La adolescencia es una de las etapas más apasionantes, peligrosas e impredecibles de nuestras vidas. Cambios hormonales, crecimiento corporal, reconexión de neuronas (células del cerebro) y conductas volátiles y contradictorias. Por un lado quieren su independencia y autonomía buscando ser los únicos en la sociedad. Evitan cercanía con su familia: “Mamá, me dejes enfrente de la casa de mi amigo. Déjame en la esquina y camino”, “por ningún motivo bajes a la sala cuando esté con mis amigos”.

Quieren se únicos y especiales ante los ojos de sus compañeros: se pintan el cabello con colores llamativos, se perforan la nariz o lengua (piercing) y tatuajes. Necesitan sentirse como individuos y con una personalidad muy particular. Al mismo tiempo necesitan estar conectados con los demás: ser aceptados, pertenecer y sentirse que encajan en un grupo de amigos y compañeros es la parte más importante en su etapa. Somos criaturas sociales y nunca es más que notorio que en los años de la adolescencia, donde la exclusión es quizás lo peor que les puede pasar.

Las redes sociales se convierten en un ejemplo viviente de esto: postean y suben sus perfiles buscando likes (me gusta) y que sean compartidos por miles de personas. Lo que buscan es fortalecer su identidad y que los demás se la reconozcan. Esto puede ocasionar grandes riesgos para nuestros adolescentes. En primer lugar, no quieren que los adultos estén cerca de sus vidas y menos que los orienten y, por el otro lado, no miden la consecuencia de sus acciones para poder sentir que pertenecen a un grupo. Viven una gran paradoja defendiendo su individualidad y libertad de sus padres y maestros, pero con una necesidad de aprobación, pertenencia y dependencia hacia sus amigos.

Una de las características de la adultez es la capacidad de ser independiente de las influencias y presiones de su entorno. Se capaz de tomar decisiones sin la dependencia de la aceptación o del rechazo de sus amigos. El peligro del adolescente es la búsqueda de su individualidad sin el consejo de los padres, pero sí con la gran presión de ser rechazado por sus amigos. El adulto con madurez no tiene miedo a decir un “no”, aunque le pueda costar perder a sus amigos. En cambio, los adolescentes se alejan de los adultos para lograr su individualidad, pero no son capaces de vivir su independencia lejos de sus compañeros y ceden a las presiones de grupo.

Los padres deben ayudar a revertir esta paradoja. Necesitan mayor dependencia de los padres y mayor fortalecimiento de su individualidad frente a sus amigos. Tengamos el valor de vivir y supervisar un poco más de cerca la vida de los adolescentes: “¿con quién vas?, ¿qué van hacer?, ¿a qué hora regresas?”. Seamos padres presentes, amorosos y firmes.

@JesusAmayaGuerr

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