En ocasiones, los grandes estudios cinematográficos desisten en los servicios de algún actor o actriz debido a que a la celebridad en cuestión le chifla la juerga u observa un estilo de vida, digamos, un tanto disipado.

Son a no dudar bastante hipocritones ya que a veces, lo que su producción necesita es precisamente eso: un protagonista con un historial bastante sórdido; tanto así que si no lo tienen se lo llegan a inventar, como que cada vez que una diva joven va estrenar peli, le “filtran” fotos atrevidas de su celular;  imágenes que ni revelan de más, pero dejan entre ver todo su sex appeal (ya nadie dice así, ¿verdad?).

Pero no es siempre el caso. Hubo actores que arruinaron su carrera porque revelaron aspectos de su personalidad que no eran la imagen que Hollywood quería asociar a algunos de sus productos específicos. Me acuerdo de Paul Reubens, estrella de la serie de películas de Pee-Wee Herman, quien perdió su contrato y echó al caño su carrera luego de ser arrestado en un cine XXX donde se entregaba al más sibarita onanismo.

Pero si usted piensa que los estudios se ponen quisquillosos y exigentes con los requisitos para que un intérprete acceda a tal o cual personaje, sepa que el rol más demandante es el del Cristo de Iztapalapa.

Ni siquiera Mel Gibson fue tan roñoso a la hora de “castear” al protagonista de su bodrio, “La Pasion de Cristo”,  como lo es la parroquia de Iztapalapa para escoger, cada año, al que tendrá el honor de encarnar al Hijo del Hombre, al Cordero de Dios, al inventor del Pasito Perrón, Yisus H. Cráist.

Aquí no pesan las tablas, el histrionismo o ser “del método”, al menos no tanto como estar comprometido con una manera virtuosa de vivir.

La Pasión de esta Delegación citamexiquense no se salva de ser un maratón de lugares comunes, imprecisiones históricas y terribles actuaciones. Pero nada de ello es lo esencial, sino la importancia que esta puesta escénica reviste para la fe de su comunidad.

De allí que no puede encomendársele el personaje principal a cualquier actor que (con las disculpas de mis amigos teatristas) suelen ser más bien licenciosos y muy dados a la bohemia, lo que para hacer del Iscariote vendría, eso sí, que ni pintado.

Trascendió hace algunos días que el actor que haría de Jesús para la edición 2017 de este montaje, fue destituido tras descubrirse que era un hombre casado.

Aunque no existe consenso sobre la condición sexual, sentimental o civil del Nazareno, la Iglesia y su feligresía asumen como dogma su ascetismo y, por consiguiente, quien ostente el honor de encarnarlo debe ser un hombre célibe.

De hecho, por si le interesa o tiene algún conocido, los requisitos generales para aspirar a ser el Jebús iztapalapeño son: Ser nativo de alguno de los barrios de la Delegación (si se llaman “Brayan”, absténganse) , tener como mínimo 18 años cumplidos (aunque Cristo tenía 33, debe ser para capturar nuevos públicos), ser católico y haber hecho la Primera Comunión (cof), 175 cm de estatura mínima (ya valí), ser soltero, sin hijos ni compromisos, no tener tatuajes ni perforaciones (nadie quiere a un Hipster Yisus), gozar de buena salud y condición física (el Viacrucis, aun de a mentiritas, es una verdadera chinga) y lo más importante, llevar una vida honorable, sin vicios (aunque Jesús sí inflaba), y de buenas costumbres.

Aquí no hay pie para ambigüedades, ni relativismos. Nada de que “para ti será inmoral, pero para mí es la cosa más normal”. ¡Nada! Es una vida de rectitud intachable que no pueda ser cuestionada por la menor sombra de duda.

Nada de vicios, nada de escándalos, nada de murmuraciones. Una vida consagrada al trabajo, al prójimo y, en primer lugar, a Dios (el de la fe cristiana, por supuesto).

¿No sería hermoso acaso, que con el mismo escrúpulo con que se selecciona al Cristo de Iztapalapa, eligiésemos a cada uno de nuestros gobernantes y representantes parlamentarios? ¿Por qué no le agregamos nomás, a los requisitos de Iztapalapa, la “3 de 3” y la anexamos a la Ley Electoral?

Porque si en plena CDMX no ha faltado año con año una persona digna de cargar la Cruz, quiere decir que material humano, capaz de llevar a cuestas la responsabilidad del servicio público, lo hay también, sólo que no hemos subido nuestros criterios de selección.

Exigentes está visto que también podemos serlo, nomás que no sabemos cuándo ni dónde. Ojalá aprendamos a reconocer la ocasión de impedir que cualquier mamarracho venga a hacerla de Mesías y Redentor.

Porque a la fecha, parece que nos empeñamos en tener auténticos Salvadores clavados en la Cruz y a verdaderos Herodes en el Gobierno.

Pero imagine si por una vez lo hiciéramos al revés. No sé, piénselo.

petatiux@hotmail.com 
facebook.com/enrique.abasolo