Cruz Azul ya no fue el mismo después del terremoto en la Ciudad de México. Coincidencia o no, a partir de entonces el equipo de Paco Jémez futbolísticamente se derrumbó. También se le cayó la máscara.
Vale aclarar que tampoco estaba tan firme como se creía. Hasta la fecha 9 presumía un falso invicto poco relacionado a su funcionamiento.

Alternó algunos partidos decentes con otros peores, pero se mantenía sin derrotas. En un ambiente resultadista, mediáticamente intencionado y que parecía una obra maestra.

Sin embargo, el porcentaje de efectividad apenas había superado la media hasta ese tramo del torneo (55%). Así y todo, nunca convenció antes, y muchos menos ahora.

Ha perdido tres de los últimos cinco partidos con verdaderas palizas en el marcador. Entre Pachuca, América y Lobos BUAP le encajaron 10 goles en cuestión de semanas.

Una situación poco agradable para un club tremendamente golpeado y “salado” que en este semestre se ilusionaba con ver la luz. Cruz Azul hoy se prende con las uñas de lo que sería la Liguilla. Pero es altísima la probabilidad de que ni llegue.

Jémez ya no sabe qué decir ante los medios, a quienes culpa de muchos de los males de su equipo. El español trae su propia competencia paralela con la prensa y hasta en ese escenario parece ir perdiendo.

Decir que Cruz Azul juega mal no es faltar a la verdad. Jémez ya no puede defender lo que se ve. El sábado, el DT buscó quitarse presión y lanzó un incómodo juicio personal: “Nosotros no somos un equipo grande”.

Igual a Jémez no le corresponde mucho hablar del tema, pero ya que lo puso sobre la mesa, nunca se llegará a una grandeza con campañas exageradamente precarias.

Jémez está de paso como muchos otros que circunstancialmente visten la camiseta del Cruz Azul, y perder el tiempo en discusiones de “grandeza” cuando ni siquiera saben de qué se trata la historia, es un disparate. Igual al español le convendría demostrar más y opinar menos.