Después de más de un mes de cumplir con las reglas del distanciamiento social, los neoyorquinos están empezando a volverse unos contra otros. (Jonathan Djob Nkondo/The New York Times)
Después de más de un mes de cumplir con las reglas del distanciamiento social, los neoyorquinos están empezando a volverse unos contra otros.

Por Jacob Bernstein

NUEVA YORK — A veces las discusiones suceden en la calle, aunque son más comunes en los supermercados. 

Un neoyorquino, a quien al parecer no le preocupa mucho mantener una sana distancia, se acerca demasiado. Otro le lanza una mirada llena de oprobio o hace un comentario sarcástico. A partir de ahí la situación se acalora. 

Así fue como le pasó a la novelista y ensayista Sloane Crosley, de 41 años, hace unas semanas, a las ocho de la mañana en Sam’s Deli, una bodega en el barrio de West Village.

Tres tipos pagaron lo que compraron y luego se quedaron parados junto a la caja registradora, ahí nada más pasando el rato, recordó Crosley. 

Sin nada de ganas de preparar otra comida en casa y lavar todavía más trastes, Crosley se acercó para pedir un sándwich de desayuno. Ella tenía puesto un cubrebocas, ellos no. 

“Pensé: ‘¿Qué son objetores de conciencia o qué?’”, dijo Crosley en una entrevista.

Sin embargo, pensó que los hombres, terminada su transacción, se irían o al menos se harían a un lado. Cuando no lo hicieron, ella les echó una mirada, salió por la puerta y esperó a que se fueran. Mientras se iban, uno se volvió hacia ella y le preguntó si tenía algo que decirle a la cara.

“El cliché de la vida es que rara vez dices las cosas que quieres decir en el momento en que querrías decirlas”, dijo Crosley. “Esta vez, las palabras fluyeron con demasiada facilidad”.

Primero, recuerda haberle dicho una palabra vulgar que se refiere a los genitales femeninos. Luego le dijo que alguien tan poco considerado en una tienda seguramente era terrible en la cama. 

Jennifer Glaisek Ferguson, de 50 años, una estratega de comunicaciones en Manhattan, tuvo su guerra de palabras frente a un supermercado Trader Joe’s en la calle West 93rd, mientras compraba comestibles con su hija de 5 años, Coco.

Glaisek Ferguson había terminado de hacer las compras y estaba subiendo las bolsas a su auto. Una mujer se acercó, preguntando si había terminado de usar el carrito que Coco sujetaba. 

“Sí, solo dame un minuto”, recordó Glaisek Ferguson que le dijo a la mujer.

Pero un minuto fue demasiado largo para ella. 

Al poco tiempo, continuó Glaisek Ferguson, la mujer se estaba metiendo en la fila de gente que esperaba su turno por un carrito, la cual se extendía casi media cuadra. Un guardia de seguridad regañó a la mujer, según Glaisek Ferguson. 

“Ella empezó a gritar que tenía una enfermedad autoinmune”, recordó Glaisek Ferguson. “Coco estaba sosteniendo el carrito, y la mujer trató de arrebatárselo de las manos”.  

Así que Glaisek Ferguson mostró su enojo. La mujer vociferó otro término más para referirse a los genitales de las mujeres (amerita un debate posterior hablar de por qué estos son insultos tan populares). Glaisek Ferguson se lo regresó. 

Glaisek Ferguson se sintió un poco avergonzada de haber dicho esa palabra sin pensarlo, pero Coco tenía la expresión de un niño que llega a Disneylandia antes de la pandemia y se da cuenta de que finalmente tiene la altura suficiente para subirse a Space Mountain. “Mami, siempre me proteges”, le dijo. 

Hasta hace unas semanas, parecía que los neoyorquinos que vivían la crisis del coronavirus se aferraban a la idea de estar “juntos a la distancia”. Pero, conforme retumban las sirenas, sin ningún fin a la vista (incluso a pesar de una curva que se va aplanando), muchos han entrado en una fase más frustrante de la vida pandémica. 

