ilustración: Esmirna Barrera

Julia se mecía en su hamaca a las faldas del gran monte Ántico, sublime atalaya y Señor de su pueblo natal.
No vale la pena mencionar el nombre del pequeño pueblo, porque es ficticio; Porque solo debemos observar la profunda candidez de Julia y el destello vital de sus ojos de jade, su hermosa tez de bronce, sus aretes de plata y su lanza de níquel. Ésta última forjada no sólo en el apéndice de una vaga siderita, sino fundida en los centros de su corazón indígena.

Julia, criada entre ritos y rituales, ceremonias y tradiciones; honraba y amaba a su dios por el cuál estaba dispuesta a apostar su vida si de la punta de su lanza ésta dependiera.

Sin embargo, como en todas las historias, hay rosales y rosas en su haber y entre los cardos y el agave hay filos, más aguzados que la lanza de Julia y más letales que la firmeza de sus labios de arándano.
Efraín, un astuto chamán oriundo del mismo pueblo que Julia, en silencio, por años y noches, había amado a la joven guerrera. De tal manera que cuando el astro rey moría cada día, la luna apartaba su mirada de la Tierra, ella no podía ver las intenciones y planes en el pecho de Efraín; no porque no tuviese la facultad de hacerlo, sino que al posar sus ojos sobre el aura del enajenado chamán, tanto celo y egoísmo menguaban la luz de su cuerpo colosal.

Dale años a los pámpanos y a su debido tiempo segarás los vástagos de la tierra y tu voluntad.
Blande la hoja del pecado en la sombra del hombre y su egoísmo y afán se fermentarán.


Así, aunque amigo de la naturaleza, el chamán corrompió sus principios e ideó una estrategia impúdica para pronto poseer la piel y el amor de Julia; cada que el sol resucitaba y el alba cobijaba, el chamán enviaba dos linces y un faisán a cumplir sus turbias intenciones; el alado portaba un pequeño recipiente hecho con piel de cordero y los terrestres le escoltaban.
La oscura empresa que los animales tenían como consigna, era que, antes de que Julia abriese sus ojos a un nuevo amanecer, el ave se posara cerca de ella y un fragmento de la voluntad de la joven sería atrapada en el infame recipiente mágico.

Pero la naturaleza en su infinita sabiduría y la luna en su inmenso amor femenino, que le orillaba a lucir una tierna empatía hacia Julia, conspiraron en favor de la bella guerrera.
Cada noche que Efraín comulgaba con los "espíritus bajos", la luna advertía con su luz a Julia los peligros que corría y gracias a las fases lunares, Julia sabría en qué momento despertar para que los emisarios del chamán no causaran estragos en su alma.

Esto es lo que ocurre cuando mezclas letras, amor, magia y satélites.

La historia jamás termina, porque la luna jamás desiste. Julia vive en cada joven con ilusiones y el chamán en cada deseo de posesión que habita en lo más escondido del corazón humano.
El hombre sigue conjurando bestias para justificar su afán, mientras que la luna y sus fases siguen advirtiendo los azares del amor y lo perverso en concilios nocturnos...

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Autor: Jovan Valente Fernández Ibáñez.
Artista multidisciplinario, originario de Torreón, Coahuila. México. Activista social y apóstata del Sistema. Ama los videojuegos y a su perro 'Diego'.