Cualquiera que le diga que “Joker” es la génesis de un psicópata, fraguado en el reiterado abuso de sus semejantes, la traición de su persona más amada y la cruel indiferencia de una sociedad en la que se esfuerza por encajar, caer bien y hasta hacer sonreír… estará en lo correcto.

Incluso si le dicen que la cinta –que ya hizo de Joaquín Phoenix el favorito más anticipado en la historia de la estatuilla dorada– es una relectura del clásico “Taxi Driver” (1976), con fuertes guiños a otra gema de Scorsese (“The King of Comedy”. 1982), hágales caso porque tampoco les falta razón.

Entonces, si la premisa no es original y el tratamiento ya ha sido manejado con “scorsesiana” maestría, ¿cuál es la novedad de “Joker”? ¿De qué se trata todo este relajo alrededor de una peli basada en un personaje de historieta?

Me atrevo a decir que la novedad la constituimos nosotros mismos, los espectadores: la sociedad actual y la generación vigente a la que le habla esta nueva versión del inadaptado que redime a los oprimidos, no mediante un logro extraordinario, sino con una cuota de sangre.

Nota: La violencia gráfica es poca en “Joker” en comparación con otros filmes contemporáneos, pero a diferencia de una obra, digamos de Tarantino, en que es irreal y hasta caricaturesca, aquí se presenta en un contexto de muchísima gravedad porque el Guasón Phoenix no asesina a diestra y siniestra, sino que le quita la vida a su compañero de trabajo o a su ídolo televisivo (y podría jurar que en la versión original del guion también a su vecina y a la hija de ésta, ya que es de la única manera en que el desarrollo de este personaje está completo, pero seguramente los productores se temieron una reacción negativa del público).

En aras de hacer la más somera reflexión, vamos a resumir todos los aspectos formales del filme en una sola palabra: excelencia. Pocos hablan de la dirección de arte, pero los decorados y la ambientación, la luz y el color, resultan tan relevantes para “Joker” como un coprotagonista.

Todo el diseño de una producción old school (que nos da un respiro de los efectos digitales), en la que casi es posible percibir los aromas de una Ciudad Gótica rebosada en su propia inmundicia, material y humana, es el telón de fondo perfecto para el lucimiento de su protagonista. No es excesivo decir que plásticamente es todo un logro que ya paga la vuelta al cine.

Pero la importancia de “Joker” radica obviamente en su comentario social: aunque ambientada en 1981, como cualquier película de época la intención de esta cinta es apuntar algo, no sobre el periodo que aborda sino sobre el mundo de su propio tiempo, el mundo en que la obra fue concebida y que, para mayores señas, es el que actualmente estamos habitando, usted, yo y otros siete mil millones de bípedos cretinos.

Así que, según mi humilde opinión, para entender “Joker” es necesario medio entender el mundo actual. Veamos: vivimos en una época en que, no obstante esa odiosa obsesión por la corrección política, la gente se decanta por líderes que expresan impúdicamente los peores prejuicios: Trump, Bolsonaro y otras formas de populismo que explotan la noción de que al individuo promedio se le despojó de algo que sólo un mesías le puede restituir (¡cof!).

Vivimos también en la era de la victimización: las injusticias de orden social, racial y sexual no sólo persisten sino que prevalecen. Mas no todo el que enarbola la bandera por los derechos de los oprimidos lo hace por empatía con una causa. Muchas veces (más de lo que quisiéramos creer o reconocer) lo que mueve al “activista” es una necesidad de validarse, de sentirse moralmente superior, de dotar de un poco de luz a la grisura de sus vidas y de justificar decires y acciones que no serían permitidas en un “no agraviado”, en un “no víctima”.

Admitámoslo: ser “víctima” hoy en día es redituable como jamás lo fue en ningún otro periodo de la historia. Por supuesto, no hablamos de quien experimentó una vejación, sino de quien sólo se asume tan afectado o más que aquel que sí la padeció.

Agréguele a todo lo anterior el bello ejemplo que nos llega del país vecino y modelo del mundo libre, los Estados Unidos, en donde reiteradamente alguien decide que la mejor manera de equilibrar la ecuación y de concluir una historia de marginación e incomprensión es a través de una matanza arbitraria y sin sentido.

Bien, a esa sociedad es a la que le habla “Joker”, la historia de una víctima que, cansada de no encontrar su voz, su lugar ni su rol en el mundo, accede a la redención a través del miedo, el caos y el asesinato.

Me preocupa de “Joker”, como pocas veces antes me preocupó de un producto de arte/entretenimiento, el efecto que pueda tener en las mentes más débiles (y esas son de cualquier edad).

Por supuesto, no porque piense que va a despertar instintos agresivos espontáneos en aquel que la vea. Es obvio que no. Mi temor es que le proporcione argumentaciones (y un nuevo ícono) a quien ya está de hecho encausado en la senda de la violencia, porque en este mundo nuestro del que hablábamos, hasta los asesinos en masa se asumen víctimas.

Aun así, jamás me pronunciaría en favor de proscribir ninguna manifestación artística, ya sea el estreno fílmico de la temporada o un odioso narcocorrido. Ambas tienen una razón de ser y no son el origen de los fenómenos que describen, sino un mero subproducto que los refleja.

Lo que necesitamos es una sociedad más humana y empática, no de plañideras a la orden, sino verdaderamente solidaria con aquellos en real desventaja.

Porque de momento los menos afortunados ahora sufren por partida doble, a causa de sus tiranos y por culpa de quienes les disputan el reflector y el micrófono (la voz y la visibilidad) usurpando el rol de víctimas (generación snowflake, te estoy hablando a ti).

Para todos esos payasos arribistas, lo que necesitamos es más espacio en Arkham (referencia superfriki). Eso y por supuesto, uno o dos Batman en cada ciudad con más de medio millón de habitantes.

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