Herencia. VANGUARDIA tuvo la oportunidad de conversar con la hija del militar, María Yamane Castañeda. Fotos: Héctor García
En el marco de la Feria Internacional del Libro Coahuila 2019 rescatamos la historia de un héroe japonés en México, quien bajo las órdenes de Venustiano Carranza realizó actos de heroísmo en nombre de nuestro país

A principios del siglo 20, migrantes japoneses llegaron a territorio mexicano con la promesa de buena paga y servicios como trabajadores en las minas de la región carbonífera de Coahuila y los cañaverales del sur del país, Kisaburo Yamane estaba entre ellos.

El joven japonés, nacido el 17 de enero de 1889, tenía 19 años cuando desembarcó en las costas de Salina Cruz como parte del décimo grupo de inmigrantes japoneses, Oaxaca, donde trabajó en las plantaciones de caña.

Tres meses duró ahí, pues pronto vio con descontento las verdaderas condiciones en que sus empleadores tenían a los obreros japoneses, por lo cual “huí de aquel lugar para dirigirme a la ciudad de Orizaba y posteriormente dirigirme a la capital y cerca de ese lugar trabajé como velador en los cultivos de caña de azúcar de un tal Coreaga”.

Este testimonio del Capitán Antonio Yamane, nombre que adoptó durante la Revolución Mexicana, fue recogido por el periodista Aoyama Masafumi, en una entrevista de 1932 traducida por Shoshi Manuel Murakami y proporcionada a VANGUARDIA por la hija del militar, María Yamane Castañeda, con quien tuvimos la oportunidad de conversar.

“Nunca me contó nada”, comentó la señora de 84 años, “es que, no sé, las personas de antes no eran como somos ahora, que todo preguntamos, y todo nos contestan. ‘Si, después le platicamos, váyase para allá’ y no, mi papá nunca nos platicó nada. Hay fotos y todo y muchas de las cosas que tengo en estos escritos que me han dado han sido por personas que lo han entrevistado, pero hay muchas cosas que no sabía”.

Luego de varios encuentros con las autoridades por su falta de documentos oficiales huyó de nuevo, ahora a las minas de La Conquista en Coahuila, donde también trabajó en las de Palau y La Esperanza, lugar en el que sufrió un accidente y perdió el pulgar de la mano derecha.

La Revolución Mexicana, cuenta en estos textos, hizo incosteable la extracción mineral y en 1911, cuando se encontraba en Múzquiz, fue enrolado al ejército de Huerta, pero pronto se cambió al bando Carrancista, donde trabajó como telegrafista militar reparando las líneas.

Su participación valerosa en la Traición Huertista, donde apoyó en la lucha contra el general, le valieron el ascenso al grado de subteniente y tras la toma de Torreón, que hizo huir a Huerta a los Estados Unidos fue nuevamente ascendido, ahora a capitán.

“Fueron muchas sorpresas de cosas que jamás en la vida imaginé, como una anécdota que viene ahí”, dijo María, “iba con su ejército, peleando contra el enemigo, pero los derrotaron, nada más mi papá quedó. Entonces pues él se tuvo que esconder y esperó la noche; estaban en una sierra, no sé dónde, y él se escondió y fue bajando y llegó a un lugar donde estaba el enemigo acampando, siguió y llegó a un río, se fue nadando, pues era japonés y era muy buen nadador y se por ahí y salió y fue a dar con su ejército y según dicen ahí Don Venustiano lo vio y lo abrazó. Lo respetaba mucho, mi papá fue un soldado muy leal”.

“En 1914, ya dentro de una aparente calma, el gobierno ordenó el retorno de los combatientes a sus lugares de origen para que descansaran. Pero a mí me comisionaron bajo las órdenes de Jesús Valdez Real, como capitán, para aplacar en el estado de Morelos los movimientos agraristas que surgían liderados por Emiliano Zapata”, contó Antonio Yamane al periodista.

En 1920, durante la revuelta de Obregón contra Carranza, todas sus fuerzas huyeron de la capital y Kisaburo, preocupado por su familia, cuenta que mandó 2 mil pesos a su esposa para la manutención de su hijo, en caso de que muriera.

En su huida a Veracruz fueron alcanzados por soldados de Obregón en Puebla, donde perdieron la batalla que describió su hija previamente, pues a pesar de los esfuerzos del capitán por mantener el orden entre sus tropas y de que la comitiva fuera dividida en dos, con Carranza en el otro grupo, sus esfuerzos fueron inútiles.

“Eran como las nueve de la noche y estaba muy oscuro y empecé a bajar”, recuerda el capitán, “en el trayecto me encontré un pequeña cueva en donde me escondí por cerca de media hora, hasta que se apagaron las luces de los enemigos que me estaban buscando”.

“Temeroso continué bajando hasta llegar a un pequeño arroyo […] Me zambullí en él para poder huir, pero me di cuenta que en la ribera había muchos enemigos descansando. Me armé de valor y pecho en tierra, amparado por pequeños arbustos, me fui acercando lentamente hacia las fogatas que habían encendido los soldados enemigos”, continuó.

“En la primera oportunidad que tuve abandoné aquel lugar dirigiéndome al pueblo de Aljibes, donde me habían dicho que se encontraba Carranza para ponerme nuevamente bajo sus órdenes. […] Inmediatamente me llevaron ante el General Venustiano Carranza, el cual me recibió muy contento con un fuerte abrazo. Le expliqué en qué situación nos encontrábamos y los lugares en donde aún se encontraban los soldados enemigos”.

“Carranza, orgulloso de mi actuación, les dijo a sus lugartenientes que si todos actuaran con la valentía del Capitán Japonés Yamane podríamos haber ganado la batalla y delante de todos ellos me ascendieron al grado de mayor”, dijo.

Esta y otros actos de valor y fidelidad a Carranza y la nación mexicana hicieron de Yamane un héroe, que al terminar la guerra regresó a Monterrey con su familia, donde fue primero telegrafista y posteriormente se dedicó a la floricultura, oficio que ejerció en su negocio “La Quinta Japonesa” hasta su muerte a los 92 años. Fue enterrado con su uniforme militar.