En San Antonio atravesamos el proceso de reinscripción escolar, lo hacemos en plena efervescencia por los brotes de racismo que sacuden a Estados Unidos a pocos días del brutal asesinato masivo en El Paso, Texas, donde fueron asesinados a mansalva más de 20 mexicanos, por el sólo hecho de serlo.

Acompañaba a mi hijo mayor en sus trámites de inscripción a las actividades deportivas del año escolar que está por arrancar el lunes próximo, y estando en ello me topé con lo que ahora comento.

En Estados Unidos el espíritu escolar y el orgullo de pertenencia a determinada escuela forman parte esencial del desarrollo de los alumnos. Mezclado con el deporte el sentimiento se intensifica; en Texas con el futbol americano el fenómeno es aún mayor.

Los medios no dejan de hablar de la masacre en El Paso y del clima de xenofobia, odio y racismo. En contraste con ello, mi esposa, mi hijo y yo, como muchos otros padres de familia, hacemos fila para recibir lo necesario para que nuestro hijo juegue en el equipo de futbol americano. El escenario también se presta para comprar materiales de apoyo. La mamá que portará orgullosa su camisa, gorra, sudadera y todo cuanto usted pueda imaginar. El grupo es mayoritariamente blanco, anglosajón; aunque el número de hispanos es considerable. Quizá sea una proporción de sesenta-cuarenta. Todos con parecido entusiasmo adquieren sus materiales deportivos, todos bajo el nombre: José M. López, así se llama la secundaria pública que nos corresponde.

Se trata, por supuesto, de San Antonio, no puedo generalizar el clima de concordia que –en San Antonio es cosa común– parte de la cultura. Aquí es muy raro ver lamentables brotes de racismo, aunque los hay de vez en cuando. La fiesta más importante del año lleva precisamente ese nombre, “Fiesta”. La economía depende en gran medida del comercio con México, del turismo, de los consumidores mexicanos durante las vacaciones y, todo el año, de los que buscan sus servicios médicos. San Antonio es una ciudad santuario para los migrantes, cosa que repugna a Donald Trump y a sus seguidores más entusiastas.

Como los medios encuentran la forma de refritear el mensaje xenófobo, en contraste me sorprende y asombra el espíritu que priva en la escuela y familias de toda una comunidad bajo el paraguas del mexicano nombre de José M. López. No me quedé con las ganas y pregunté a Google ¿quién es José M. López?

José Mendoza López fue un mexicano, migrante que supo dejar huella en su país de adopción. La costumbre estadounidense convirtió el Mendoza en su segundo nombre y el López en su apellido. Nació el 10 de julio de 1910, al parecer en Veracruz, y pasó unos años en Santiago Ihuitlán, Oaxaca. Pero otros papeles dicen que nació en Mission, Texas, el 1 de junio de 1912. Ello obedece a otra costumbre muy propia de la frontera. En tiempos que prohibían la doble nacionalidad, siempre se encontraba la manera de adquirirlas.

Su papá anduvo en “la bola” en la revolución, no volvió a verlo, y a los ocho años perdió a su madre, entonces tomó sus cosas y terminó en Brownsville con un tío. ¿Les suena la historia? Parece que fue ayer, hoy o mañana. Trabajó en todo lo que pudo y no regresó a la escuela. Se caló como boxeador y logró llamar la atención de un promotor. Peleó 55 peleas. Ganó cierta fama como “Kid Mendoza”. Viajó por Estados Unidos y por el Mundo. En Melbourne conoció a unos marinos mercantes. Firmó contrato con ellos y viajó por el mundo durante cinco años. Regresó a Estados Unidos en diciembre de 1941. Entró por Los Ángeles y fue detenido. Las autoridades pensaron que era japonés, el ataque a Pearl Harbor recién había pasado. Tuvo que demostrar que era estadounidense de rasgos latinos. Finalmente pudo regresar a casa, en Brownsville.

Apenas regresó, fue llamado al Ejército. Estados Unidos acababa de entrar a la Segunda Guerra Mundial. Su valor en combate frente a los alemanes fue reconocido con la Medalla de Honor y el Corazón Púrpura, que le fue entregada por el presidente Harry S. Truman. En México, el presidente Manuel Ávila Camacho le entregó la Condecoración al Mérito Militar.

José Mendoza López murió en San Antonio, Texas, el 16 de mayo de 2005. Recibió el reconocimiento de todos los presidentes de Estados Unidos, desde Truman hasta George W. Bush. Demostró de lo que estaba hecho en la Batalla de las Ardenas (Battle of the Bulge), quizá la más sangrienta de la Segunda Guerra Mundial. Ahí puso en riesgo su vida para salvar a sus compañeros, cargó su armamento en medio del fuego para cubrir un flanco que, de no ser por él, hubiera quedado libre con consecuencias fatales. Mendoza López solía decir que se encomendaba constantemente a la Virgen de Guadalupe y cuando regresó de la guerra cumplió la manda de visitar la basílica. La vida de José Mendoza López es la vida de un niño migrante indocumentado. Ilustra el potencial que un niño sin nada, más que el muy humano instinto de supervivencia, puede lograr cuando se presentan las oportunidades adecuadas.

@chuyramirezr