La obsesión por los demonios en el ámbito de la Iglesia empezó a crecer cuando, en su famosa Bula de 1484, el papa Inocencio VIII declaró que habían llegado hasta los oídos de la Iglesia las relaciones que hombres y mujeres tenían con ángeles malos, íncubus y súcubus.

“Si esas abominaciones y atrocidades se mantienen sin castigo, muchas almas se enfrentarán a la condena eterna”, señaló Inocencio. 

Con una bula al respecto, firmada el 5 de diciembre de 1484, el Papa designó a “nuestros queridos hijos”, los monjes dominicos Henry Kramer y James Sprenger, para que fungieran como inquisidores de esas inaceptables depravaciones. 
Fue así como Kramer y Sprenger, utilizando toda la artillería académica de finales del siglo 15, con citas exhautivas de las Escrituras y comentarios de eruditos antiguos y modernos, produjeron el Maellus Maleficarum, o ‘Martillo de las Brujas’, una especie de manual que serviría de base a la acusación, tortura y ejecución sistemática de incontables hombres y mujeres (sobre todo de estas últimas). 

El Maellus Maleficarum ha sido descrito como uno de los documentos más aterradores de la historia humana. El escritor Thomas Ady, en su libro Una luz en la oscuridad, calificó el documento de ‘invenciones infames’, ‘mentiras horribles’ e ‘imposibilidades sin parangón’. 
El Maellus Maleficarum era una especie de ‘guía técnica’ mediante la cual se podía saber quién practicaba la brujería. Si se pudiera resumir en una sola frase cómo resolvía el Maellus este problema, era así de sencillo: si a una mujer la acusaban de brujería, era bruja
 Y la tortura era un medio infalible para demostrar la validez de la acusación. 

El acusado no tenía derechos. No tenía la oportunidad de enfrentarse a sus acusadores y se prestaba poca atención a la posibilidad de que las acusaciones pudieran hacerse con propósitos impíos: por ejemplo por celos o venganza; o por la avaricia de los inquisidores, que de manera rutinaria confiscaban, para su propio uso y disfrute, las propiedades y bienes de los acusados. 

Pero el Maellus no era solamente un manual para la tortura, también incluía métodos de castigo diseñados para liberar los demonios del cuerpo de la víctima. En fin, con el Maellus en mano, y con la garantía y el aliento del Papa, empezaron a surgir inquisidores por toda Europa. Y la caza de brujas comenzó. 

Un negocio lucrativo 

Rápidamente, la búsqueda de brujas se convirtió en un provechoso fraude y en un lucrativo negocio para la maquinaria inquisitorial. Todos los costos de la investigación, juicio y ejecución recaían sobre los acusados y sus familias. Esto incluía los alimentos de los investigadores privados contratados para espiar a la bruja potencial, el vino para los centinelas, los banquetes para los jueces, los gastos de viaje de un mensajero enviado a buscar a un torturador a otra ciudad, y los paquetes de leña, el alquitrán e incluso la cuerda del verdugo, que se utilizarían para colgar o quemar a la bruja. Además, cada miembro del Tribunal Inquisitorial recibía una gratificación por bruja quemada. El resto de las propiedades de la bruja, si las había, se dividía entre la Iglesia y el Estado. A medida que se institucionalizaban estos asesinatos y robos masivos, y se sancionaban legal y moralmente, iba surgiendo una inmensa burocracia para proveer de todos los servicios necesarios. 

De hecho, en poco tiempo la atención se fue ampliando, y pasó de buscar brujas viejas y pobres, a perseguir a personas de uno y otro sexo de vida acaudalada. 

Cuantas más confesiones de brujería se conseguían bajo tortura, más difícil era sostener que todo el asunto era pura fantasía. Y como cada ‘bruja’ era obligaba a denunciar a otras más, el trabajo y las ganancias de los inquisidores crecían de manera exponencial. Eran tantas las acusaciones, que las brujas llegaron a constituir ‘pruebas temibles de que el Diablo estaba vivo’, como se diría más tarde en los juicios de ‘las brujas de Salem’. En una era de credulidad, la gente aceptaba tranquilamente los decires más fantásticos. Por ejemplo, que decenas de miles de brujas se habían reunido para celebrar un aquelarre en tal o cual lugar, y que el cielo se había oscurecido cuando 12 mil de ellas se echaron a volar. En el Maellus se aconsejaba: “no dejarás que viva una bruja”. Así que se quemaron legiones de mujeres en la hoguera. Y se aplicaban las torturas más horrendas (todos los instrumentos de tortura eran previamente bendecidos por los curas). Los inquisidores adoptaron los tipos de tortura y de ejecución en los que no había sangrado para acatar una frase de la ley canónica (Concilio de Tours, 1163) que dice: “La iglesia abomina el derramamiento de sangre”.

