Con ese nombre fue conocida últimamente la bella edificación situada en la esquina de las calles de Ramos Arizpe y Purcell. Antier, en los primeros minutos de la madrugada, ese recinto se incendió. Tan grande pérdida para la ciudad es la más grave desde que por la prepotencia e insensibilidad de sus dueños fue destruido el magnífico edificio del antiguo Hotel Coahuila.

Mucha historia tiene la casa que el fuego destruyó. En una de sus habitaciones se quitó la vida, por cosas de política, don Ignacio Cepeda Dávila, a quien todos llamaban con afecto “Nacho”, uno de los más queridos gobernantes que Coahuila ha tenido. Recuerdo con precisión el sitio exacto en que me hallaba cuando escuché la noticia de su muerte, acaecida en 1947. Tenía yo 9 años y estaba pasando vacaciones en “El Refugio”, el rancho lechero de don Teodoro Sánchez. Con él me hallaba frente a la puerta de la bodega donde se guardaba el alimento de las vacas: la alfalfa “achicalada”, el salvado, la harinolina, los bloques de la sal… En ese momento alguien llegó con el periódico en que se daba la noticia del fatal suceso. No olvido el comentario que con tristeza hizo don Teodoro: “Lástima. Era un hombre bueno”.

Pasaron los años. Ahora es 1964. Me veo con mi novia, ahora mi esposa, en mi pequeño cochecito rojo, un Renault Dauphin. Vamos por la calle de Aldama, frente a la Escuela Normal. Veo estacionado un elegante automóvil, y en él a cuatro o cinco hombres jóvenes que están bebiendo cerveza. Me reconocen, y uno de ellos hace sonar cinco veces el claxon del coche. Es una mentada de madre. Inmediatamente freno. Me ha indignado esa ofensa, sobre todo porque se me ha inferido delante de mi novia. Bajo del vehículo y voy hacia ellos, que descienden también del suyo. Les pregunto: “¿Quién tocó el claxon?”. “Yo –responde uno, desafiante-. ¿Qué quieres?”. Es más alto y más corpulento que yo –cualquiera en ese tiempo era más corpulento que yo- pero estoy indignado y ofendido. Le contesto: “Lo que quieras tú. Voy a dejar a mi novia y regreso. Espérenme aquí”.

He reconocido a mi ofensor. Es hijo de un político que quiere ser gobernador. Yo he dicho en mi columna que no tiene mérito alguno para serlo. Ha estado siempre fuera de Coahuila, y si ahora viene a Saltillo es sólo para justificar su aspiración. De ahí lo de la mentada.

Dejo en su casa a mi novia y regreso a donde están los que me esperan. “Aquí estoy” –le digo a mi ofensor. Me ha abandonado la prudencia, pero también me ha abandonado el miedo. Interviene otro: “No pasa nada –dice-. Fue un malentendido”. Seguramente hablaron en el curso de la espera y consideraron el daño que para las aspiraciones del padre del muchacho representaría el hecho de golpear a un periodista. Mi adversario se disculpa y me ofrece una cerveza. Respondo tratando de ocultar mi alivio: “Mejor yo les invito una copa”. Y la tomamos amistosamente, y otras más, en un pequeño bar que estaba en la casa roja. Así le decíamos entonces al palacete que se incendió antier.

Después estuvo ahí la Universidad Jaime Balmes, fundada por mi llorado amigo Augusto César Cárdenas, tan tempranamente desaparecido.

¡Cuántos recuerdos habitaban la hermosa residencia que ardió antier! Esperemos -obligada cita- que resurja de sus cenizas como el Ave Fénix. (“Como el Gato Félix”, dijo una vedette)