En cualquier régimen político, la agenda de un partido, movimiento o dirigente, consiste en las propuestas de gobierno que se propone realizar. En muchos casos como en México, está inscrita en los parámetros de la ley. En caso de resultar electo para el cargo ejecutivo por el que contendió; o para proponerlo desde la trinchera legislativa.

La agenda es, o debiera ser lo más importante de un gobierno, para que sus propuestas se materialicen, pagamos impuestos, votamos y delegamos responsabilidades. Es decir, para que el gobernante electo organice a la sociedad e instrumente ideas, involucrando a la ciudadanía, con miras a sentar bases para que hagan posible aspirar a una mejor vida individual y colectiva. 

Si bien la agenda debiera ser eje rector de la política y centro del debate, es lo que menos importa, porque los ciudadanos hemos dejado de escuchar, porque la palabra pasó a ser monólogo y porque se abarató, se volvió superficial. Peor aún, la veracidad dejó de ser importante. Quizá no debiera generalizar, seguramente existen pequeños círculos ciudadanos o académicos en los que se discute y, analizan a profundidad las propuestas, sin descalificar y con la obligación de escuchar y buscar acuerdos razonables.

La irrupción de las nuevas tecnologías informáticas genera una masa de contenidos nunca antes vista, difícil de procesar lo que da pie al conflicto apasionado y superficial. El voto ciudadano es primordialmente emocional y muy poco racional. En lugar de la agenda y la palabra, el centro del debate es la pasión que busca imponerse sin razonamiento y el talante que prevalece es el de no escuchar al otro. 

De acuerdo con la ley mexicana, las plataformas son requisito indispensable para partidos y candidatos, junto con los estatutos y el programa de acción política. En Estados Unidos, por primera vez, el Partido Republicano de Donald Trump, decidió no discutir y aprobar una plataforma de gobierno. Los Republicanos decidieron reciclar el documento de hace cuatro años, como si nada hubiera sucedido en este tiempo.

Poco importa que en México sea requisito, esto no garantiza nada. Las campañas están plagadas de lugares comunes, de frases superficiales y de denuestos al adversario. Las propuestas tienen poco o ningún espacio, tampoco hay interés. ¿Qué fue primero? ¿El vacío o el desinterés ciudadano?

En breve y en esas condiciones, vamos a vivir un proceso electoral en Coahuila y, dentro de un año, otro federal.

Ubico tres momentos cruciales para que la agenda ocupe el lugar que le corresponde:

Primer momento: la formalidad de su registro ante la autoridad, en cada partido debiera estar precedido por un análisis y discusión democrática e incluyente, hacia dentro y hacia la sociedad. La dificultad suele radicar en el escaso interés que despierta, participan pocos en su elaboración, suele vérsele como un simple trámite que queda en manos de académicos o de ghostwriters, se tratan con pinzas los intereses más fuertes, honorables o no. Lo peor sucede cuando se abandona por completo el esfuerzo y se registra la agenda anterior, finalmente, nadie la lee y a pocos les importa. 

Segundo momento: la transición de un ejecutivo a su sucesor, y el armado de la agenda legislativa. Este momento es fundamental. Quienes llegan están ciertos de que ejercerán un servicio público, es inminente ejercer e instrumentar las facultades legales. Momento de planear lo que sigue, organizar el trabajo en equipo, ordenar las prioridades. Tristemente no existe la cultura para una transición efectiva. Se cuidan las formas en detrimento del fondo. Los nuevos gobernantes alzan la mano, dicen “sí protesto” y con ello se sienten investidos de un poder superior y más inteligentes que antes.

Tercero: Armado del Plan de Desarrollo y su instrumentación. Suele hacerse a las carreras, delegarse en el colaborador que mejor redacta, o se subcontrata a un despacho. Nadie va a leerle, se justifican, ni los periodistas. Semejante “planeación” diseñada más para el aplauso, la foto y el titular; que para atender necesidades y transformar las condiciones para bien de la comunidad, acaba en un cajón en las oficinas.

Es así como el gobernante queda preso de la coyuntura diaria. Reacciona a lo que dicen los medios; o por lo bajo, sus allegados. Persigue quimeras en el aire, acertadas o no, pero nunca se concretan. Como el esquema se repite hacia abajo, fracasan los intentos de delegar, todo es coyuntural. Nunca consiguen domar las inercias burocráticas, y en un suspiro se termina el tiempo, deja su puesto a otro, con pocos o ningún logro, sin legado que merezca un recuerdo.

Jesús Ramírez Rangel

REBASANDO POR LA DERECHA