“No se te olvide llevar agua para la sed y el pico para escarbar”.

Van a la sierra de Zapalinamé. Van a plantar árboles. A levantar un muro de follaje y frondosidad al pie de la generosa montaña que es guardiana y desafío de escaladores. Son jóvenes ellos y ellas. Van cantando y riendo y charlando jubilosos.

Es que se van multiplicando las noticias. Los polos se derriten, los bosques se queman, crece la desertificación, se extinguen las especies, los mares tienen islas de desechos plásticos, mueren peces por devorar popotes, hay basureros tóxicos que contaminan el agua de los caseríos, una ama de casa se lleva a su bote de basura ochenta bolsas en que va lo necesario para surtir su despensa y su refrigerador. Siguen usándose los aerosoles para el efecto invernadero.

No se cierra la llave del agua y las lavadoras y las mangueras  la desperdician.  No se apaga la luz, no se desconectan los aparatos eléctricos. Se usa mucho papel higiénico, servilletas y rollos de papel para las manos. No se filtran las emanaciones de muchas chimeneas industriales. Las basuras no sólo tapan las alcantarillas urbanas sino llegan, hogareñas o fabriles, a quitar a las aguas de los ríos su transparencia y su pureza.

El transporte público resulta insuficiente e incómodo. Se multiplican los automóviles de cinco asientos conducidos por una sola persona. Se descuidan las revisiones periódicas  y los mofles arrojan vapores dañinos. Escasean las rutas de pedaleo para ciclistas o no se les da mantenimiento y se convierten en trampas letales. Los automóviles eléctricos apenas inician su aparición en las grandes ciudades.

Campañas y políticas públicas han de renovarse y repetirse pero la supresión de hábitos personales y familiares, que ensucian o destruyen el hogar común, es un cambio evolutivo indispensable para que la humanidad no se convierta en una enorme serpiente que  está devorándose a sí misma, mordiendo su propia cola.

Dan su tiempo estos jóvenes entusiastas. Sudan bajo el sol y sus manos se encallecen con el golpeteo a la tierra en cada plantación. Se deja enraizar cada esperanza para un largo plazo de crecimiento y expansión. Quizá, ya adultos, vendrán con sus propios retoños humanos a disfrutar de sombra y frescura, aire puro y sana humedad, de una espesa muralla boscosa y protectora de la serranía.

Podrán organizarse las universidades para proyectarse en brigadas numerosas hacia campos ya señalados. Ejército y trabajadores de tantas empresas de la región plantarán sus árboles. Será una tarea comunitaria en favor de la vida, de la salud, de la belleza. Ya en todo el mundo se está dando, alrededor de la convocatoria del Papa Francisco, una respuesta juvenil ecuménica  de todas las comunidades de fe monoteísta (Judaísmo, Islam y Cristianismo) para salvar la Tierra. Es el eco de “Laudato si”, el documento papal que denunció el desastre amenazador y anunció la esperanza de juntar juventud y ecología.

Vienen al atardecer, casi anochecido por las nubes de lluvia, estos jóvenes, chicos y chicas, que tendrán en el corazón el recuerdo de estos días de aventura y compañerismo, de trabajo duro para hacer posible un sueño: Salvar y cuidar la Creación, quitando basura y plantando más vida, belleza y salud. Lo agradecerán especialmente sus hijos y toda su descendencia...