Estamos viviendo un recrudecimiento silencioso, pero devastador, de deshumanización. La sociedades de hoy están viéndose atacadas por un mal que las destruye, que inhabilita su vocación gregaria, el mal se llama INDIFERENCIA. Nos pertrechamos con ella ante las realidades más dolorosas ya sea por “comodidad” –porque al cabo que mientras no me suceda a mí, lo demás es lo de menos– o la utilizamos como un mecanismo de defensa para no abatirnos ante el embate descarnado de la violencia, de la inseguridad, de la pobreza que se esparce día a día, o de la corrupción, la impunidad y el cinismo de los gobernantes.

Los actos criminales de la delincuencia organizada que se amafia con la propia autoridad, se han vuelto cotidianos, y también los actos de los funcionarios públicos sin “matria” y sin patria que roban a ojos vistas, y que el propio sistema los protege hasta ignominia. Nomás pásese revista, verbi gratia, a los últimos eventos vinculados con el exgobernador de Coahuila, donde el propio Gobierno Federal se convirtió en su protector a ultranza. 

Y los desaparecidos, no los de Iguala, si no los de Allende, porque también aquí hay de ese mal. Y la violencia intrafamiliar a la alza, y la trata de personas, y el estrago que están haciendo las drogas entre niños –cada vez más niños– y jóvenes, y los embarazos de muchachitas –cada vez más niñas– y las familias más disfuncionales, y la soledad interior más acendrada. 

Y el no abatimiento de la pobreza, porque en nuestra entidad federativa también tenemos. Datos fríos y públicos, tomados del Informe anual sobre la situación de pobreza y rezago social 216 de Sedesol: 24.2% de la población es vulnerable por carencias sociales, el 26.4% en pobreza moderada, el 11.1% es vulnerable por ingresos, el 3.7% pobreza extrema. Gonzalo Hernández, secretario ejecutivo del Coneval, informó durante la presentación de los Resultados de la Medición de Pobreza 2014, el año pasado, que en 10 estados aumentó el número de mexicanos en pobreza y también los que no tienen ni para comer, entre ellos está Coahuila. ¿Y qué?...

La indiferencia se convierte en pasividad y la pasividad, pues, al decir de muchos, no tiene “nada de malo”. Hay quienes argumentan para justificarla el “yo no robo, no he matado a nadie, no miento, no me meto con nadie…”. Y con ese razonamiento determinan que no tienen porqué hacer algo para cambiar el destino de lo que está ocurriendo en su comunidad. Vivimos en un mundo en el que la exclusión está ganando terreno de manera impresionante, y ¿es suficiente decir que “yo no estoy haciendo nada malo” para mantenerme al margen? 

El Papa Francisco acuñó una expresión en Lampedusa para referirse a este fenómeno. Lampedusa es una isla italiana del Mediterráneo y hay una zona que han dado en llamar los propios pescadores, “cementerio del mar”, porque cuando tiran las redes, en lugar de peces, muchas veces lo que sacan son pedazos de cuerpos de los ahogados en los naufragios, gente que emigra desde el norte de África hacia Europa, huyendo de la pobreza y la miseria… ¿Algo parecido a lo que ocurre en  la frontera norte de nuestro País, con los inmigrantes? ¿A quién le importa? Él le llama la “globalización de la indiferencia”. Es clara y contundente, describe una reacción indebida ante situaciones de esa naturaleza. 

De acuerdo con el Papa, la globalización de la indiferencia genera una especie de “anestesia” en el corazón. Con ella nos acostumbramos a ver a personas que sufren y se nos hace tan “normal”, que ni en cuenta: “¡Nos hemos acostumbrado al sufrimiento del otro como algo que no tiene qué ver con nosotros, que no nos importa, que no nos concierne!” Perdemos el sentido de la “responsabilidad fraterna”, no son parte nuestra los que sufren, incluso nos molestan, interfieren con “nuestro bienestar”. 

Amigos, la indiferencia está comiéndose todo cuanto nos permite ser y hacer. Estamos terminando con el planeta mismo, no se diga con la propia comunidad a la que se supone pertenecemos, porque simple y llanamente nos está importando un bledo lo que ahí suceda, aunque AHÍ VIVAMOS.

Muchos debiéramos darnos por aludidos ante una realidad que está gritando que no es posible seguir cerrando los ojos y los oídos y fingir que no está sucediendo nada. ¿De qué nos sirve conocer las cifras de pobreza y marginación, y no hacer nada? ¿Cómo es posible que los altos índices de inseguridad pública, de delincuencia organizada, de corrupción, impunidad y cinismo institucionalizados, no nos muevan ni tantito la conciencia?

Autopregunta: “¿De veras estimo que sea el silencio, mi silencio, en lugar de mi respuesta solidaria y eficaz, el que abone a una transformación de la realidad en la que vivo?“,

Tarde o temprano nos va a alcanzar a todos, sin excepción, directa e indirectamente, el mal que hoy estamos dejando crecer. La historia es cíclica, no lo perdamos de vista. Y tan mal está quien hace el mal, como quien no hace nada para evitarlo.