Los punzadores 

En Gran Bretaña los buscadores de brujas, también llamados ‘punzadores’, recibían una buena gratificación por cada chica o mujer que entregaban para su ejecución. Y no tenían ningún interés en ser cautos en sus acusaciones. De hecho, solían observar la piel de las mujeres en busca de ‘marcas del Diablo’ —cicatrices o manchas de nacimiento— que, al pincharlas con una aguja, no producían dolor ni sangrado. Y cuando no había marcas visibles, bastaba con las ‘marcas invisibles’. Un punzador de mediados del siglo 17 confesó que había ayudado a la captura de más de 220 brujas en Inglaterra y Escocia ‘por 20 chelines la pieza’. 

En los juicios de brujas no se admitían atenuantes ni testigos de la defensa. Por lo tanto, era casi imposible para las brujas acusadas, presentar buenas coartadas. Por ejemplo, en más de un caso el marido atestiguó que su esposa estaba dormida a su lado en el preciso instante en que la acusaban de estar retozando con el Diablo en un aquelarre; pero el Obispo pacientemente explicaba que un demonio había ocupado el lugar de la esposa (tales eran los poderes de engaño de Satanás). Las mujeres llevaban la peor parte, y las jóvenes y bellas eran fácilmente enviadas a la hoguera. Los elementos eróticos y misóginos eran fuertes... como podía esperarse de una sociedad reprimida sexualmente, dominada por varones y por curas célibes. En los juicios se prestaba mucha atención a los orgasmos en las supuestas copulaciones de las acusadas con los demonios o con el Diablo (a pesar de la naturaleza del ‘miembro’ de Satanás: frío, según todos los informes). Las llamadas ‘marcas del Diablo’ se encontraban generalmente en los pechos o partes íntimas de la mujer. Como resultado, los inquisidores, exclusivamente varones, afeitaban el vello púbico de las acusadas e inspeccionaban cuidadosamente los genitales (en la inmolación de Juana de Arco, tras habérsele incendiado el vestido, el verdugo apagó las llamas para que los espectadores pudieran ver ‘todos los secretos que podía guardar una mujer’). Un pequeño listado La crónica de los que fueron consumidos por el fuego en la ciudad alemana de Wurzburgo, en el año 1598, nos da una pequeña muestra de la realidad humana de aquel entonces. Este es el listado: La anciana señora Kanzler; la rolliza esposa del sastre; la cocinera del señor Mengerdorf; una extranjera; una mujer extraña; el ciudadano más gordo de Wurtzburgo; el antiguo herrero de la corte; una anciana; una niña de nueve años; su hermana; la madre de las dos niñas antes mencionadas; la hija de Liebler; la hija de Goebel, la chica más guapa de Wurtzburgo; un estudiante que sabía muchos idiomas; la hija pequeña de Stepper; la mujer que vigilaba la puerta del puente; el hijo pequeño del alguacil del ayuntamiento; la esposa de Knertz, el carnicero; la hija pequeña del doctor Schultz; una chica ciega
 Algunos recibieron atención especial: “La hija de Valkenberg fue ejecutada y quemada en la intimidad”. Desde luego, la brujería no era la única ofensa merecedora de tortura y quemas en la hoguera. La herejía era un delito más grave todavía, y tanto católicos como protestantes la castigaban sin piedad (los inquisidores y torturadores realizaban un trabajo “encomendado por Dios”: estaban aniquilando demonios y salvando almas). La quema de brujas fue una característica de la civilización occidental que, con alguna excepción, comenzó a declinar a partir del siglo 16. En la última ejecución de brujas llevada a cabo en Inglaterra, se colgó a una mujer y a su hija de nueve años. Su crimen fue provocar una tormenta social por haberse quitado las medias. En nuestra época es normal encontrar brujas y diablos en los cuentos infantiles. De hecho, la Iglesia católica sigue practicando exorcismos, y los defensores de algunos cultos todavía denuncian como brujería a las prácticas rituales de sus rivales (como en el caso del vudú por ejemplo). En fin, la demonología todavía forma parte de nuestras creencias y actividades cotidianas. (Tomado del libro de Carl Sagan, ‘El mundo y sus demonios’).