Sinceramente no sé qué nombre asignarle a lo que estamos viviendo. Algunos la llaman crisis, pero todos los sentimos como un huracán que se aproxima y que no termina de llegar.

Someter a “crisis” una afirmación significa juzgar su bondad o maldad, su verdad o falsedad. En la práctica también significa no “saber qué hacer, qué camino tomar, que partido elegir”. Estar en crisis es estar confinado en la ambigüedad: las soluciones anteriores ya pasaron y fueron positivas o negativas en su tiempo, las del futuro son desconocidas, aunque maquilladas por la magia de los problemas. ¿Cuáles elijo para este huracán?

Hoy la sociedad mexicana está en este tipo de crisis. Duda del valor de su dinero, de su trabajo y esfuerzo realizado, y duda de la salud, la política, la economía de su futuro, sea macro o microeconomía. En pocas palabras, la verdad de su realidad se ha ido diluyendo lentamente a lo largo de las décadas pasadas.

Hoy vive en medio de preguntas con respuestas ambiguas. ¿Cuánto me durará mi salud? ¿Qué riesgo tengo de contagio? ¿Cuánto me durará mi empleo, mi pensión, mi ahorro, mi familia? ¿Cómo funciona la democracia, sus ejecutivos y lectores? Etc.

Esta sería una especulación filosófica inútil si no fuera cierta y dolorosa, una descripción de un huracán que quedó atrás y se revive su recuerdo mirando unas olas tranquilas.

Desgraciadamente es un presente que apenas inicia su tragedia. Es un hoy en el que hay que dejarse llevar de las ilusiones mágicas de la buena suerte. Pero en realidad es un hoy en el que tenemos que preparar o crear los recursos necesarios para salir adelante.

Es un tiempo en que hay que buscar, solicitar, exigir una esperanza que nos mantenga no sólo durante la pandemia sino durante los cambios y pérdidas que se avecinan.

Es una esperanza que tenemos que convertir en fuerza y esfuerzo, en búsqueda y nutrición de la fortaleza interior. Tenemos el grave peligro de esperar que alguien venga a rescatarnos del naufragio económico y material e ignorar que el recurso está en ejercer nuestro instinto de sobrevivencia, que es el instinto más vital del ser humano.

La única realidad que tenemos es un hoy que no nos permite dejar la prevención de la salud en otras manos, el fortalecimiento del carácter en una simple lectura o en una rutina sin entusiasmo.

No podemos permitirnos cerrar los ojos a las estadísticas, a las quiebras de las empresas, a las ocurrencias de los diputados y políticos, a los millones de desempleados con familias hambrientas.

Cerrar los ojos significa hundirnos en la muerte del pesimismo. Abrirlos es creer en la invisible esperanza que está en nuestro interior luchando por vivir, por hacer lo imposible, por amar con desesperación para conseguir lo esperado con el corazón: el pan de la mesa, la sonrisa de los hijos, la fuerza de la pareja, la integridad de la familia, la fraterna unidad de la Patria.

Nuestra esperanza espera que le abramos la mente y el corazón, la visión y la energía, la búsqueda de cada día y la pasión que no se cansa. La crisis ineludible también es mortal. La esperanza vive en el ser humano mientras su corazón tenga latidos.