Una mujer portando una mascarilla para protegerse del coronavirus pasa frente a un tablero electrónico, en Tokio, que muestra el derrumbe de los índices bursátiles arrastrados por la caída de los precios del crudo (Foto: AP/Eugene Hoshiko)
A contracorriente de lo que señalan, desde hace años, las voces de los experto en el mundo, el Gobierno de Andrés Manuel López Obrador se ha empeñado en apostar por el petróleo como mecanismo para apuntalar la economía. La experiencia de este lunes pareciera ser un anticipo del error en que se ha incurrido

No es una noticia nueva; se viene repitiendo desde hace algunos años: el ciclo de los combustibles fósiles como fuente de energía -y de riqueza para las naciones que los poseen en abundancia- se ha terminado ya y el futuro será de las energías renovables o “limpias”.

Por ello, apostar fuerte por el petróleo -sobre todo si se apuesta por sacar provecho de los productos derivados- era un error mucho antes de que llegara al poder la autodenominada “cuarta transformación” y sigue siendo un error hoy, cuando el barril de petróleo vale menos que una lata de refresco… incluso si está vacía.

Estamos, desde luego, ante una situación temporal. El que ayer los precios del petróleo terminaran en niveles negativos -lo cual equivale a decir que un productor “le paga” a quien quiera quedarse con el petróleo, con tal de deshacerse de éste- no es una realidad que llegó para quedarse.

Pero el hecho deja clara la irrelevancia de la “victoria” obtenida por nuestro país cuando la Secretaria de Energía se negó, el pasado 9 de abril, a reducir en 400 mil barriles diarios nuestra producción de crudo, aduciendo una inintelegible cuestión de “soberanía nacional”.

¿Qué impedirá, en el futuro cercano, que los grandes jugadores mundiales del petróleo -un club del que nuestro país no forma parte- “canibalicen” el mercado mexicano de exportación de crudo ofreciendo precios preferenciales como ya han comenzado a hacerlo en algunas regiones del mundo?

Hoy, podemos seguir produciendo todo el petróleo que queramos y eso es irrelevante, porque no hay compradores haciendo fila para adquirirlo, a ningún precio, y esta realidad se extenderá, por lo menos, al mes de mayo próximo.

Pasado el bache, lo más probable es que los países integrantes de la OPEP -y sus aliados- construirán nuevos acuerdos para estabilizar el mercado internacional y darle al petróleo un poco de aliento de cara a sus últimos años de vida.

¿Qué pasará con México cuando llegue el momento de las reuniones para construir acuerdos que impidan el absurdo económico de ayer? ¿Se nos volverá a invitar a la mesa, a la vista de la experiencia amarga que se vivió hace menos de dos semanas?

Peor aún: ¿qué impedirá que los grandes jugadores mundiales del petróleo -un club del que nuestro país no forma parte- “canibalicen” el mercado mexicano de exportación de crudo ofreciendo precios preferenciales como ya han comenzado a hacerlo en algunas regiones del mundo?

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha dicho que eso no es problema porque el crudo que se extrae se inyectará al mercado doméstico de combustibles derivados de aquel. El problema es que, con los precios internacionales del petróleo en los niveles actuales resulta más barato importar la gasolina -o el diesel- que producirlos.

En ese contexto, ¿qué sentido tiene construir una refinería que produciría combustibles que, a menos que se subsidien, los mexicanos tendríamos que pagar más caros que si los adquiriéramos en el exterior?

Se trata de un mal negocio que cualquier que haya administrado una miscelánea es capaz de notar. Menos un gobierno que parece decidido a dar un paso al frente, aún a sabiendas de que se encuentra al borde del precipicio.