Las mujeres que hoy, a quienes el médico las hace caminar a las pocas horas de haber parido, no entenderían por qué sus abuelas guardaban 40 días de “dieta” después de su alumbramiento. Aún recuerdo esa costumbre: tras dar a luz a su hijo la madre era rodeada de toda suerte de cuidados. Se le alimentaba sólo con atolitos de masa, calditos de pollo y de pichón... Tendida en el mismo lecho donde había parido -y donde su embarazo había comenzado- recibía los parabienes de familiares, amigos y vecinos, que acudían a la casa a conocer al recién nacido. “Ya tienen ustedes un nuevo criado -o una nueva criadita- a quien mandar”, decían a los visitantes los papás de la criatura.

Esa costumbre, la de la dieta, venía de tiempos muy antiguos. Cuarenta días eran los que debían transcurrir después del parto antes de que la mujer quedara “purificada”, y estuviera en condición de ser fecundada nuevamente. Supongo que tras este tabú religioso se escondía una conveniencia de salud muy necesaria. Ese mismo número de días debía transcurrir antes de que el recién nacido fuera llevado al templo a fin de ser ofrecido a Dios, por intermedio de los sacerdotes. Tal rito estaba señalado por la antigua ley judía, la Tora, y se encuentra igualmente en el Pentateuco de la Biblia.

Por lo que se hace a la festividad llamada “de la Candelaria”, ésta no apareció sino hasta el siglo IV. Se le menciona ya en las descripciones que hizo Egeria, una rica mujer que viajó por Tierra Santa y escribió el diario de su peregrinación. Ahí se menciona ya la costumbre de bendecir velas al completarse 40 días del parto de la Virgen. En esa fecha se celebran tanto su Purificación como la Presentación del Niño en el Templo. En España conocí mujeres con esos nombres, que para nosotros son extraños: conocí a una doña Purificación y a una muchacha de servicio llamada Presentación. A la señora le decían doña Pura; a la chica la llamaban Senta.

Se supone que el ciclo de Navidad termina con la fiesta de la Epifanía, el 6 de enero, pero la piedad y el uso populares han extendido ese ciclo navideño hasta el 2 de febrero. Son muchas las familias que esperan hasta hoy para quitar el Nacimiento, y hacer “la levantada” del Niño. En Saltillo se usaba que las casas -del pueblo, claro, no de los ricos- recibieran a todo aquel que quisiera entrar a ellas para disfrutar de los tamalitos, el champurrado, el ponche “con tripas” o “piquete”, es decir con añadidura de brandy o ron, y, sobre todo, el baile familiar donde se trababan noviazgos que luego se convertían en matrimonios. De esas levantadas salían muchas acostadas, casi todas bendecidas en el altar por la Santa Madre Iglesia.

Febrero, llamado antes “el mes del casero” porque el cobro de la renta se llegaba pronto, comienza con trinidad de fiestas en las que hay velas. El día primero es el de la Divina Providencia, día en el cual se enciende una vela para pedir “casa, vestido y sustento”. El dos es de la Candelaria, cuando se bendicen las velas que se encenderán durante el año en ocasiones especiales de rogación o súplica. Y luego el día 3, la fiesta de San Blas, con bendición de velas que se ponen formando una cruz en las gargantas de los niños a fin de protegerlos contra males de la respiración. Esto ultimo ya rara vez se ve. Algunas tradiciones, por desgracia, van desapareciendo ya.