Las discusiones breves en público vienen seguidas de otras más largas en casa, donde es menos preocupante transmitir gotas portadoras de virus. 

“Es el cónyuge al que estás a punto a de matar, el desconocido al que estás a punto de matar”, dijo Sherry Amatenstein, una trabajadora social clínica y terapeuta en el vecindario de Long Island City en Queens. “Algo de esto viene de un miedo real. Cuando ves a alguien en el supermercado sin un cubrebocas, el miedo es real. Cuando ves que los cónyuges no toman las precauciones adecuadas, da miedo”.

También puede ser una especie de referendo.

“Esta es la prueba perfecta para saber si el matrimonio es viable o no”, sostuvo T. Byram Karasu, distinguido profesor emérito de la Escuela de Medicina Albert Einstein con un consultorio privado de psiquiatría en Manhattan. “Las parejas adquieren mayor intimidad o se aburren y se irritan mutuamente”.

A veces, la tensión en una pareja también se debe a que la paranoia supera el miedo racional, afirmó Karasu, quien luego contó la historia de una pareja rica de Park Avenue que conoce.

“Su matrimonio no pudo sobrevivir dos semanas de esto”, dijo. “El marido es un tanto hipocondríaco. Compró un respirador y anunció que se mudaba a la costa oeste. Su esposa le dijo que ella no se iba”.
Karasu no cree que esta fuera la razón por la que el matrimonio terminó, pero fue el evento detonador que le permitió a ella decir “basta”.

Para algunos padres, la alegría de desayunar con sus hijos por la mañana ha sido remplazada por “¿Cómo diablos sus maestros los soportaban ocho horas al día?”.

Eso fue lo que hace tres semanas hizo que Glaisek Ferguson publicara en Instagram una captura de pantalla de su actividad cibernética, una búsqueda de broma en Google: “¿Cómo vendo a mis hijos?” (Además de Coco tiene a Phoebe, de 20 meses). 

Objetivamente, Glaisek Ferguson sabe que tiene la suerte de tener un trabajo que puede hacer desde casa sin arriesgar su salud, y un par de hijas sanas y generalmente felices. Días más tarde, volvió a publicar fotos de ellas, como de catálogo, en su cuenta. 

Aun así, es difícil para ella romantizar el estado de las cosas ahora, cuando no puede estar en una reunión de Zoom sin darle a Coco y a Phoebe un iPad, esperando que caigan en la autohipnosis. “Ni siquiera quiero saber qué están haciendo con él”, dijo Glaisek Ferguson.

Y añadió: “¿Crees que mis hijas no están hartas de mí?”.

Escuchar los vítores diarios de las 7 p. m. para los trabajadores sanitarios que cada vez son más fuertes ha sido una hermosa expresión de lo que significa ser neoyorquino, pero a medida que la gente cacerolea con una fuerza cada vez mayor con sus sartenes, es fácil preguntarse si este ritual no está sirviendo también como una forma de expulsar la frustración que conlleva vivir indefinidamente en un estado de animación suspendida.

Bevy Smith, de 53 años, que era anfitriona del programa nocturno “Fashion Queens” en el canal Bravo, y que tiene un programa de radio diario en Sirius XM, contrajo el virus en marzo. Tan solo unas semanas después, su padre, que vivía en un asilo de ancianos, murió de COVID-19.
El hogar de Smith está en Harlem, donde el inexorable sonido de las sirenas aún no ha impedido que las calles se llenen de gente que no observa las reglas de distanciamiento social. “No es solo aquí”, dijo. “Sucede en todas partes”.

“Intento que el enojo no sea mi primera reacción, porque muchas veces es solo tristeza disfrazada de otra cosa”, comentó. “Mi padre tenía 95 años. Pero me dio tristeza que nos robaron el tiempo que nos quedaba con él. Cuando la gente dice que la COVID-19 no es real, cuando la gente invita a amigos a su casa y se comporta con descaro, eso me enfurece”.

c.2020 The New York Times Company

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