de la híbrida y fascinante amalgama identitaria que hierve en la frontera norte de nuestro país.

Quizás ésa sea una de las razones por la que todos los pueblos de la Tierra han vivido obsesionados desde hace varios siglos por la idea de una “identidad” propia. Idea que, por cierto, resultó capital para los románticos alemanes de finales del siglo 18, el de “las Luces”, y que cundió por toda Europa y por América.

En otro tiempo la blasfemia hacia Dios era la mayor de las blasfemias; pero Dios ha muerto y con él, sus blasfemadores…
F. Nietzsche

Uno de los temas cruciales del libro es el de la intolerancia religiosa, o el de la intolerancia, a secas. Me estremece esa “fetwa” que el anciano ayatola lanzó contra el escritor indobritánico porque le pareció que su novela atentaba contra Mahoma y El Corán, y por lo tanto, debía ser considerada “blasfema”. Así pues: muerte inminente para el osado autor en nombre de “la fe” (musulmana).

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Jamás me ha quedado del todo claro qué sucede en Medio Oriente, donde la política y la religión siguen siendo un complementario binomio: el jefe espiritual es también el gobernante, como fue en las antiguas civilizaciones –y como sigue siendo en muchos países actuales: el Gran Sacerdote es también el imán, el Jefe Político, el ayatola o como se lo llame en cada estado. El concepto “laicismo” no ha tocado tierra en estos ámbitos. 

Tampoco alcanzo a entender cabalmente cómo se han movido las cosas desde el punto de vista político y cuáles son las hondas razones de tantas discordias, guerras, atentados y hostilidades entre unos pueblos y otros y por cuántos motivos ese diálogo entre Oriente y Occidente siempre ha sido obstaculizado por la sombra de intereses que en el fondo no son de índole religiosa.

Desde que tengo uso de razón -¿la tengo?-, he escuchado y visto en los medios de comunicación todo tipo de informes y noticias sobre estos territorios que llamamos Medio Oriente. Y siempre se ha tratado de notas sangrientas y de ofensivas y contraofensivas marcadas por el odio y la violencia.

Supongo que tendría que hacer una maestría en estudios orientales o dedicar un largo tiempo sólo para profundizar en estos escabrosos asuntos que arrastran antiquísimos rencores. Pero la vida es demasiado corta. También me importan muchas otras cosas: el pasado de México, por ejemplo, en el que la religión y el poder político sostenían asimismo una complicidad impenetrable.

Las preguntas han navegado en los aires interiores de mi ignorancia: ¿Dios debe ejercer una hegemonía política? ¿Es Él quien “nombra” o “elige” a los gobernantes de las naciones? ¿Cómo? ¿Por medio de un sufragio secreto? ¿O debemos acudir a la idea de “destino”, opuesta, en nuestro caso, a la doctrina cristiana? ¿Y si esa concepción del Rey como un ungido, como un representante de Dios en la Tierra es una falacia, una estafa? ¿Alguien cree en eso todavía?

¿Qué poder supremo actúa en un hombre como para condenar a muerte “por blasfemo” a un ser humano e incitar a cualquiera con el fin de asesinarlo dondequiera que se encuentre? ¿Un poder divino acaso?

Debo confesar que no puedo con una palabra como “tolerancia” –o “intolerancia”- porque hay algo en ella que me huele a soberbia, a desprecio, a malsana resignación: debo “tolerar” a los homosexuales, a los negros, a los migrantes, a “los diferentes”. ¿A los diferentes de quiénes? ¿De “los normales”? Ajá.

Y en un mundo que se caracteriza por sus contradicciones, su desigualdad, su explosiva diversidad, su neurosis, sus patologías, ¿quién es “normal”? ¿Un heterosexual, un blanco, un cristiano, un musulmán, un escritor políticamente correcto y obediente del sistema?

Pienso en Sor Juana: ¿cómo evitarlo? Ella también fue víctima de otra persecución, tan fanática y enmascarada como la de esa facción encabezada por un líder político-religioso que casi en su lecho de muerte, y en nombre de Al-lah, quiso arrastrar hacia el inframundo al autor de una novela que interpretó como “una blasfemia”.

Por fortuna, Salman Rushdie sigue vivo y escribiendo. Sor Juana, en cambio, fue despojada, humillada y empujada hacia su propio final. Sea por Dios.

Cualquier parecido con otros países totalitarios de “izquierda”, “derecha” o “centro” de cualquier parte del mundo no es una coincidencia: la histeria ideológica produce monstruos.