La era digital ha transfigurado nuestra vida: esto es algo indiscutible. ¿Hasta qué punto? Imposible saberlo. Pero el hecho es que ya no hablamos como antes, ya no escribimos como antes, ya no hacemos muchas cosas como antes, ya no somos como antes de la irrupción de la revolución tecnológica y de dos de sus inventos más sofisticados, la “computadora” y la telefonía celular.

Hasta hace veinte años nos escribíamos cartas de papel; hoy nos enviamos mensajes de texto en diversos formatos. 

Cualquiera calificaría de “romántica” a aquella época si no supiéramos que la comunicación epistolar “analógica” se practicaba desde la Antigüedad. Hoy las oficinas de Correos en México son espacios para la nostalgia, visitados, de cuando en vez, por algunos empeñosos escribidores y por personas que no tienen acceso aún a esta era “democráticamente tecnológica”.

Mi amigo el escritor Jorge Arturo Ojeda es uno de los esos escasos personajes de las letras mexicanas que se rehusaron a beber del cáliz de la tecnologización electrónica: en su máquina de escribir él sigue haciendo literatura y redactando cartas en papel tamaño “carta”. Antes, esto último parecía de una frialdad polar: ¿escribir cartas privadas en una máquina de escribir?, ¿pero cómo? Las cartas escritas a máquina sólo eran bien vistas si provenían de algún almacén, una fábrica, un despacho de abogados, no sé; pero una carta privada, “personal”, debía ser escrita a mano, caligráficamente, si no quería uno ser acusado de gélido y de carecer de “buen gusto”.

Por muchos años, aunque con algunas interrupciones largas, he procurado mantener la amistad de Jorge Arturo. A las suyas, que suelen ser de una sola cuartilla, contesto regularmente con cartas largas, muy largas; una cuartilla suya obtiene una respuesta de ocho o diez cuartillas apretadas. Como es muy organizado y meticuloso, él me envía siempre una fotocopia de su carta y deja para su archivo personal la versión original… Debo decir que Jorge Arturo cree en “la posteridad”, por eso hemos intercambiado algunos comentarios en torno del tema, que, la verdad sea dicha, me es indiferente: no creo en “la posteridad”, ni me interesa, pero me parece respetable que le importe.

Las muchas ocupaciones de los últimos meses me habían impedido escribirle. Aunque, si he de ser sincero, tendría que confesar que hay otra razón por la que ninguna chispa me animaba ya para hacer mover mis dedos sobre el teclado y “hablar con él”. Evidentemente, no voy a consignar aquí esa razón.

Ayer recibí una carta suya, fechada el 8 de diciembre del año pasado. Una cuartilla cuyos dos primeros párrafos están escritos a doble espacio; los siguientes, a espacio simple, para hacer caber en una sola hoja lo que quiso decir. Siempre elusivo, evanescente y como pensando en las personas que leerán eso dentro de cien o doscientos años, Jorge Arturo habla como para sí mismo, pero de cuando en vez lanza una mirada hacia su interlocutor. He aquí la primera línea, esta vez directa, que me dejó helado de pavor:

“Pensé que te habías muerto ya que no tuve respuesta a las tres últimas cartas que te mandé a Monterrey.”

Nada viene después de ese punto final. El enunciado forma, por sí solo, un párrafo, un párrafo despiadado, implacable, inmisericorde y bastante objetivo. Tuve el impulso de enviarle un whatsapp, un correo electrónico, un mensaje de texto para decirle: “No, no, querido, no he muerto aún… Sigo aquí, sigo vivo, sigo escribiendo, sigo intentando sobrevivir en la jungla… ¡No estoy muerto!” Pero recordé de inmediato que cualquier cosa que dijera tardaría un mes en llegar ante sus ojos auditivos.

“Pero un amigo –continúa en el siguiente párrafo-, que maneja un prodigioso internet, localizó tu texto sobre el día de muertos que publicaste en la revista “Vanguardia”.

Aquí hay varios puntos que me interesa subrayar: 1) Mi amigo habla casi como un hombre del siglo XIX cuando menciona el “prodigioso internet”, no porque el invento no me parezca prodigioso, sino porque formulado por él pareciera dicho por Balzac, por Dickens… 2) Otra vez menciona a la muerte al citar ese texto mío publicado en este espacio el mes de noviembre del año anterior. ¿Se trata de un augurio; es una coincidencia o un acto inconsciente? 3) Se refiere a este periódico, a “Vanguardia”, pero lo califica de revista, lo que me recuerda el archipiélago de soledades –Xavier Villaurrutia, sí- que es todo México y América Latina entera.

Al aludir a la extensión de mis cartas, escribe: “Quiero saber qué provocaba tanto tu generosidad y cuál fue el motivo para que de pronto cesara. Tu silencio fue de golpe y repentino.” Jorge Arturo habla de generosidad, pero no se trata de eso, se trata del puro gozo de escribir. El hecho es que me encanta escribir. ¿Por qué? Pues no lo sé, pero me encanta hacerlo desde que era un niño. Me gusta escribir como me gusta dibujar o pintar. Debo decírselo.

El siguiente párrafo es igualmente breve: “Pues sucede que estás bien vivo y debatiendo contra las tradiciones del sur que conservamos esta fiesta por los difuntos.” (Mías las cursivas). La penúltima línea de su carta dice: “No debes de ser tan ajeno al día de muertos…” Los puntos suspensivos, por cierto, me dejan en el pleonasmo del suspenso… ¿Por qué los puso? ¿Es que fui violento al escribir aquel texto sobre dicha tradición, ciertamente más sureña que norteña? 
En cuanto termine de escribir esto, iniciaré una carta para enviarla lo más pronto posible a Jorge Arturo. Necesito preguntarle por qué “no debo de ser tan ajeno al día de muertos…” Obtendré una respuesta dentro de dos meses, pero no importa. Espero estar vivo para entonces.

Javier Treviño Castro
EPÍGRAFE