El pasado 1 de marzo, la estrella de Gustav Metzger se fundió con la niebla de Londres. Tenía noventa años cuando, en septiembre de 2016, el Museo de Arte Contemporáneo de Castilla de León inauguró una retrospectiva de su obra a la que no pudo asistir por su delicado estado de salud.

Había acuñado el término Arte autodestructivo para definir un tipo de performance-ritual opuesto al arte de afirmación erótica, feminista y conceptual que tenía como objetivo mitificar la acción artística mediante formas nuevas. Precursor de los movimientos medioambientales y antinucleares, Metzger fue un autor inquieto y furioso, un pesimista social que sólo encontraba placer en el combate contra la oscura Edad Tecnológica. Sus obras anticiparon una mezcla dramática entre el activismo y la desaparición humana, consecuencia quizás de su condición de superviviente del horror nazi.

Gustav Metzger había nacido en Nuremberg dentro de una familia de judíos polacos: “Veía pasar justo delante de mi casa las marchas nazis. Y no hay ninguna duda de que una de las razones por las que me convertí en artista es que viví esa extraordinaria y poderosa representación del arte visual, en el diseño, la arquitectura y las experiencias con la luz”. A los doce años y gracias a su buena estrella, se escabulló de una muerte segura en los campos de concentración. 

Se expatrió en Inglaterra y allí vivió prácticamente toda su vida. Inspirado por los escritos de Leon Trotski y Wilhelm Reich, y atraído por el carismático pop inglés de Eduardo Paolozzi y Richard Hamilton, se entregó por completo a la lucha política contra el capitalismo, la comercialización del arte y la demolición y gentrificación de los centros urbanos. © EL PAIS, SL. Todos los derechos reservados