Especial

La pesadilla no acaba y sí se agrava. La pandemia nos alcanza. Nos sigue mordiendo con fiera igualdad a todo mundo. Nada más democrático que este virus chino, el cual ha llegado por la globalidad a todo el mundo. Literalmente. El maldito bicho come con nosotros, se afeita en nuestro espejo cuando lo hacemos, nos observa con sus ojillos rasgados y se burla desde la ventana; el bicho nos sonríe desde su cara blanca, nos enamora, nos quiere comer vivos: lo está haciendo. ¿Está usted con bajas defensas y se siente sin ánimo? Aliméntese bien, el bicho se ceba en gente con mala alimentación, aquellos que tienen diabetes (la muerte dulce), son obesos, son hipertensos, padecen tabaquismo, alcoholismo… es decir, aquellos humanos que arrastran penurias en su cuerpo como llagas macilentas, de las cuales es muy difícil desprenderse. Este bicho llega, muerde y se lo carga en cuestión de horas o días. Para que esto no suceda, aliméntese bien, señor lector.

Y claro, hay que beber mejor. Con moderación, vaya, no está el tiempo de arriesgar ni un dedo. Si usted señala algo con su dedo, puede llegar el bicho asesino y mordérselo. Por eso hay que beber con moderación… aunque no haya cervezas. El pasado miércoles 1 de abril andaba en Monterrey tratando de cobrar unos pesos para sobrevivir a estos campos de concentración y confinamiento en que se ha convertido nuestra propia choza, cuando una noticia de verdad modificó el eje de la tierra en México: la cervecería con sede en Monterrey, “Cuauhtémoc”, emitió un comunicado y el propio Gobernador de Nuevo León (al cual le piden y le imploran sus gobernados que ya se vaya por favor), Jaime Rodríguez, el inefable Bronco, también lo dijo: como actividad no esencial en la emergencia sanitaria, se dejaba de distribuir y vender cerveza de dicha marca en Nuevo León, entrando de facto a una especie de ley seca (atribución de veto que la tienen los Gobernadores de los 32 estados de tierra adentro de la República).

La bomba estalló; en minutos ya había largas filas de compradores de cerveza en cualquier mercado o tienda de barrio. Toda la gente con bastimentos hartos para sobrevivir al enclaustramiento. No, no hay dinero para artículos de primera necesidad y ahora menos con los aumentos terribles a todo (el “oro rojo”, el tomate, está impagable), pero para la democrática caguama que alcanza para todos, para eso sí hay y de un minuto a otro. Se vaciaron ahorros para irse a bastimentar de harta cerveza. Las compras de verdadero pánico no sólo fueron en Monterrey, sino en casi todo México. Lo cual nos retrató de cuerpo entero: el alcohol, la bebida es básica y forma parte de la dieta del mexicano. Con sorna e ironía mandé el siguiente mensaje corto (SMS) a varios amigos: “Encerrados a 42 grados diarios un mes, sin cerveza y con la misma mujer… es de pensarse”. No digo quién, pero un periodista completó la idea anterior en un segundo: “Por eso tantos suicidios, maestro Cedillo…”.

ESQUINA-BAJAN

Tómelo como lo que es, una broma, señor lector, y sé que es tremendo hablar de ello, pero al final de cuentas siempre nos hemos burlado de la muerte. Siempre. Y también en honor a la verdad, nuestro amorío con el alcohol, con los tragos y bebidas es cosa atávica y placentera. Demoniaca también. Nosotros los escritores y periodistas tenemos buena fama de este vanidoso y vaporoso amorío y matrimonio: escritura y alcohol. La fama no es gratuita. El Nobel, el narrador y periodista Ernest Hemingway se sentaba pardeando la tarde, en las tórridas mesas del Bar “Floridita” en La Habana, Cuba, a disfrutar mojitos con una buena dosis de ron, bebida propia de piratas y corsarios. Ya luego se cambiaba de bar y pedía daiquirís al por mayor. Se retiraba a su casa-hacienda a “dormir la mona” y luego a seguir escribiendo.

Manjar de dioses, el mezcal mexicano, ese elíxir dulce y rudo en el paladar, áspero y suave a la vez, lo disfrutó harto en nuestro País un escritor inglés que escribió aquí la llamada “Divina Comedia Ebria” sobre el mezcal y una de las novelas más importantes del siglo 20, “Bajo el volcán”. Obra de ese borracho lúcido llamado Malcolm Lowry. Lowry tiene un poema portentoso sobre el mezcal. El texto se titula “35 mezcales en Cuautla”. En uno de sus versos delirantes y eternos, el poeta escribe: “El trueno azota las montañas góticas, / ¿pero por qué debe uno oír y no conocer esta tormenta, / verla solamente por debajo de la puerta, visible en sinécdoques de ruedas/ y un agua parda que satura el arroyo?”.

Entre las cantinas de Cuernavaca y Cuautla, los desvaríos y estados alterados por el mezcal en Oaxaca y una parranda que aún hoy es legendaria y se sigue contando de él en Acapulco como si hubiese sucedido ayer; parranda épica, tormentosa, eterna. Malcolm Lowry, aquí y no en otro lugar, recopiló los materiales necesarios que lo llevarían a la gloria literaria. Todo a través de generosas libaciones de mezcal. Otro grande, Tennessee Williams, cuando joven y aún abstemio, bebía con singular alegría Coca-Cola y ginger ale. Ya luego llegó a él el placer del alcohol, el cual lo llevaría a la tumba. Su “dieta”, lo escribe en una entrada de su diario, era la siguiente: “dos whiskey en el bar, 3 bebidas en la mañana. Un daiquiri en el Dirty Dick Bar, 3 vasos de vino tinto en el almuerzo y 3 más del vino de la casa en la cena. También dos pastillas de Seconal (un barbitúrico) de momento, y un tranquilizante verde cuyo nombre no sé y uno amarillo…”. La “dieta” lo llevó a la tumba en un hotel en Nueva York en 1983. Tenía 71 años. Pero caray, aguante usted un mes encerrado con su misma mujer, a 42 grados y sin cerveza…

LETRAS MINÚSCULAS

¿Cree usted sobrevivir? Días negros de peste, en todos los sentidos.